Otra mirada de horror.
– ¡No, nunca! Eso sería romper nuestros votos, y es algo que nunca haremos.
De regreso a la domus Livia Drusilia encontró a su esposo en la sala de negociaciones. Una mirada a su rostro y él despidió a sus escribas y empleados.
– ¿Bien? -preguntó.
– Tuve el testamento de Antonio en mi mano, y te puedo decir exactamente dónde está guardado.
– Todo eso que ya hemos adelantado. ¿Crees que Apuleia me permitiría abrirlo?
– Ni siquiera si la condenases por la pérdida de la castidad y la enterrases bajo tierra con una jarra de agua y una hogaza de pan. Me temo que tendrás que arrebatárselo a ella y a las demás.
– Cacat!
– Te sugiero que te lleves a tus germanos al Atrium Vestae en plena noche, César, y acordones toda la zona fuera de las puertas del alojamiento. Tendrá que ser pronto, porque me han dicho que Lépido tomará su residencia de pontífice máximo en la Domus Publica dentro de muy poco. Seguramente habrá un gran alboroto, y no querrás que Lépido venga corriendo desde su lado para ver qué ocurre. Mañana por la noche, no más tarde.
Octavio tuvo que aporrear mucho la puerta antes de que el rostro asustado de la portera la entreabriese y echase una ojeada. Dos germanos apartaron a la mujer y acompañaron a su amo en medio del resplandor de las antorchas mientras los otros germanos lo seguían.
– ¡Bien! -le dijo Octavio a Arminio-. Con un poco de suerte lo conseguiré antes de que aparezcan las vestales. Tendrán que vestirse.
Casi lo consiguió.
– ¿Qué te crees que estás haciendo? -le preguntó Apuleia desde la puerta que daba a los apartamentos privados de las vestales.
Con el testamento de Antonio en la mano, Octavio dio un salto.
– Estoy confiscando un documento de traición -dijo con altanería.
– ¡Traición, un cuerno! -replicó la jefa vestal, que se movió para impedir su salida-. ¡Devuélvemelo, César Octavio!
En respuesta, él se lo pasó por encima de su cabeza a Arminio, tan alto que, cuando lo sostuvo, Apuleia no lo podía alcanzar.
– ¡Eres un sacer -jadeó mientras entraban otras tres vestales.
– ¡Tonterías! Soy un consular haciendo mi deber.
Apuleia soltó un alarido escalofriante.
– ¡Socorro, socorro, socorro!
– Hazla callar, Cornel -le ordenó Octavio a otro germano.
Cuando las otras tres vestales comenzaron a gritar, ellas también fueron sujetadas y silenciadas por los germanos.
Octavio miró a las cuatro con las oscilantes llamas de las antorchas, su mirada luminosa y fría como la de un leopardo negro.
– Retiro este testamento de vuestra custodia, y no hay nada que podáis hacer para impedírmelo. Por vuestra propia seguridad os sugiero que no digáis ni una palabra de lo que ha ocurrido aquí a nadie. Si lo hacéis, no puedo responder por mis germanos, que no sienten ninguna reverencia por las vestales y les encanta desflorar a vírgenes de cualquier clase. Tácete, señoras. Lo digo de verdad.
Se marchó, y dejó a la suerte de Roma llorando y gimiendo.
Convocó al Senado al primer día permisible, con una expresión de orondo triunfo. Lucio Celio Poplicola, que había elegido quedarse en Roma para incordiar a Octavio, sintió que se le erizaba el pelo de los brazos y la nuca cuando un miedo helado le recorrió la espalda. ¿Qué se traía entre manos ahora el pequeño gusano? ¿Por qué Planeo y Titio parecían reventar de alegría?
– Durante dos años he hablado a los miembros de esta cámara de Marco Antonio y de su dependencia de la Reina de las Bestias -comenzó Octavio, de pie delante de su silla curul y con un grueso rollo de pergamino en la mano derecha-. Nada de lo que he venido repitiendo hasta ahora ha conseguido convencer a muchos de los que están hoy presentes aquí de que he dicho la verdad. «¡Dadnos una prueba!», habéis gritado una y otra vez. ¡Muy bien, tengo la prueba! -Levantó el pergamino-. Tengo en mi mano la última voluntad y testamento de Marco Antonio y contiene todas las pruebas que incluso el más ardiente partidario de Antonio podría exigir.
– ¿La última voluntad y testamento? -preguntó Poplicola, que se sentó muy erguido.
– Sí, la última voluntad y testamento.
– ¡La voluntad de un hombre es sacrosanta, Octavio! ¡Nadie puede violarlo mientras el autor viva!
– ¡A menos que contenga declaraciones de traición!
