– ¡Vete y vete, Octavio! -gritó Poplicola.
– ¡César! Soy César. Sí, una pandilla de pena. Es verdad que los tributos comienzan a llegar por fin de la provincia de Asia, Bitinia y la Siria romana, pero ¿dónde están los tributos de cualquiera de los clientes-reyes de la penosa pandilla.
¿Sobre todo de aquella joya resplandeciente, la Reina de las Bestias? Uno cree que su dinero está mejor gastado en comprar pócimas para alimentar a Antonio, porque no puedo imaginarme que un Antonio sano y cuerdo diese el botín de Roma como regalo a Egipto. Ni dar todo el mundo al hijo de la Reina de las Bestias, y un patético esclavo.
Nadie lo interrumpió; Octavio hizo una pausa, se colocó otra vez en el foco de luz y esperó pacientemente un comentario que no llegó. Entonces continuó para hablar de las legiones y ofrecer su propia solución al problema de «hacerse nativo»; trasladar las legiones de guarnición en guarnición de una provincia a otra.
– No pretendo convertir vuestro día en un suplicio, mis compañeros senadores, así que concluiré diciendo que si las legiones de Marco Antonio (¡sus legiones!) se han vuelto nativas, ¿cómo espera que yo encuentre para ellos tierras de retiro en Italia? Imagino que se sentirían más felices si Antonio les encuentra tierras en Siria, o Egipto, donde al parecer tiene la intención de asentarse permanentemente.
Por primera vez desde que había ingresado en el Senado, diez años atrás, Octavio se sintió aplaudido de corazón; incluso algunos de los cuatrocientos partidarios de Antonio lo aplaudieron, mientras que sus propios seguidores y los trescientos neutrales lo ovacionaron de pie. Nadie, ni siquiera Ahenobarbo, se había atrevido a pitar. Había cortado demasiado cerca del hueso para permitírselo. Dejó el Senado del brazo de Cayo Fonteio, que se había convertido en cónsul sufecto en las calendas de mayo; él había abandonado su propio consulado di segundo día de enero, de la misma manera que Antonio lo había hecho el año anterior. Habría más cónsules sufectos, pero Fonteio continuaría en el cargo hasta final de año, todo un honor. El consulado se había convertido en un regalo del triunvirato.
Como si le hubiese leído la mente a Octavio, Fonteio exhaló un suspiro y dijo:
– Es una pena que hoy en día cada año haya tantos cánsales. ¿Te imaginas a Cicerón abdicando para que algún otro tuviese su turno?
– O Divus Julius -replicó Octavio con una sonrisa-. Estoy de acuerdo, a pesar de mi propia abdicación. Pero dejar que más hombres sean cónsules aparta las miradas de un triunvirato a largo plazo.
– Al menos no podrás ser acusado de ansias de poder.
– Mientras sea triunviro tengo el poder.
– ¿Qué harás cuando se acabe el triunvirato?
– Que se acaba al final de este año. Haré algo que no creo que Antonio haga: dejaré de usar mi título y colocaré mi silla curul en el primer banco. Mi auctoritas y dignitas son tan intocables que no sufriré por la carencia de un título. -Miró a Fonteio con una expresión astuta-. ¿Adónde vas desde aquí?
– Subiré al Carinae para visitar a Octavia -respondió Fonteio con toda tranquilidad.
– Entonces, si no te molesta, iré contigo.
– Estaré encantado, César.
Su recorrido a través del foro se vio demorado por las habituales multitudes que rodeaban a Octavio, pero cuando les hizo un gesto a los veinticuatro lictores que tenía entre él y Fonteio para que se abriesen paso sin hacer caso de la muchedumbre, la guardia germana cerró filas delante y detrás, y la marcha avanzó a paso rápido.
Al pasar por delante de la residencia del rex sacrorum en la Velia, Cayo Fonteio habló de nuevo.
– ¿César, crees que Antonio volverá alguna vez a Roma?
– Tú piensas en Octavia -dijo Octavio, muy consiente de lo que Fonteio sentía por ella.
