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Sin embargo, no se podía negar que Octavio estaba ganando, poco a poco, ascendencia en el Senado y entre los plutócratas y caballeros empresarios; las oportunidades en el Oriente de Antonio disminuían, y aquellos hombres y empresas que habían prosperado dos años atrás, ahora se desintegraban. Polemón, Arquelao Sisenes, Amintas y las dinastías menores nombradas por Antonio habían ganado la suficiente confianza para legislar y hacer imposible que el comercio romano floreciese. Y todo, como se sabía, impulsado por Cleopatra, la araña en el centro de la red.

– ¿Qué vamos a hacer? -le preguntó Sosio a Ahenobarbo después de que se hubo marchado el furioso Atratino.

– Lo he estado pensando desde la carta de Antonio, Cayo, y creo que sólo nos queda una cosa por hacer.

– ¡Bueno, dilo! -le pidió Sosio con ansia.

– Debemos reforzar la romanidad del gobierno de Antonio en Oriente, ése es el primer diente de este tenedor de dos dientes -dijo Ahenobarbo-. El segundo es conseguir que Octavio parezca ilegítimo.

– ¿Ilegítimo? ¿Cómo diablos puedes hacer eso?

– Trasladando el gobierno de Roma a Éfeso. Tú y yo somos los cónsules de este año. La mayoría de los pretores también son de Antonio. Dudo que consigamos sacar a alguno de los tribunos de la plebe de sus bancos, pero si la mitad del Senado nos acompaña, tendremos un gobierno en el exilio que nadie discutirá. ¡Sí, Sosio, dejaremos Roma por Éfeso! De esta manera, al hacer a Éfeso el centro del gobierno, conseguiremos introducir quinientos romanos de confianza en el círculo de Antonio. Más que suficientes para forzar a Cleopatra a que regrese a Egipto, donde pertenece.

– Eso fue lo que Pompeyo Magno hizo después que César, oh, perdón, Divus Julius cruzó el Rubicón para entrar en Italia. Se llevó a los cónsules, a los pretores y a cuatrocientos senadores a Grecia. -Sosio frunció el entrecejo-. Pero en aquellos días el Senado era más pequeño, y no contaba con tantos novi homines. Hoy, el Senado cuenta con mil, y dos tercios son hombres nuevos. La mayoría de ellos, hombres de Octavio. Si queremos parecer un gobierno en el exilio tendremos que convencer por lo menos a quinientos senadores para que vengan con nosotros, y no creo que lo consigamos.

– Ni yo tampoco. Espero que nos sigan los cuatrocientos partidarios acérrimos. No es una mayoría, pero sí lo bastante impresionante para convencer a gran parte del pueblo de que Octavio está actuando ilegalmente si intenta formar un gobierno que nos reemplace -explicó Ahenobarbo con una expresión relamida.

– En cuanto hagas eso, Gneo, darás comienzo a la guerra civil.

– Lo sé. Pero la guerra civil es inevitable de todas maneras. ¿Por qué sino Antonio ha llevado todo su ejército y su marina a Efeso? ¿Crees que Octavio no ha interpretado el movimiento correctamente? Detesto al hombre, pero soy muy consciente de su brillantez. Una retorcida contraparte de la mente de César vive dentro de la cabeza de Octavio, créeme.

– ¿Cómo sabes que está en la cabeza?

– ¿Qué? -preguntó Ahenobarbo, desconcertado.

– La mente.

– Cualquiera que haya estado alguna vez en un campo de batalla lo sabe, Sosio. Pregúntale a cualquier cirujano militar. La mente está dentro de la cabeza, en el cerebro. -Ahenobarbo gesticuló, exasperado-. ¡Sosio, no estamos discutiendo de anatomía y de la ubicación del animus! ¡Estamos discutiendo la mejor manera de ayudar a Antonio a salir del pantano egipcio y volver a Roma!

– Sí, sí, por supuesto. Perdóname. Será mejor que nos demos prisa. Si no lo hacemos, Octavio nos impedirá abandonar Italia.

