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– Octavio cederá. No puede continuar con los vetos.

El tono de duda en la voz de Antonio avisó a Cleopatra de que comenzaba a ganar la discusión. Había abandonado su plan de convencer a Antonio para que invadiese Italia sin más; podía ver a Octavio como su enemigo, pero nunca, al parecer, a Roma. Alejandría y Egipto tenían un lugar en su corazón, pero junto a Roma, no en lugar de Roma. Bueno, que así fuese. No importaba el motivo siempre que Antonio decidiese moverse. Si no lo hacía, ella no sería nada, como Antonio le había dicho. Sus agentes en Roma le habían informado de que Octavio había instalado a todos sus veteranos en buenas tierras en Italia y la Galia Cisalpina y que disfrutaba de la aprobación de la mayoría de los italianos. Pero todavía no podía dominar al Senado más allá de interponer un veto tribunicio; entre los cuatrocientos leales a Antonio y los trescientos neutrales, Antonio todavía tenía una ventaja sobre él. Pero ¿era suficiente esa ventaja?

– De acuerdo -dijo Antonio varios días más tarde, molesto más allá de lo soportable-. Moveré mis ejércitos y mis flotas más cerca de Italia. Éfeso. -Miró a Cleopatra de soslayo-. Eso, todo sea dicho, si tengo el dinero. Es tu guerra, faraón, así que tú pagas por ella.

– Pagaré con alegría siempre que compartamos el mando. Quiero asistir a todos los consejos de guerra, quiero dar mi opinión, quiero el mismo nivel que tú. Eso significa que mi opinión contará más que la de cualquier romano excepto la tuya.

Lo abrumó un profundo cansancio; ¿por qué siempre tenía que haber condiciones? ¿Es que nunca se vería libre de Cleopatra la dominatrix? Ella podía ser tan seductora, tan suave, tan buena compañía. Pero cada vez que creía que había ganado ese lado de ella, aparecía su cara más fea. Ansiaba el poder más que cualquier hombre que él hubiese conocido, de César a Cayo. ¡Y todo por el hijo de César! Dotado más allá de lo imaginable, intuía que todavía no iba detrás del poder. ¿Qué haría ella cuando Cesarión rechazase el destino esculpido por Cleopatra? Ella no sabía nada del chico, nada.

Tampoco sabía nada de los hombres romanos, porque sólo había conocido a dos a fondo. Ni César ni Antonio eran los típicos hombres romanos, como ella descubriría si insistía en compartir el mando. Su sentido de juego limpio le decía que ella debía tener el mando compartido, porque financiaba la empresa, pero ninguno de sus hombres le otorgaría tal privilegio. Abrió la boca con la intención de decir lo que pasaría inevitablemente; luego, la cerró sin pronunciar las palabras. Su rostro mostraba una expresión tan dura que delataba que no estaba dispuesta a escuchar ninguna réplica; en sus ojos se intuía una tormenta. Si él intentaba decirle lo que la experiencia demostraría, tendrían una pelea más de las muchas que acostumbraban a tener. ¿Había nacido alguna vez un hombre que pudiese enfrentarse con éxito a aquella mujer que tenía un poder ilimitado? Antonio lo dudaba. Quizá el difunto César, pero él la había conocido cuando ella era muy joven y había establecido un predominio que ella no sabía cómo destruir. Ahora, años más tarde, estaba hecha de piedra. Ella había visto a Antonio mucho peor en su nadir, empapado en vino hasta el punto del coma, y había interpretado aquel episodio como una demostración de debilidad en el fondo. Sí, él podía acobardarla al recordarle que ella no tenía ejército o marina para conseguir sus fines, pero al día siguiente Cleopatra volvería al ataque y de nuevo comenzaría a incordiarlo.

«Estoy atrapado -pensó-, enganchado en la telaraña que ha tejido, y no hay manera de librarme sin abandonar mi propia apuesta por el poder. Hasta cierto punto, ambos queremos la misma cosa: la destrucción de Octavio. Pero ella irá mucho más lejos, intentará destruir la propia Roma. No dejaré que haga eso; sin embargo, en este mismo momento no puedo oponerme a ella. Debo esperar mi oportunidad, aparentar que le doy todo lo que ella quiere, incluido el mando compartido.»

– De acuerdo -dijo con un tono que pareció decisivo.

«Que todo sea como Cleopatra quiere, por el momento. La experiencia le demostrará que en una tienda de mando de hombres romanos la rechazarán. Sin embargo, ¿podré yo rechazarla? Vivir con ella, dormir en la misma cama.» El tiempo le enseñaría cómo hacerlo.

