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Su mirada barrió las gradas del fondo, donde se sentaban los pedarii bajo voto de silencio. Luego, lenta y cuidadosamente, bajó de la tarima curul y ocupó un lugar en medio de la sala.

– No creo ni por un momento que Marco Antonio haya cometido estos actos de agresión contra su tierra natal voluntariamente. Ningún romano lo haría salvo aquellos que fueron castigados injustamente y buscaron regresar: Cayo Mario, Lucio Comello Sila, Divus Julius. Pero ¿Marco Antonio ha sido declarado hostis? ¡No, no lo ha sido! Hasta este mismo día, su condición sigue siendo la que siempre ha sido: un romano de Roma, el último de muchas generaciones de Antonios que han servido a su país. No siempre con sabiduría, pero sí con celo patriótico.

– Entonces ¿qué le ha ocurrido a Marco Antonio? -preguntó Octavio con tonos resonantes, aunque éste era un discurso que no necesitaba despertar a los senadores de una ligera siesta. Estaban bien despiertos y escuchaban con avidez-. De nuevo, la respuesta está en una palabra; Cleopatra. Él es su juguete, su títere; sí, todos vosotros podéis recitar la lista conmigo, lo sé. Pero la mayoría de vosotros nunca me ha creído, eso también lo sé. Hoy puedo ofrecer la prueba de lo que siempre he dicho es una versión aguada de las perfidias de Antonio, realizadas bajo el dictado de Cleopatra. ¡Una extranjera, una mujer, una adoradora de las bestias! También una poderosa hechicera, capaz de embrujar al más fuerte y al más romano de los romanos.

«Sabéis que la mujer, la extranjera, tiene un hijo mayor cuya paternidad atribuye a Divus Julius. Un joven que ahora tiene quince años, que se sienta a su lado en el trono egipcio como Ptolomeo XV César, para un romano es un bastardo y no un ciudadano romano. Para aquellos de vosotros que creéis que es el hijo de Divus Julius puedo presentar pruebas de que no lo es, que es hijo de un esclavo que Cleopatra tomó para su diversión. Ella es de disposición amorosa, tiene muchos amantes, y siempre los ha tenido. Que primero utiliza como compañeros sexuales y después como víctimas de sus venenos. Sí, experimenta con ellos hasta que mueren. Como murió el esclavo que fue padre de su hijo mayor.

»¿Os preguntáis si esto es importante? ¡Sí, porque ella engañó al pobre Antonio para que declarase a ese niño bastardo Rey de Reyes, y ahora va a la guerra contra Roma para sentarlo en el Capitolio! ¡Aquí hay hombres, senadores, que pueden atestiguar bajo juramento que su amenaza favorita es que ellos sufrirán persecución cuando ocupe su trono en el Capitolio y juzgue en nombre de su hijo! Sí, espera utilizar el ejército de Antonio para conquistar Roma y convertirla en el reino de Ptolomeo XV César.

Se aclaró la garganta.

– Pero ¿Roma continuará siendo la ciudad más grande del mundo, el centro de la ley, la justicia, el comercio y la sociedad? ¡No, Roma no! ¡La capital del mundo será trasladada a Alejandría! Roma acabará convirtiéndose en nada.

Desenrolló el pergamino, que colgó de la mano de Octavio, bien alto, hasta los azulejos blancos y negros del suelo. Algunos de los senadores saltaron al escuchar el ruido, tan brusco fue, pero Octavio no les hizo caso y continuó.

– ¡La prueba está en este documento, la última voluntad y testamento de Antonio! Deja todo lo que tiene, incluidos sus propiedades romanas e italianas, sus inversiones y su dinero, a la reina Cleopatra. ¡A la que jura su amor, amor, amor y amor! ¡Su única esposa, el centro de su ser! ¡Atestigua que Ptolomeo XV César es hijo legítimo de Divus Julius y heredero de todo lo que Divus Julius me dejó, su hijo romano! ¡Insiste en que sus famosas Donaciones sean honradas, cosa que hace a Ptolomeo XV César el rey de Roma! ¡Roma, que no tiene rey!

