Él la miraba con aquel aire confundido que ella podía provocarle cuando la sutileza de su mente superaba a la suya.
– Me gustaría saber adónde quieres ir a parar, querida, pero no lo sé.
– Piensa en los centenares de estatuas de Octavia que has erigido a través de Roma e Italia y en mis estatuas, que se han unido a ellas. ¿No sería maravilloso si se pudiese añadir tina línea a sus inscripciones? ¿Algún nuevo y sorprendente honor?
– Sigo en la oscuridad.
– Convence al pontífice máximo Lépido que nos dé a Octavia y a mí la condición de vírgenes vestales a perpetuidad.
– Pero ¡vosotras no sois vestales! ¡Ni tampoco vírgenes!
– ¡Honorarias, César, honorarias! ¡Anúncialo con fanfarrias de trompetas en los mercados desde Mediolanum y Aquileia hasta Rhegium y Tarentum! Tu hermana y tu esposa son ejemplares más allá de cualquier descripción, así que su castidad marital y su conducta las pone en la misma liga que las vestales.
– ¡Continúa! -le pidió él, ansioso.
– Nuestra condición de vírgenes vestales nos permitirá ir y venir por las dependencias vestales en la Domus Publica a voluntad. No hay ninguna necesidad de involucrar a Octavia si yo también tengo ese privilegio, porque puedo averiguar para ti dónde está guardado exactamente el testamento de Antonio. Apuleia no sospechará de mis motivos. ¿Por qué iba a hacerlo? Su madre es tu hermanastra; ella cena con nosotros habitualmente y yo le caigo muy bien. No puedo robar el testamento para ti, pero sí puedo descubrir dónde está, y tú te podrás apoderar de él rápidamente.
Su abrazo la dejó aplastada y sin aliento, pero a ella no le importó verse aplastada y sin aliento. Nada le agradaba más a Livia Drusilia que ser capaz de sugerir una acción que César no había pensado por sí mismo.
– ¡Livia Drusilia, eres brillante! -gritó él, y la soltó.
– Lo sé -replicó ella, y le dio un suave empellón-. ¡Ahora pon manos a la obra, mi amor! Esto llevará unos cuantos nunditiae, y no podemos permitirnos esperar demasiado.
El dolor de haber perdido su cargo de triunviro no le resultaba a Lépido tan doloroso como su exilio de la ciudad de Roma, así que cuando recibió la visita de Octavio y supo lo que debía hacer para poder regresar a la Domus Publica aceptó sin vacilar darle a Octavia y a Livia Drusilia el rango de vírgenes vestales. Eso no era un mero honor. Dotaba a ambas mujeres de la condición de sacrosantas e inviolables; podían caminar por cualquier parte sin el menor riesgo, porque ningún hombre, fuese el más pobre o el más predatorio, se atrevería a tocar a una virgen vestal. Si lo hacía, estaba condenado para toda la eternidad. Perdería la ciudadanía, sería azotado y decapitado y le serían confiscadas todas sus propiedades, hasta el más mísero vaso de cerámica. Su esposa y sus hijos morirían de hambre.
Toda Roma e Italia se regocijó; si su aprobación era más por Octavia que por Livia Drusilia, a esta última no le importó en absoluto. En cambio, se presentó a cenar en el comedor de las vestales, sin ser invitada, para conocer a sus compañeras sacerdotisas.
Apuleia, la jefa vestal, era prima de Octavio, y conocía bien a Livia Drusilia desde el tiempo en que era joven y estaba embarazada; había estado refugiada en el Atrium Vestae antes de casarse con Octavio.
– Un augurio -le dijo Apuleia mientras las siete se sentaban a la mesa-. Ahora puedo confesar que estaba muy preocupada. ¡Oh, el alivio de cuando tu estada no tuvo ninguna consecuencia religiosa! Estoy segura de que fue un augurio de esto.
