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– Eso no puede cambiar. Nunca. ¿De verdad le dijiste que te sentarías a juzgar en el Capitolio? -preguntó Antonio con expresión ceñuda.

– Sí. Una vez que haya derrotado a Octavio y Roma sea nuestra me sentaré allí como delegada de Cesarión hasta que cumpla la edad necesaria.

– Ni siquiera Cesarión podrá hacer eso. No es romano, ésa es una razón. La otra es que ningún hombre o mujer vivo habita en el Capitolio. Es un lugar consagrado a nuestros dioses romanos.

Ella golpeó el suelo con el pie.

– ¡Oh, no te entiendo! En un momento nombras a mi hijo Rey de Reyes y al siguiente mantienes una conversación con unos pocos romanos y vuelves a ser romano de nuevo. ¡Decídete! ¿Voy a continuar financiando la apuesta de mi hijo por el mundo o debo hacer el equipaje y regresar a Alejandría? ¡Eres un tonto, Antonio! ¡Un enorme torpe e indeciso idiota!

En respuesta, Antonio le dio la espalda; era hora de demostrarle que, una vez que derrotase a Octavio, Roma continuaría siendo como siempre había sido; una república sin rey. Mientras tanto, ella continuaba pagando las cuentas. Eso no la hacía propietaria de un ejército romano, pero sí la hacía propietaria de aquella campaña. Oh, podría obligarla a regresar a Egipto. Eso era lo que todos los legados furiosos le decían que hiciese. Más y más con el paso de los días. Pero si la enviaba a casa, se llevaría su cofre de guerra con ella, los veinte mil talentos de oro. Algunos, como Atratino, le habían dicho con todas las palabras que podía matar a la cerda, confiscar su cofre de guerra y anexar Egipto al Imperio. Consciente de que sería incapaz de hacer nada de eso, soportaba las diatribas de Cleopatra en silencio y les recordaba a sus legados quién pagaba. Pero algunos, como Atratino, habían acabado prefiriendo el gobierno de Octavio al de Cleopatra.

– ¿Cómo puedo enviarla a su casa? -le preguntó a Canidio, uno de los dos partidarios romanos de Cleopatra.

– No puedes, Antonio, lo sé.

– Entonces, ¿por qué tantos otros me exigen que lo haga?

– Porque ellos no están acostumbrados a que las mujeres manden, y han sido incapaces de meterse en sus cabezotas que es ella quien paga a los músicos.

– ¿Alguna vez considerarán metérselo en sus cabezotas?

Canidio se rió ante lo que era una pregunta realmente divertida.

– No, no lo harán. Afirmarlo sería una sofisticación, una actitud helenística, todas las cualidades que no poseen.

El otro partidario era Lucio Munatio Planeo, a quien ella había comprado con un generoso soborno. Aquella inversión también le había hecho ganar a Marco Titio, su sobrino, aunque litio, más abierto que Planeo, no conseguía ocultar su desagrado y desprecio por la empleadora de su tío. Lo que Cleopatra no comprendía de Planeo era su infalible habilidad para escoger el bando ganador en cualquier choque entre potenciales primeros hombres romanos. Como el abuelo del presente Lucio Marcio Filipos, era un tergiversador innato, no veía nada malo en cambiar de bando cada vez que se lo decía el instinto.

Como le dijo a Titio, al final de un mes en Éfeso:

– Comienzo a ver que Antonio continúa sin hacer nada cuando se trata de enfrentarse a aquella mujer. Creo que es una tontería eso de que lo droga o incluso lo hechiza como hace un marso con una serpiente. Son sus deficiencias lo que lo ligan a ella; es un marido calzonazos, y conocemos a muchos de esos. Preferiría raptar a Cerbero de las puertas del Hades que enfrentarse a ella, ya sea por una minucia o un tremendo ultimátum. Cuando yo creía estar enamorado de Fulvia, vi cómo era; ella podía obligarme a hacer cualquier cosa, y, como Cleopatra, intentó ocupar la tienda de mando. Su única recompensa fue que Antonio se divorció de ella por su temeridad, pero ¿Cleopatra? Ella es su mamá, su amante, su mejor amigo y su cocomandante.

– Quizá ahí está el centro del problema -dijo Titio, pensativo-. Toda Roma ha conocido a Antonio durante veinte años como una fuerza de la naturaleza. Se levantaba diez veces por noche cada noche, dejó un rastro de corazones rotos, bastardos y maridos cornudos en su estela, partió cabezas como si fuesen melones, condujo cuadrigas tiradas por leones; es una leyenda que iba camino de convertirse rápidamente en un mito. Marcó una diferencia en el Senado, sirvió con valor en Farsalia y ganó con brillantez en Filipos. ¡Fue adulado! Ahora, todos nosotros que lo amamos estamos descubriendo que nuestro ídolo tiene los pies de barro; Cleopatra lo domina. Un golpe aplastante.

– El ineludible poder de Némesis… está pagando por una vida legendaria. Bien, Titio, miraremos y esperaremos. Todavía tengo amigos en Roma, ellos me mantendrán informado de cómo Octavio se enfrenta a esta inminente crisis. En el momento que las balanzas se inclinen a favor de Octavio nos largamos.