Comenzaban los murmullos; el testamento estaba abierto, podía ser leído por cualquiera que quisiese verificar lo que decía Octavio.

– ¿Qué, padres conscriptos, estáis escandalizados? ¡Tendríais que estarlo! Pero ¡esto no es lo peor que dice el testamento de Antonio! Eso está contenido en la cláusula del entierro, que ordena que no importa dónde pueda ocurrir su muerte ya que su cuerpo se ha dado a los embalsamadores egipcios que viajan con él a todas partes para que lo embalsamen de acuerdo a la técnica egipcia. Luego ordena que se lo entierre en su amada Alejandría, junto a su amada esposa, Cleopatra.

Se desató el tumulto cuando los senadores saltaron de sus taburetes, sus sillas de marfil, agitando los puños y aullando.

Poplicola esperó hasta que se callaran.

– ¡No me creo ni una sola palabra! -gritó-. ¡El testamento es una falsificación! ¿Cómo sino has podido hacerte con él, Octavio?

– Se lo arrebaté a las vírgenes vestales, que lo defendieron bien -respondió Octavio con toda calma. Se lo arrojó a Poplicola, que lo recogió e intentó enrollarlo-. No te preocupes por el principio ni por lo que dice en medio, Lucio Gelio. Ve al final. Examina el sello.

Con manos temblorosas, Poplicola miró el sello, intacto porque Octavio había cortado cuidadosamente a su alrededor, y luego buscó la cláusula referente al tratamiento y disposición del cuerpo de Antonio. Tembloroso, ahogado, arrojó el pergamino, que rodó por el suelo.

– Debo ir con él e intentar que entre en razón -dijo, al tiempo que se levantaba torpemente. Luego, llorando sin reparo, se volvió hacia las gradas y tendió sus temblorosas manos-, ¿Quién vendrá conmigo?

No muchos. Aquellos que se marcharon con Poplicola fueron silbados e insultados. El Senado se había convencido por fin de que Marco Antonio ya no era un romano, que había sido hechizado, que estaba embrujado por Cleopatra y que se preparaba a marchar contra su tierra natal para su beneficio.

– ¡Oh, qué triunfo! -le dijo Octavio a Livia Drusilia cuando regresó a casa montado en los hombros de Agripa y Cornelio Gallo, que hacían una equilibrada pareja de caballos.

Pero al llegar a su puerta los despidió junto con Mecenas y Estatilio Tauro y los invitó a cenar para el día siguiente. Algo tan delicioso como aquella victoria debía ser, primero, compartida con su esposa, cuya astuta maniobra le había facilitado mucho su trabajo. Porque sabía que Apuleia y sus vestales nunca le hubiesen mostrado dónde estaba el testamento, y él no se hubiese atrevido a saquear el lugar. Había necesitado saber exactamente dónde estaba el testamento.

– César, nunca dudé del resultado -dijo ella, y lo abrazó-. Tú siempre controlarás Roma.

Él gruñó y aflojó los hombros en señal de desdicha.

– Eso todavía es discutible, meum mel. Las noticias de la traición de Antonio harán que sea más fácil cobrar mis impuestos, pero seguirán siendo impopulares hasta que pueda convencer a todo el país de que la alternativa es verse reducido a un dominio egipcio bajo la ley egipcia. Que la ración de trigo gratis desaparecerá, que desaparecerá el circo, que desaparecerá la actividad comercial, que desaparecerá la autonomía romana para todas las clases de ciudadanos. Ellos todavía no lo han comprendido, y me temo que no podré explicárselo antes de que el hacha egipcia caiga, empuñada por las manos capaces de Antonio. ¡Deben ver que ésta no es una guerra civil! Que es una guerra extranjera con disfraz romano.