Antonio no tenía la culpa de que su barco recalase en Samos; tuvo una vía de agua que no podía esperar llegar a Atenas para ser reparada, y Samos era la isla más cercana.
La Liga de Actores Dionisiacos tenía su sede central en Samos; mientras esperaba, Antonio se dijo que podía haber novedades entre los magos, bailarines, acróbatas, monstruos, músicos y otros que holgazaneaban en sus encantadoras casas hasta que algún festival los llamaba. De momento no había ninguna, le informó Calimaco, el presidente de la Liga, después de mostrarle un maravilloso truco que transformaba escarabajos en resplandecientes mariposas.
– Sin embargo, hemos decidido organizar una fiesta esta noche en tu honor. ¿Asistirás?
– ¡Por supuesto!
Resistirse al deseo de beber vino no era nada comparado con su compulsión a buscar alegría en compañía de una variedad de artistas. El único problema era, como muy pronto descubrió, que la sobriedad disminuía severamente su disfrute; bebió una taza de vino y procedió a emborracharse.
Lo que sucedió durante los días que siguieron a esa decisión no lo recordaba; era verdad que el vino afectaba a su memoria más y más a medida que envejecía. Sólo su secretario, Lucilio, lo obligó a volver al terrible mundo de la sobriedad; y eso, con una única y sencilla frase:
– La reina acabará por enterarse -dijo Lucilio.
– ¡Oh, Júpiter! -gimió Antonio-. Cacat!
Se enteró de que la vía de agua había sido reparada hacía un nundinae, cuando Lucilio y sus sirvientes lo subieron casi en andas a bordo, tembloroso y tambaleante. ¿De verdad había bebido tanto? ¿Es que ahora lo destruía más rápidamente? Bajo los efectos de la resaca fue consciente de un nuevo terror que finalmente los años de disipación se estaban haciendo sentir. Se habían acabado los días de levantar yunques. Había cumplido los cincuenta y uno y sus bíceps, cuando los flexionaba, se notaban un poco flojos, no saltaban. ¡Cincuenta y uno! Una venerable edad para un cónsul. Octavio sólo tenía treinta, y no cumpliría los treinta y uno hasta finales de septiembre. Peor aún, todos los mejores generales de Octavio eran jóvenes, mientras que los suyos eran como él, envejecían. Canidio tenía más de sesenta, ¿oh, dónde se había ido el tiempo? Se sintió enfermo, y tuvo que correr a la borda para vomitar.
Su mayordomo le trajo agua para beber y le limpió los labios y la barbilla.
– ¿Te esta afectando algo, domine?
– Sí -replicó Antonio, tembloroso-. La vejez.
Pero para el momento en que su barco amarró en El Pireo, Antonio había recuperado algo del bienestar físico del año anterior, a pesar de que su humor era desagradable.
– ¿Dónde está mi esposa, Octavia? -le preguntó al mayordomo en el palacio del gobernador.
El hombre pareció no entenderlo; no, asombrado.
– Han pasado algunos años desde que la dama Octavia residía aquí, Marco Antonio.
– ¿A qué te refieres con algunos años? ¡Se supone que estaba aquí, junto con los veinte mil soldados de su hermano!
– Sólo puedo repetir, domine, que no está. Tampoco hay aquí soldados acampados en ningún lugar cerca de Atenas. Si el señor Octavio envió soldados, han tenido que marchar a Macedonia o, por tierra, a la provincia de Asia.
Comenzaba a recuperar la memoria; sí, habían pasado cinco años desde que Octavia había venido con cinco cohortes de tropas, no cuatro legiones. Y él le había ordenado que le enviase los regalos militares de Octavio a Antioquía y que ella regresase a casa. ¡Cinco años! ¿Había pasado tanto tiempo? No, quizá habían sido sólo cuatro, o tres. ¿Oh, qué más daba?
– He estado lejos de Roma demasiado tiempo -le dijo a Lucilio mientras se sentaba detrás de su mesa.
– La última vez fue en Tarentum, hace seis años -le recordó Lucilio desde su propia mesa.
– Entonces han pasado cuatro años desde que Octavia vino a Atenas.
– Sí.
