– Cleopatra -afirmó Ahenobarbo con voz grave-. Es Cleopatra. Si no podemos apartar a Antonio de esa mujer, estamos perdidos.
– También él.
Para mediados de verano, Antonio había trasladado su enorme maquinaria de guerra desde Carana y Siria hasta Éfeso. La caballería, las legiones, los equipos de asedio y la caravana de suministros avanzaron lentamente a través de la Anatolia central, y finalmente llegaron, a lo largo de los meandros del río Maeander, a Éfeso, donde los campamentos se instalaron alrededor de la bella y pequeña ciudad más allá de lo que alcanzaba a ver el ojo más agudo. La multitud de hombres, animales y aparatos se acomodaron lentamente mientras los mercaderes y agricultores locales hacían lo posible por obtener algún tipo de beneficio del desastre que significaban los campamentos militares. La tierra fértil donde había crecido el trigo y pastado las ovejas era convertida en polvo o barro improductivo, según el tiempo, mientras que los legados menores de Antonio, un grupo poco comprensivo, empeoraba las cosas al negarse a discutir los problemas con ningún representante local. Los robos y las violaciones aumentaron rápidamente; también los asesinatos y las palizas de venganza, la resistencia activa y pasiva a los invasores. Subieron los precios. La disentería se hizo endémica. Estas eran las razones por las que, en un tiempo no muy lejano, cualquier gobernador había hecho una fortuna con la amenaza de acampar a sus legiones en una ciudad a menos que ésta le pagase entre cien y mil talentos. Así las cosas, los horrorizados ciudadanos se habían apresurado a pagar.
Antonio y Cleopatra viajaron en el Filopátor, ahora anclado en la bahía de Éfeso para maravilla de todos. Allí, Antonio dejó a su esposa y su barco para embarcarse en una nave más pequeña para ir a Atenas, donde tenía asuntos pendientes, le dijo a Cleopatra. La reina descubrió que no podía retener a ese sobrio Antonio de la manera que lo había hecho en Alejandría; Éfeso era territorio romano, y allí, ella, no era reina, como tampoco lo habían sido sus antepasados. Por lo tanto, no había ninguna tradición de inclinarse ante Egipto. Cada vez que dejaba el palacio del gobernador para inspeccionar la ciudad o algunos de los campamentos, los hombres la miraban como si los hubiese ofendido. Tampoco podía castigarlos por su rudeza. Publio Canidio era un viejo amigo, pero el resto de los comandantes y sus legados, que abarrotaban Éfeso, la consideraban como un chiste o un insulto. ¡Nada de obsecuencia en la provincia de Asia!
Desde el día antes de zapar con el Filopátor estaba triste: Cesarión la había sometido a una inoportuna y desagradable escena. Se quedaba atrás para gobernar Egipto, una tarea que no deseaba, y no porque ansiase ir a la guerra con su madre y su padrastro; la razón de su ausencia era el problema de raíz.
– Mamá -le dijo a Cleopatra-, ¡esto es una locura! ¿No lo ves? ¡Estás desafiando al poder de Roma! Sé que Marco Antonio es un gran general y tiene un gran ejército, pero si todos sus recursos entran en juego, Roma no puede ser derrotada. Le llevó ciento cincuenta años aplastar Cartago, pero Cartago fue aplastada, ¡tanto, que nunca más se volvió a levantar! Roma es paciente, pero no le llevará ciento cincuenta años aplastar Egipto y el este de Antonio. ¡Por favor, te lo ruego, no le ofrezcas a César Octavio la oportunidad de venir al este! Considerará la concentración de todas las fuerzas de Antonio en Éfeso, tan apartado de cualquier región con problemas, como una declaración de guerra. ¡Por favor, por favor, mamá, te lo ruego, no hagas esto!
– Tonterías, Cesarión -replicó ella sin inmutarse mientras iba de aquí para allá para supervisar la preparación de sus equipajes-. Antonio no puede ser derrotado en tierra o mar, me he asegurado de eso al darle un inmenso cofre de guerra. Si nos demoramos. Octavio ganará fuerzas.
