La mosca en la miel llegó de una fuente diferente: Cayo Escribonio Curio, que tenía dieciocho años, anunció que no cambiaría de casa; marcharía a Oriente para unirse a Marco Antonio.
– ¿Oh, Curio, debes hacerlo? -preguntó Octavia, desconsolada-. Afligirá muchísimo a tu tío César.
– ¡César no es mi tío! -replicó el joven con desdén-. Pertenezco al campo de Antonio.
– Pero ¿si tú te vas, cómo podré convencer a Antillo para que no lo haga?
– Muy fácil, todavía no es un hombre.
– Eso es más fácil de decir que de hacer -le comentó Octavia a Cayo Fonteio, que se había ofrecido voluntario para ayudarla en el traslado.
– ¿Cuándo cumple Antillo los dieciséis?
– Nació el año que murió Divus Julius.
– Entonces sólo tiene trece.
– Sí. Pero ¡oh, es tan salvaje e impulsivo! Se escapará.
– Con trece lo atraparán. En cuanto al joven Curio, es otro tema muy diferente. Es mayor de edad y dueño de su propia fortuna.
– ¿Cómo puedo decírselo a César?
– No tendrás que hacerlo. Lo haré yo -dijo Fonteio, que hubiese hecho cualquier cosa para evitarle dolor a su Octavia.
Su divorcio la había hecho libre -en teoría-, pero Fonteio era demasiado prudente como para hablar de su propio amor. Mientras no dijese nada, su lugar en su vida estaba seguro; en el momento en que él manifestase lo que sentía, ella lo despediría. Mejor entonces esperar el momento en que se curase su mal. Incluso si el tiempo tenía ese poder. Él no lo sabía.
La defección de Saturnino, Arruntio y Atratino, entre otros, no hicieron grandes huellas en el grupo de seguidores de Antonio, pero cuando desertaron Planeo y Titio dejaron una visible brecha.
– Es el campamento de guerra de Pompeyo Magno de nuevo -le comentó Planeo a Octavio cuando llegó a Roma-, Yo no estaba con Magno, pero dicen que todos tenían una opinión diferente, y Magno no podía controlarlo. Por lo tanto, cuando ocurrió, Farsalo se vio incapaz de aplicar las tácticas fabianas que los favorecían. Labieno fue el general, y perdió. Nadie podía derrotar a Divus Julius, aunque Labieno creyó que podría. ¡Oh, las reyertas y las discusiones! Nada comparable con lo que está pasando en el campo de guerra de Antonio, créeme, César. «Aquella mujer» insiste en hablar, en airear sus opiniones como si tuviesen más peso que las de Antonio, y no le importa en absoluto desautorizarlo delante de sus legados, de sus senadores e incluso de sus centuriones. ¡Él lo acepta todo! La mima, corre detrás de ella, que se tiende en su diván en el locus consularis, ¡por favor! ¡Cómo la odia Ahenobarbo! Se pelean como un par de gatos salvajes, se escupen, se gruñen y, sin embargo, Antonio no la pone en su lugar. Un día, durante la cena, ella tuvo un calambre en el pie, ¿y te puedes creer que Antonio se puso de rodillas ante ella para hacerle un masaje? Podías escuchar a una polilla posarse en un cojín, de silencioso e inmóvil que estaba el comedor. ¡Luego, él volvió a su lugar como si nada hubiese pasado! Creo que aquel episodio fue el que hizo que Titio y yo decidiésemos que había llegado la hora de partir.
– He escuchado tantas clases de extraños rumores en Roma, Planeo, tantos que no sé qué creer -manifestó Octavio, que se preguntaba cuál sería el precio de Planeo.
– Cree lo peor de ellos y acertarás.
– Entonces, ¿cómo puedo convencer a estos burros de Roma que es la guerra de Cleopatra y no la de Antonio?
– ¿Quieres decir que aún creen que Antonio está al mando?
– Sí. Sencillamente no pueden aceptar la idea de que un extranjero es capaz de dominar al gran Marco Antonio.
– Tampoco podía yo, hasta que lo vi por mí mismo. -Planeo se rió-. Quizá tendrías que organizar viajes a Samos (que es donde están ahora, camino de Atenas) para los incrédulos. Una vez visto, nunca olvidado.
– La levedad, Planeo, no te sienta bien.
– Entonces seriamente, César. Quizá podría ofrecerte mejor munición, pero hay un precio.