Pero Octavio no lo hizo. Sus agentes le informaron de la súbita actividad de algunos senadores: retiros de fondos bancarios, ocultamiento de bienes para impedir que fuesen embargados, desmontar casas, movimiento de esposa, hijos, pedagogos, tutores, amas de cría, mayordomos, sirvientes, peluqueros, maquilladores, modistas, guardaespaldas y cocineros. Sin embargo, no hizo ningún movimiento, ni siquiera lo mencionó en el Senado o en la rostra del foro romano. Había dejado Roma a principios de la primavera, pero ahora estaba de regreso, alerta como un perro perdiguero y, sin embargo, inactivo.

Así pues, Ahenobarbo, Sosio, diez pretores y trescientos miembros del Senado marcharon a toda prisa por la Vía Apia a Tarentum a caballo o en carros y dejaron a sus subordinados que viajasen en literas junto con centenares de carretas tiradas por bueyes cargadas con sirvientes, muebles, telas, comidas y mil cosas más. Finalmente, todo zarpó desde Tarentum, que era el puerto más cercano para los viajes que iban a Atenas rodeando el cabo Taenarum o para Patrae, en el golfo de Corinto.

¡Sólo trescientos senadores! Ahenobarbo se sentía desilusionado por no haber conseguido convencer a una cuarta parte de los leales antonianos, y mucho menos a ninguno de los neutrales, pero el número era lo bastante respetable, estaba seguro, para hacer imposible que Octavio formase un gobierno que actuase sin grandes fricciones. Un juicio formado en gran parte por un hombre en cierta manera exclusivo, ya que Ahenobarbo pertenecía al Palatino, con una visión elitista de Roma.

Antonio se mostró encantado de verlos, y se apresuró a montar un Antisenado en el Ayuntamiento de Éfeso. Los ricos comerciantes se indignaron cuando fueron expulsados de sus mansiones; afortunadamente, Éfeso era un gran centro comercial y le dio a Antonio el número necesario de residencias para acomodar a aquella enorme avalancha de hombres importantes y sus familias. Los plutócratas fueron reubicados en Esmirna, Mileto y Priene, cosa que llevó a la desaparición de la navegación comercial de la bahía, otra bendición; ahora podían anclar allí más galeras de guerra. Qué podría pasarle a la ciudad cuando se marchase todo este conjunto de romanos, no le preocupaba en lo más mínimo a Antonio y a sus camaradas, una pena; Éfeso tardaría años en recuperar la prosperidad.

Cleopatra no estaba en absoluto complacida con la llegada de Ahenobarbo y el gobierno en el exilio, que rehusaba firmemente permitirle asistir al Antisenado. Lo que la llevó a soltarle una imprudente declaración a Ahenobarbo:

– ¡Lamentarás esto cuando esté sentada para juzgar en el Capitolio!

– ¡Tú no me juzgarás, señora! -replicó él-. Si tú te sientas a juzgar en el Capitolio, yo estaré muerto y todos los buenos romanos conmigo. Te lo advierto, Cleopatra, más te vale quitarte estas ideas de la cabeza porque nunca ocurrirán.

– ¡No te atrevas a dirigirte a mí por mi nombre! -dijo ella con un tono helado-. ¡Te dirigirás a mí como su majestad y te inclinarás!

– Y una mierda, Cleopatra.

Ella se fue a ver directamente a Antonio, que había regresado de Atenas con un malhumor que ella atribuyó al resultado de sus juergas en Samos, como había dicho Lucilio.

– ¡Quiero asistir al Senado y quiero que el insolente de Ahenobarbo sea castigado! -gritó, con los puños apretados contra los muslos y los labios como si fueran una fina cinta roja.

– Querida, no puedes asistir al Senado; está consagrado a Quirino, el dios de los hombres romanos. Tampoco estoy en posición de disciplinar a hombres tan augustos como Gneo Domitio Ahenobarbo. Roma no está regida por un rey, es una democracia. Ahenobarbo es mi igual, como lo son todos los hombres romanos, y no importa lo pobre o lo poco distinguidos que sean. A los ojos de la ley, los hombres romanos son iguales. Primus inter pares, Cleopatra; todo lo que puedo hacer es ser el primero entre mis iguales.

– Entonces, eso debe cambiar.