Él estaba junto a un reciente busto de sí mismo que su madre le había encargado a Doroteo de Afrodísias, y se duplicaba inconscientemente en los ojos de su madre. Choerilo había pintado el busto y había reproducido a la perfección cada matiz de la piel y del pelo y delineado los ojos de una forma brillante. La escultura parecía tan viva que en cualquier momento se podía esperar que abriese los labios y hablase, pero la realidad era que, junto a ella, tan apasionada y vivaz, se reducía a la insignificancia.
– Mamá -perseveró-, Octavio ni siquiera ha comenzado a utilizar sus recursos. Por mucho que quiera a Marco Antonio, no es rival de Marco Agripa en tierra o mar. Octavio puede ocupar la tienda de mando, pero dejará la conducción de la guerra a Agripa. ¡Te lo advierto, Agripa es el eje de todo! ¡Es formidable! Roma no ha producido otro igual desde mi padre.
– ¡Oh, Cesarión! Te preocupas tanto que ya no te haré ningún caso. -Cleopatra hizo una pausa, con una de las túnicas favoritas de Antonio en sus manos-. ¿Quién es este Marco Agripa? Un don nadie. ¿Un rival de Antonio? Definitivamente, no.
– Entonces, al menos tendrías que quedarte aquí en Alejandría -le suplicó el chico.
Ella lo miró, asombrada.
– ¿En qué estás pensando? Yo pago por esta campaña, y eso significa que soy socia de Antonio en la empresa. ¿Crees que soy una novicia en el arte de la guerra?
– Sí, lo creo. Tu única experiencia fue cuando estabas en el monte Casio a la espera de Achillas y su ejército. Fue mi padre quien te libró de aquel embrollo, no tu inexistente capacidad militar. Si acompañas a Marco Antonio, sus colegas romanos creerán que está sometido a tu control, y te odiarán. Los romanos no están acostumbrados a tener extranjeros en su tienda de mando. No soy un tonto, mamá. Sé lo que dicen en Roma de ti y de Antonio.
– ¿Qué dicen de nosotros en Roma?
– Que eres una hechicera, que has hechizado a Antonio, que él es tu juguete, un títere. Que tú lo empujas a enfrentarse al Senado y al pueblo. Que si no fuese tu marido, nada de lo que ha ocurrido hubiese pasado -manifestó Cesarión valientemente-. Te llaman la Reina de las Bestias, y te consideran la responsable de todo esto, no a Antonio.
– Has llegado demasiado lejos -le advirtió Cleopatra con un tono peligroso.
– No, no lo bastante lejos si no he conseguido convencerte de esto. Sobre todo para que no participes personalmente. Mi muy querida mamá, actúas como si Roma fuese el rey Mitrídates el Grande. Roma no tiene (ni nunca tendrá) una mente oriental. Roma es Occidente. Solo busca el control de Oriente para su propia supervivencia.
Ella lo había observado con mucha atención, su mirada de un lado a otro mientras intentaba decidir cuál era su mejor jugada. Cuando la encontró, dijo con voz suave:
– Cesarión, aún no has cumplido los quince. Sí, admito que eres un hombre. Así y todo, un hombre muy joven y sin experiencia. Gobierna Egipto sabiamente y te daré nuevos poderes cuando Antonio y yo regresemos con los laureles de la victoria.
Él abandonó la discusión y la miró con los ojos llenos de lágrimas; sacudió la cabeza y salió de la habitación.
– Niño tonto -les dijo Cleopatra cariñosamente a Iras y a Charmian.
– Un niño hermoso -dijo Charmian, que soltó un suspiro.
– Ni es un chico ni es tonto -afirmó Iras con un tono grave-. ¿No te das cuenta, Cleopatra, de que es profético? Tendrías que tomar buena nota de lo que dice, no descartarlo.
Así que ella se marchó en el Filopátor con las palabras de Iras resonando todavía en sus oídos; eran ésas, y no lo que Cesarión había dicho, lo que provocaba su desdicha, un malhumor que la actitud de los colegas de Antonio en Éfeso hacía que aumentara, pero, autócrata como era, sólo servía para hacerla más altiva, más ruda, más insoportable.