– ¡Incluso así! ¿A un hombre se le puede considerar traidor por lo que dice después de su muerte?
– Oh, sí, Lucio Gelio. Absolutamente.
– ¡Esto es ilegal! ¡Rehúso permitirte continuar!
– ¿Cómo puedes detenerme? Si continúas interrumpiendo, le diré a mis lictores que te expulsen. ¡Ahora siéntate y escucha!
Poplicola miró en derredor y vio todos los rostros iluminados por la curiosidad y comprendió que había sido derrotado Por el momento. Dejaría que el joven monstruo hiciese lo peor luego se sentó, con un gesto ceñudo.
Octavio desenrolló el testamento, pero no lo leyó; no era necesario, porque lo sabía de corrido.
He escuchado a algunos de vosotros llamar a Marco
Antonio el más romano de los romanos. Dedicado al progreso de Roma, valiente, osado, eminentemente capaz de extender el dominio de Roma para cubrir todo Oriente. Eso es lo que pidió (¡y recibió!): Oriente como su parcela después de Filipos. Eso fue hace sólo diez años. Durante esos diez años, Roma apenas si lo ha visto, tan concienzudo fue su mando, o así es lo que decían algunos como Lucio Poplicola. Pero si bien fue a Oriente con la mejor de sus intenciones, su voluntad no duró. ¿Por qué? ¿Qué pasó? Puedo resumir la respuesta en una sola palabra: Cleopatra. Cleopatra, la Reina de las Bestias. Una poderosa hechicera, conocedora de los cultos secretos y las artes del amor y los venenos. ¿No recordáis al rey Mitrídates el Grande, que se envenenaba cada día con cien pócimas y tomaba un centenar de antídotos? Cuando intentó suicidarse con veneno, no funcionó. Uno de sus guardaespaldas tuvo que atravesarlo con su espada. También os recuerdo que el rey Mitrídates era el abuelo de Cleopatra. La sangre de sus venas es, por naturaleza, enemiga de Roma.
»Se conocieron por primera vez en Tarsus, donde ella lo hechizó; pero no lo suficiente. Aunque ella le dio mellizos, Antonio permaneció libre de Cleopatra hasta el invierno del año que vio a los partos invadir Siria la primavera siguiente. Él se había reunido con ella en Alejandría, pero cuando los partos aparecieron, él la dejó. ¡Por supuesto que la dejó! Tenía que expulsar a los partos. Pero ¿lo hizo? ¡No! Fue a Atenas con el propósito de supervisar mis actividades en Italia. Aquello desembocó en su asedio de Brundisium y, a su debido momento, en el pacto de Brundisium cuando se casó con mi hermana como prueba de su calidad de romano. Le dio dos niñas, ningún honor para alguien que ya había engendrado hijos con Fulvia y Cleopatra.
Poplicola se había derrumbado, los brazos cruzados sobre el pecho; Octavio se percató de que Planeo, en los primeros bancos, y Titio, en la grada del medio, no podían dejar de moverse debido a su anticipación. Reanudó su discurso a una cámara en silencio.
– No es necesario volver a citar la desastrosa campaña que libró contra Media Partía, porque es el período posterior a su lamentable retirada lo que debe interesarnos más que la pérdida de un tercio de un ejército romano. Antonio hizo lo que sabe hacer mejor: beber vino hasta que se le obnubiló la mente.
Loco e impotente, buscó socorro en Cleopatra. No en Roma, sino en Cleopatra, que fue a Leuke Kome cargada con regalos que superan toda imaginación: dinero, comida, armas, medicinas, miles de sirvientes y veintenas de médicos. Desde Leuke Kome, la pareja se trasladó a Antioquía, donde Antonio finalmente se dedicó a hacer un testamento. Una copia se guardó aquí, en Roma, la otra, en Alejandría, donde Antonio se instaló el pasado invierno. Pero para entonces estaba bajo el completo dominio de Cleopatra, drogado y sumiso. Ya no necesitaba beber vino, tenía mejores cosas que tragar, desde las pócimas de Cleopatra hasta sus lisonjas. Con el resultado de que, cuando se acercaba el final de la primavera de este año, trasladó todo su ejército y su flota a Éfeso. ¡Éfeso! Mil millas al oeste de donde realmente se necesitaban, en un frente desde Armenia Parva hasta el sur de Siria, para impedir las incursiones partas. Entonces ¿por qué trasladó a su ejército y a su marina a Éfeso? ¿Por qué luego ha movido a ambos hasta Grecia? ¿Roma es una amenaza para él? ¿Italia? ¿Algún ejército o flota al oeste del río Drina ha hecho gestos bélicos en su dirección? ¡No, no lo han hecho! No hace falta que creáis mi palabra; es algo manifiesto hasta para el más tonto de entre vosotros.