– Sí, lo hago, pero más que en ella. ¿Es que él no ve que está perdiendo terreno cada vez más rápido? Sé de senadores que se han puesto físicamente enfermos cuando se enteraron del triunfo alejandrino y de las Donaciones.
– Ya no es el viejo Antonio, eso es todo.
– ¿Crees sinceramente lo que dijiste del poder que Cleopatra tiene sobre él?
– Confieso que comenzó como una maniobra política, pero es casi como si el deseo fuese padre del pensamiento. Su comportamiento es difícil de explicar en cualquier otra circunstancia que no sea por el dominio de Cleopatra (y por mucho que me esfuerzo no logro entender por qué ella tiene ese dominio). Aunque, por encima de todas las cosas, soy un pragmático, así que tiendo a descartar las estratagemas como las drogas, como algo imposible. -Sonrió-. Sin embargo, no soy una autoridad en el este, así que quizá tales pócimas existan.
– Comenzó en su último viaje, sino antes -señaló Fonteio-. Me abrió su corazón una noche de tormenta en Corcira; su soledad, su falta de piedad, su convicción de que había perdido su suerte. Incluso entonces creo que Cleopatra ya lo roía, pero no de una manera peligrosa. -Soltó una exclamación de desagrado-. ¡La reina de Egipto es una arpía! No me gusta. Pero claro que a ella tampoco le caí bien. Los romanos la llaman arpía, pero yo la veo más como una sirena; tiene la más bella de las voces, hechiza los sentidos, hace que uno crea todo lo que dice.
– Interesante -opinó Octavio, reflexivo-. ¿Sabías que han acuñado monedas con sus imágenes a ambos lados?
– ¿Juntos?
– Sí, juntos.
– Entonces está absolutamente perdido.
– Eso creo. Pero ¿cómo convenzo de ello a esos senadores con cerebro de mosquito? ¡Necesito pruebas, Fonteio, pruebas!
V GERRA
XXIII
– Tus actos continúan sin ser ratificados -dijo Cleopatra, que leía la carta de Ahenobarbo en voz alta-. Comencé a machacar en el Senado en el momento en que asumí el cargo de primer cónsul, pero Octavio tiene a un dócil tribuno de la plebe, Marco Nonio Balbo, de esa odiosa familia picentina, que no deja de vetar todo lo que intento hacer por ti. Después, cuando le entregué las fasces a Sosio en las calendas de febrero, presentó una moción de censura contra Octavio, al que acusó de impedir todas tus reformas en Oriente. Tres oportunidades para adivinar qué pasó: Nonio vetó la moción. -Ella dejó la carta, los ojos dorados fijos en Antonio con aquella feroz y fría llama de la leona a punto de atacar-. La única manera que tienes de recuperar tu posición en Roma es marchar contra Octavio.
– Si lo hago, seré el agresor en una guerra civil. Seré un traidor y me declararán hostis.
– ¡Tonterías! Sila lo hizo. César también. Ambos acabaron gobernando Roma. Si lo miramos bien, ¿qué es un hostis? Un decreto que no tiene ningún poder real.
– Sila y César gobernaron ilegalmente como dictadores.
– ¡Cómo se gobierna no tiene importancia, Antonio! -replicó Cleopatra.
– Yo abolí la dictadura -afirmó Antonio, empecinado.
– ¡Entonces, cuando hayas derrotado a Octavio, vuelve a convertirla en legal! Sólo como una medida temporal, querido -dijo con un tono lisonjero-. Sin duda has de comprender, Antonio, que si no detienes a Octavio presentará una moción para que tus actos en Oriente sean anulados, y no habrá ningún valiente tribuno de la plebe que lo vete. -Soltó un bufido, los ojos refulgentes-. También pedirá que Egipto sea anexado como una provincia de Roma.
– ¡No se atrevería! Ni yo permitiré que se anulen mis disposiciones -afirmó Antonio entre dientes.
– Tendrás que ir a Roma en persona para reforzar a quienes te respaldan; en estos días están flaqueando -señaló Cleopatra-. Si haces el viaje, será mejor que te lleves a un ejército contigo.