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Mientras el ejército y las flotas comenzaban a moverse desde Éfeso hasta Grecia al final del verano, Antonio encontró el mejor regalo de todos para dárselo a Cleopatra, y así apartar de su mente las constantes peleas en la tienda de mando: envió una orden a Pergamum para que los doscientos mil pergaminos de su biblioteca fuesen embalados y enviados a Alejandría.

– Una pequeña recompensa por la quema de tus libros por parte de César -dijo-. Muchos de ellos son duplicados, pero hay algunos volúmenes únicos en Pergamum.

– ¡Tonto! -dijo ella cariñosamente y le alborotó los cabellos-. Fue un almacén de libros en el muelle lo que ardió, no la biblioteca de Alejandría. Ésa está en el museo.

– Entonces los enviaré de vuelta a Pergamum.

Ella se sentó, muy erguida.

– Desde luego que no. Si se quedan en Pergamum, algún gobernador romano los confiscará para Roma.

XXIV

– He escuchado un rumor peculiar -le dijo Mecenas a Octavio cuando éste regresó a Roma en abril.

A sabiendas de que Ahenobarbo y Sosio eran ardientes seguidores de Antonio y también de que estaban decididos a quedarse en el cargo durante el año entero, Octavio había considerado prudente abandonar Roma después del Año Nuevo y permanecer alejado hasta ver si la dura pareja podía manipular al Senado. Hasta aquel momento no lo habían conseguido, y los instintos exquisitamente afinados de Octavio le dijeron que no lo conseguirían. Roma era segura para él, continuaría siendo segura para él.

– ¿Rumor? -preguntó.

– Ahenobarbo y Sosio han sido suspendidos por su amo en Alejandría. Antonio le ordenó a Ahenobarbo que leyese una carta de traición al Senado, pero no se atrevió.

– ¿Tienes la carta?

– No. Ahenobarbo la quemó y en cambio dio un discurso. Luego, cuando Sosio sostuvo las fasces en febrero, habló. Una pobre oratoria.

– ¿Pobre? ¡El adjetivo que escuché fue feroz!

– No pudo conseguir su objetivo de hacer cambiar al Senado. Había estalactitas en los aleros de la Curia Hostilia y, sin embargo, Sosio sudaba. De hecho, nuestros dos cónsules estaban tan inquietos como mulas que huelen humo en el establo.

– ¿Tranquilos e inquietos?

– Sí. Para mantener la metáfora de la mula: al intentar conducirlas, ellas se empacan. Tranquilas. Pero no podían quedarse quietas. Inquietas. Atribuyo el comportamiento de nuestros cónsules a otro rumor: que intentan escapar al exilio y llevarse al Senado con ellos.

– Dejándome a mí para gobernar Roma e Italia sin autoridad legal, una repetición de la conducta de Pompeyo Magno después de que Divus Julius cruzó el Rubicón. No es muy original. -Octavio se encogió de hombros-. Pues esta vez no funcionará. Tendré quórum en el Senado, y podré nombrar cónsules sufectos. ¿Cuántos senadores crees que nuestra bonita pareja conseguirá convencer para que vayan con ellos?

– No más de trescientos, aunque la mayoría de los pretores sí que irán; éste es el año de gobierno de Antonio.

– Así que aún quedarán cien empecinados partidarios de Antonio en Roma para que me claven puñales en la espalda.

– Se hubiesen marchado todos, y también un montón de neutrales con ellos, de no haber sido por Cleopatra. Le tienes que agradecer a esa dama el tener quórum. Mientras permanezca en la vecindad de Antonio como un mal olor, César, siempre tendrás a los empecinados seguidores de Antonio rondando tu espalda con las dagas en la mano, porque no lo harán alrededor de Cleopatra.

– ¿Es verdad que Antonio está llevando sus legiones y las flotas a Éfeso?

– Oh, sí. Cleopatra insistió. Está con él.

– Eso significa que por fin ha abierto la bolsa. ¡Qué feliz debe de estar Antonio! -Los párpados de largas pestañas cayeron sobre los ojos de Octavio-. Pero ¡qué locura! ¿Está de verdad contemplando iniciar una guerra civil o es esto un complot para obligarme a llevar a mis legiones al este del Drina?

– Sinceramente no creo que importe mucho lo que piense Antonio. Es Cleopatra la que busca la guerra.

– Ella es una extranjera. Podría barrer a Antonio, sería una guerra extranjera contra un extranjero dispuesto a invadir Italia y saquear Roma. Sobre todo, si las fuerzas de Antonio se marchan de Éfeso para ir al oeste, hacia Grecia o Macedonia.

– Es preferible una guerra extranjera. Sin embargo, es un ejército romano el que se va a Éfeso, y un ejército romano posiblemente el que se encamine a Grecia. Cleopatra no tiene tropas propias, sólo flotas, y no están en mayoría. Sesenta enormes quinquerremes y sesenta trirremes y birremes mezclados de las quinientas naves de guerra.

– ¡Necesito saber lo que decía la carta de Antonio, Mecenas! ¡Incordia a Ahenobarbo! ¿Por qué ha tenido que ser cónsul este año? Es inteligente. Un hombre estúpido podría haber leído la carta a pesar de su contenido traicionero.

– Sosio tampoco es estúpido, César.

– Entonces es mejor que estén lejos de Roma e Italia. Eso significa que nos harán menos daño en Éfeso.

– ¿Significa que no te opondrás a que dejen el país?

– En absoluto. Mientras estén aquí, me harán la vida más dura. ¿Lo único que me preocupa es dónde voy a encontrar el dinero para librar una guerra? ¿Quién condonará otra guerra civil?

– Nadie -dijo Mecenas.

– Así es. Todos la verán como una lucha por la supremacía entre dos romanos, mientras nosotros sabemos que es una lucha contra la Reina de las Bestias. Pero ¡eso no lo podemos probar! Cualquier cosa que digamos de Antonio sonará como una excusa para librar una guerra civil. ¡Mi reputación está de por medio! ¡Me han citado muchísimas veces diciendo que nunca iría a la guerra contra Antonio! Ahora quedaría como un hipócrita.

Agripa habló; hasta ahora había escuchado.

– Sé que una guerra civil no será condonada, César, y estoy contigo. Pero espero que comprendas que debes empezar a prepararte para una. Al paso que van las cosas en Oriente comenzará el año que viene. Eso significa que no podrás desmovilizar a las legiones illíricas. También tendrás que comenzar a reunir a las flotas.