– Tú quieres compartir el mando. Quieres ser igual que yo en los consejos de guerra -contuvo un sollozo-. Estoy de acuerdo -repitió.

Finalmente quemó sus naves. «Que todo sea como Cleopatra quiere.» Quizá entonces tendría paz.

Se sentó de inmediato para escribirle a Ahenobarbo, y utilizó su difunto título de triunviro; puso sus exigencias al Senado y al pueblo de Roma: autoridad absoluta en Oriente, que debía estar divorciada de la supervisión senatorial en todos los aspectos; el derecho a imponer tributos como considerase adecuado; el nombramiento de clientes-soberanos; el mando de cualquier legión que Roma pudiese enviar al este del río Drina; la ratificación de todas sus acciones, y la ratificación de las tierras y títulos que había otorgado al rey Ptolomeo César, a la reina Cleopatra, al rey Ptolomeo Alejandro Helios, a la reina Cleopatra Selene y al rey Ptolomeo Filadelfo.

He nombrado al rey Ptolomeo César rey de reyes y regente del mundo. Nadie puede desdecirme. Además, le recuerdo al Senado y al pueblo de Roma que el rey Ptolomeo César es el hijo legítimo de Divus Julius y su heredero por ley. Quiero que esto sea reconocido formalmente.

Cleopatra estaba entusiasmada; su cara más horrible desapareció al instante.

– ¡Oh, mi queridísimo Antonio, temblarán de miedo!

– ¡No, se cagarán encima, mi encantadora dama! Ahora dame mil besos.

Ella se los dio, ardiente, apasionada con la victoria. ¡Ahora comenzarían a pasar cosas! Antonio iba a la guerra; su carta al Senado era un ultimátum.

Dos documentos viajaron a toda velocidad a Roma: la carta y la última voluntad y testamento de Marco Antonio. Cayo Sosio dejó la voluntad con las vírgenes vestales, custodias de todos los testamentos de los ciudadanos romanos; el testamento de un hombre era sagrado, no se podía abrir hasta después de su muerte, y las vestales habían guardado los testamentos de los hombres desde el tiempo de los reyes. Pero cuando Ahenobarbo rompió el sello de la carta de Antonio y la leyó, dejó caer el pergamino como sí fuese un hierro al rojo. Pasó algún tiempo antes de que se lo pudiese entregar sin decir palabra a Sosio.

– ¡Dioses! -susurró Sosio, que también la dejó caer-. ¿Está loco? ¡Ningún romano tiene autoridad para ser ni siquiera la mitad de eso! ¿Un bastardo de César rey de Roma? Eso es lo que quiere decir, Gneo, eso es lo que quiere decir. ¿Cleopatra gobernando en nombre de un bastardo? ¡Oh, debe de estar loco!

– Si no es eso, es que vive drogado. -Ahenobarbo tomó una decisión-. No la leeré, Cayo, no lo haré. La quemaré y en cambio daré un discurso. ¡Júpiter! ¡Cuánta munición le daría a Octavio! Haría que todo el Senado se pusiese de su parte sin tener que levantar ni un dedo.

– ¿No crees que Antonio escribió esto para hacer precisamente eso? -señaló Sosio con voz titubeante-. Es una declaración de guerra.

– Roma no necesita una guerra civil -afirmó Ahenobarbo con voz cansada-, aunque sospecho que a Cleopatra le encantaría. ¿No lo ves? Antonio no escribió esto, lo hizo Cleopatra.

Sosio se sentó, tembloroso.

– ¿Qué hacemos, Ahenobarbo?

– Lo que dije. Quemaremos la carta y daré el discurso de mi vida a aquellos patéticos viejos chochos del Senado. Nadie debe saber nunca el dominio total que Cleopatra tiene sobre Antonio.

– Defender a Antonio hasta el final, sí. Pero ¿cómo conseguimos librarlo de las manos de Cleopatra? Está demasiado lejos; ¡oh, el maldito Oriente! Es como perseguir un arco iris. Dos años atrás todo apuntaba como si volviese la prosperidad; los recaudadores de impuestos y los empresarios estaban entusiasmados. Pero en los últimos meses he notado un cambio -comentó Sosio-. Los clientes-reyes de Antonio están apartando el comercio de Roma y lo reemplazan con los suyos. Además, han pasado dieciocho meses sin que el tesoro haya recibido ningún tributo oriental.