– ¡Querido Planeo! Siempre al grano, nada de dar vueltas. Dime tu precio.
– Un consulado sufecto el año próximo para Titio.
– No es muy popular en Roma porque ejecutó a Sexto.
– Sí, él hizo el acto, pero la orden vino de Antonio.
– Desde luego puedo darle el trabajo, pero no puedo protegerlo de sus detractores.
– Puede pagarse guardaespaldas. Entonces, ¿trato hecho?
– Sí. Ahora, ¿qué puedes ofrecerme a cambio?
– Cuando Antonio estaba en Antioquía, todavía en sus últimas etapas de su recuperación de la bebida, redactó su testamento. Si continúa siendo el último, no lo sé, pero Titio y yo fuimos testigos, y creo que se lo llevó a Alejandría con él cuando marchó; Sosio, de todas maneras, lo llevó a Roma.
Octavio frunció el entrecejo.
– ¿Qué tiene que ver el testamento de Antonio?
– Todo -respondió Planeo.
– No es una respuesta adecuada. Explícate.
– Estaba de buen humor cuando fuimos testigos, e hizo unos cuantos comentarios que nos hizo creer a Titio y a mí que era un documento muy sospechoso. Una traición, de hecho, si un documento no visto hasta después de la muerte de su autor puede ser considerado traicionero. Antonio, claramente, no cree que exista la traición póstuma, de ahí sus descuidados comentarios.
– Sé más específico, Planeo, por favor.
– No puedo. Antonio fue demasiado oscuro. Pero Titio y yo creemos que sería de mucho provecho para ti echarle una ojeada al testamento de Antonio.
– ¿Cómo puedo hacer eso? El testamento de un hombre es sacrosanto.
– Ése es tu problema, César.
– ¿No puedes decirme nada de su contenido? ¿Cuáles fueron exactamente los comentarios que hizo?
Ya de pie, Planeo se acomodó los pliegues de la toga, aparentemente absorto.
– Realmente tendríamos que diseñar una prenda más adecuada que la toga para sentarse. Cuánto amaba Alejandría y a aquella mujer… Sí, las togas son un incordio… Cómo su hijo podía tener sus derechos… Vaya, tiene una mancha.
Y se marchó, todavía arreglándose.
Entonces, no era algo tan traicionero. Excepto que Planeo parecía creer sinceramente que el testamento de Antonio lo ayudaría. Dado que el consulado sufecto para Titio estaba a muchos meses vista, Planeo, sin duda, sabía que si mostraba un falso cebo ante la nariz de Octavio, Titio nunca se sentaría en la tarima curul. Pero ¿cómo tener acceso al testamento de Antonio? ¿Cómo?
– Recuerdo que Divus Julius me dijo que las vestales tenían más de dos millones de testamentos; arriba, abajo, parte en el sótano -le comentó a Livia Drusilia, la única a la cual le podía confiar tan incendiarias noticias-. Tienen un sistema. En un lugar, los testamentos de las provincias y los países extranjeros; los testamentos italianos en otro, y los romanos en alguna otra parte. Pero Divus Julius no elaboró el sistema, y en su momento yo no sabía lo importante que podía ser el tema, así que no le insistí para que me lo explicase. ¡Estúpido, estúpido! -Se golpeó la rodilla con el puño.
– No te preocupes, César, conseguirás tus fines. -Los grandes ojos azules de Livia Drusilia mostraron una expresión contemplativa, mientras pensaba, y después se rió-. Podrías comenzar por hacer algo bonito por Octavia -dijo entonces-, y como yo soy una esposa muy celosa, tendrás que hacer algo por mí también.
– ¿Tú celosa de Octavia? -preguntó él, incrédulo.
– Pero la gente de fuera de nuestro círculo íntimo de amigos no saben cómo están las cosas entre Octavia y yo, ¿verdad? Toda Roma está indignada por el divorcio. ¡Idiota de hombre! Nunca tenía que haberla echado a ella y a los niños. Y eso le hace más daño que todos tus comentarios sobre la influencia que ejerce Cleopatra sobre él. -El bello rostro adoptó una expresión soñadora-. Sería espléndido si tus agentes pudiesen decirle a las gentes de Roma e Italia lo mucho que quieres a tu hermana y a tu esposa, con cuánta tierna consideración las ves. Estoy seguro de que si permitieses que Lépido residiese en la Domus Publica, se sentiría tan agradecido que propondría honrarnos a Octavia y a mí.