Apuleia no era una mujer inteligente, sin embargo, la tremenda reverencia en que se le tenía la había moldeado hasta ser mucho más de lo que se esperaba de una jefa vestal. Llevaba un vestido blanco de mangas largas como una túnica abierto por los lados, la medalla bulla en una cadena alrededor del cuello, el cabello oculto bajo una corona de siete rizos de lana, apilados, y cubierto con un velo tan fino que flotaba. Gobernaba a su pequeño rebaño con puño de hierro, atenta al hecho de que la castidad de las vestales era la suerte de Roma. De cuando en cuando algún hombre (como Publio Clodio) había impugnado la castidad de alguna vestal y la había llevado a juicio, pero eso no iba a ocurrir durante el reinado de Apuleia.
Todas las vestales estaban sentadas alrededor de la mesa, cargada con deliciosas comidas y una jarra de resplandeciente vino blanco de Alba Fucentia. Las dos vestales menores de edad bebían agua de la fuente de Juturna, mientras que las otras tres, vestidas como Apuleia, tenían la libertad de participar del vino. Livia Drusilia, la séptima, no se había vestido como una vestal, aunque sí vestía de blanco.
– Mi marido me ha hablado un poco de vuestros archivos testamentarios -dijo Livia Drusilia cuando las menores se hubieron marchado-, pero sólo de una manera vaga. ¿Podría ser posible que en algún momento pudiese hacer un recorrido?
El rostro de Apuleia se iluminó.
– ¡Por supuesto! Cuando tú digas.
– Ah, ¿ahora?
– Si lo deseas, desde luego.
Livia Drusilia realizó el recorrido que Divus Julius había hecho cuando asumió el título de pontífice máximo. En las dependencias había numerosos estantes cargados con pergaminos donde se guardaban los testamentos, y cuando subió a la primera planta descubrió un impresionante número de casilleros con información, así como en el sótano y en los almacenes en la planta baja. Era algo fascinante, sobre todo para una mujer como ella, tan meticulosa y organizada.
– ¿Tienes alguna zona especial para los senadores? -preguntó mientras caminaba, maravillada.
– Oh, sí. Están aquí, en esta planta.
– Si han sido cónsules, ¿los distingues de los simples senadores?
– Por supuesto.
Livia Drusilia consiguió mostrar una expresión que era tanto tímida como cómplice.
– Nunca se me ocurriría pedirte que me mostrases el testamento de mi marido -dijo- pero me encantaría ver uno del mismo nivel. ¿Por ejemplo, dónde está el testamento de Marco Antonio?
– Oh, está en un lugar especial -respondió Apuleia de inmediato, sin que por su mente se cruzase la menor sospecha-. Cónsul y triunviro, pero en realidad no una parte de Roma. Está aquí, solo.
Llevó a Livia Drusilia hasta una serie de casilleros al otro lado de un biombo que separaba el archivo de la zona estrictamente de las vestales, y sin vacilar sacó un pesado rollo que estaba solo en un estante.
– Aquí lo tienes -dijo, y le alcanzó el documento a Livia Drusilia.
La esposa de Antonio lo sopesó, lo giró para mirar el sello rojo: Hércules, IMP. M. ANT. TRI. Sí, aquél era el testamento de Antonio. Lo devolvió de inmediato con una risa.
– Debe de tener muchos legados -comentó.
– Todos los grandes lo tienen. El más corto de todos fue el de Divus Julius. ¡Tanta sagacidad, tanta exactitud!
– Entonces, ¿los lees?
Apuleia se mostró horrorizada.
– ¡No, no! Por supuesto, vemos el testamento después de la muerte de su autor, cuando el ejecutor o ejecutora vienen a buscarlo. El ejecutor debe abrirlo en nuestra presencia porque debemos poner V.V. al final de cada cláusula. De esta manera no se puede añadir nada después de haberlo entregado.
– ¡Brillante! -dijo Livia Drusilia. Dio un beso en la mejilla de Apuleia y le apretó la mano-. Debo irme, pero una última y muy importante pregunta: ¿alguna vez se abrió algún testamento antes de la muerte del autor, querida?