– Quizá debamos largarnos ahora.

– No, creo que no -dijo Planeo.

Gran parte de la arrogancia y la rudeza aparente de Cleopatra surgía de una inseguridad tan nueva como alarmante; la cultura de la que venía y las circunstancias de su vida, hasta aquel momento nunca la habían imbuido de ninguna conciencia como mujer -desde luego una, que era reina-: que era inferior a un hombre. Nunca se le ocurrió que, al entrar en el mundo de los hombres romanos, ni su posición ni su incalculable riqueza podrían hacer que la viesen como una igual. Su error básico fue creer que era su condición de extranjera lo que provocaba su antipatía; nunca consideró que era su sexo lo intolerable. Por lo tanto, cuando imitaba el comportamiento de sus enemigos romanos dentro del círculo de Antonio, lo hacía para parecer más romana, menos extranjera. Ataviada con un casco emplumado, una coraza sobre una camisa de cota de malla y una espada corta en un tahalí enjoyado, marchaba por el cuartel general y maldecía como cualquier legado, con la impresión de que ellos, cuando la miraban con odio, lo hacían porque no había conseguido ser lo bastante romana. Cuando recorría los campamentos antes del regreso de Antonio desde Atenas vestida con su armadura y soltando sus maldiciones, los legionarios se reían de ella con descaro, los centuriones intentaban contener las carcajadas, los tribunos militares la miraban de arriba abajo como si fuese un monstruo, los legados menores la insultaban y no le hacían el menor caso. En una ocasión le ordenó a un comandante de la legión que azotase a su primipilus centurión por insubordinación; el hombre se negó en redondo, sin asustarse en absoluto.

– Vete a jugar con las muñecas, no con soldados de juguete -le replicó.

Él le había dado la respuesta, pero ella no la vio. No era su condición de extranjera, sino el hecho de que sus labios femeninos escupiesen obscenidades y un cuerpo femenino vistiese prendas militares. Las mujeres no interferían en las cosas de los hombres, no en persona y debajo de las narices de los hombres.

Cuando Antonio regresó de Atenas, ella exigió retribución, pero él declinó actuar, y prefirió decirle que se mantuviese apartada de los campamentos si no quería quedar como una tonta; nunca se le ocurrió que ella no comprendía la causa de la enemistad romana. Si ella no lo obedeció del todo, se aseguró de que en el futuro los únicos campos que visitara perteneciesen a los aliados no romanos de Antonio. ¡Ah, ellos sabían cómo tratarla! Licomedes, el hijo de Polemón (Polemón había marchado de regreso a Pontus para proteger el Lejano Oriente contra los medos y los partos), Amintas de Galacia, Arquelao Sisenes de Capadocia, Deiotaro Filadelfo de Paflagonia y el resto de clientes-reyes que habían venido a Éfeso la respetaban.

Ella había advertido que Herodes de Judea no había aparecido, ni tampoco enviado a un ejército; una vez que sus quejas por el tratamiento habían sido rechazadas sumariamente al regreso de Antonio, ella dirigió su atención a la ausencia de Herodes, cosa que lo preocupó lo suficiente como para escribirle una carta al rey de los judíos. La respuesta de Herodes fue rápida y llena de floridas y obsequiosas frases que, quitados los adornos y resumida, decía que los asuntos en Jerusalén impedían su presencia, lo mismo que el envío del ejército. Estaba a un paso de la rebelión abierta, así que, mil perdones, pero… era verdad, aunque no la verdadera razón para la delincuencia de Herodes. El instinto de supervivencia de Herodes estaba tan afilado como el de Planeo, y le decía que Antonio quizá no ganaría aquella guerra. Para mejorar sus posibilidades, le había enviado una bonita carta a Octavio en Roma, junto con un regalo para el templo de Júpiter Óptimo Máximo: una esfinge de marfil esculpida por el propio Fidias. Había pertenecido a Cayo Verres, que la había robado de su provincia de Sicilia y que se la había dado como pago a Hortensio por defender a Verres, sin éxito, de las muchas acusaciones de extorsión. De Hortensio había ido a parar a uno de los Perquitieno por mil talentos; en la bancarrota, aquel Perquitieno la vendió por cien talentos a un mercader fenicio, cuya viuda, una ignorante en temas artísticos, se la vendió a Herodes por diez talentos. Su valor real, calculaba Herodes, estaba entre los cuatro y los seis mil talentos, y se había enterado de que Antonio estaba regalando obras de arte a Cleopatra por centenares. La reina Alejandra sabía que él la tenía, y si se lo decía a Cleopatra, no seguiría siendo suya mucho tiempo. Como odiaba a su vecina egipcia con toda su fuerza, decidió que el mejor lugar para ella era Roma; en un lugar público de gran santidad. Para arrebatársela de Júpiter Óptimo Máximo, Cleopatra tendría que sentarse efectivamente en el Capitolio. Representaba una inversión para el futuro de su reino y de él mismo. Pero si Antonio ganaba… ¡Maldito pensamiento, ligado como estaba a Cleopatra! Sin saber que repetía los sentimientos de Atratino, Herodes decidió que la única manera que tenía Antonio de salir de sus actuales problemas era matar a Cleopatra y anexar Egipto al Imperio.