– Escribe una carta, Lucilio… a Octavia, de Marco Antonio. Por la presente me divorcio de ti. Abandona mi casa de Roma y deja de ocupar cualquiera de mis otras casas en Italia. No te devuelvo la dote y declino continuar manteniéndote a ti o a cualquiera de mis hijos romanos. Acepta esto como definitivo y final.
Con la mirada firme en la hoja de papel, Lucilio escribió. «¡Oh, mi querida dama! Con este acto se ha perdido cualquier esperanza de salvación para Antonio…» Levantó la cabeza y le puso la hoja delante a Antonio. Uno de sus grandes talentos era la escritura. Era tan buena que no necesitaba ser copiada por un escriba profesional.
Antonio la leyó rápidamente y después la plegó.
– Cera, Lucilio.
El rojo era el color habitual para los documentos formales. Lucilio acercó la barra a la llama de una lámpara con tanta habilidad que no se descoloró con el humo, la retorció para apartaría en el momento en que un trozo del tamaño de un denario quedó pegado al pliegue exterior. Antonio apretó su anillo de sello en él con fuerza. Hércules rodeado por IMP. M. ANT. TRI.
– Envíala en el próximo barco a Roma -ordenó Antonio-, y búscame un barco que vaya a Éfeso. Mis asuntos en Atenas han acabado. -Sonrió agriamente-. Nunca existieron.
No había un momento exacto que pudiese señalar como la rotura de sus lazos con Roma, decidió Antonio mientras zarpaba de El Pireo; sólo que databa del momento en que había jurado entregarse a sí mismo y su botín a Cleopatra y Alejandría. Su amor por Octavia y las cosas romanas no había prosperado, mientras que su amor por Cleopatra lo englobaba todo. Por eso no sabía realmente cuándo se empezó a fraguar su desapego por la causa romana, excepto que ella estaba en lo más profundo de su ser, que no podía negarle nada incluso cuando sus exigencias eran escandalosas. En parte se debía a sus lapsus de memoria, sí, pero no podían ser responsables de todo. Quizá la gran reina se había instalado completamente en su corazón porque ella al menos le encontraba algún mérito; al menos lo creía poderoso y digno de tratar. Roma pertenecía a Octavio, entonces ¿por qué no renunciar a Roma totalmente? A eso se reducía todo, cuando todo estaba dicho y hecho. Si quería ser el Primer Hombre de Roma, tendría que derrotar a Octavio en el campo de batalla. Cleopatra lo había visto con claridad, siempre lo había hecho. Su peligrosa juerga en Samos y su terrible secuela de enfermedad y nuevas pérdidas de memoria le habían enseñado que había dejado atrás sus mejores años, aunque sabía que no había sido más que una juerga. Una juerga irresistible, cuando la verdadera razón para navegar de Éfeso a Atenas había sido para escapar de su amor, de sus votos a Cleopatra.
Así que, había pensado, al llegar a Atenas más o menos curado, ¿por qué no romper los lazos con Roma? Todos, desde Cleopatra hasta Octavio, lo querían, lo esperaban, no querían menos de él. Ahora debía regresar a Éfeso si no quería que Cleopatra crease nuevos problemas.
Pero antes de que pudiese llegar a Éfeso, la presencia de Cleopatra estaba teniendo severas repercusiones. Primero, Saturnino y Arruntio partieron para Roma, alegando que preferían servir a un hombre al que odiaban antes que a una mujer; ¡al menos Octavio era romano! Luego los siguió Atratino, junto con un grupo de legados menores que estaban furiosos por la manera en que Cleopatra recorría sus campamentos y encontraba faltas, incluso había pronunciado severas palabras sobre un equipo mal atendido o unos centuriones mayores que no se ponían en posición de firmes cuando ella les hablaba.
Cuando Atratino llegó a Roma, Ahenobarbo y Sosio escucharon sus quejas con desconsuelo.
Las cosas tampoco iban bien en Roma. El tesoro estaba casi vacío, debido al coste de encontrar buenas tierras para tantos miles de veteranos. Todos los millones de sestercios que habían dado las cámaras de Sexto Pompeyo se habían gastado, por increíble que pareciese. La tierra había subido de precio, y muy pocos legionarios aceptaban retirarse a lugares extranjeros como Hispania, la Galia y África. Ellos también eran romanos, ligados a la tierra italiana. Sí, los retirados estaban felices, pero a un enorme coste para la nación.