La publicación del juramento causó sensación, porque Octavio no lo había anunciado previamente; sencillamente apareció. Acompañando al juramento había un agente de Mecenas u Octavio preparado para responder a las preguntas y Para escuchar la prestación de juramento. Un escriba sentado un poco más allá registraba los nombres de aquellos que juraban. Para ese momento, las noticias de la traición involuntaria de Marco Antonio se habían propagado por todas partes; la gente sabía que él no era el culpable, y también sabía que Egipto buscaba la guerra. Antonio era la garra de Cleopatra, su instrumento de destrucción, al que mantenía prisionero y drogado para servirla a ella sexualmente y en el campo de batalla. Las burlas contra ella se multiplicaron hasta que fue vista como un monstruo inhumano que incluso había utilizado a su hijo bastardo Ptolomeo «César» como su objeto sexual. ¿Los gobernantes de Egipto practicaban el incesto de manera normal, algo inusual para los romanos. Si Marco Antonio condonaba estas acciones, ya no era romano.
El juramento parecía una pequeña ola muy lejos en el mar y, al principio, muy pocos lo hicieron; no obstante, después de prestarlo convencieron a otros para que lo hicieran, hasta que se convirtió en una enorme ola de juramentos. Lo prestaron todas las legiones de Octavio y también todas las tripulaciones y remeros de sus barcos. Finalmente, conscientes de que no jurar muy pronto se vería como una evidencia de traición, todo el Senado lo hizo. Excepto Pollio, que rehusó. Fiel a su palabra, Octavio no buscó venganza. Cesó cualquier objeción al impuesto; todo lo que la gente quería ahora era derrotar a Cleopatra y a Ptolomeo, al comprender que su derrota significaría el fin del pago del impuesto.
Agripa, Estatilio Tauro, Messala Corvino y el resto de generales y almirantes fueron enviados a sus mandos, mientras Roma también se preparaba para marchar.
– Mecenas, tú gobernarás Roma e Italia en mi nombre -dijo, sin comprender que había crecido y cambiado durante los últimos meses.
Había cumplido treinta y un años el pasado septiembre, y su rostro estaba asentado; se veía fuerte y a un tiempo tranquilo, todavía muy hermoso en un molde masculino.
– El Senado nunca lo permitiría -señaló Mecenas.
– El Senado no estará presente para protestar, mi querido Mecenas -Octavio sonrió-. Me lo llevo a la campaña.
– ¡Dioses! -dijo Mecenas débilmente-. Centenares de senadores es una receta para la locura.
– En absoluto. Tendré trabajo para cada uno de ellos, y mientras estén bajo mi supervisión, no podrán estar en Roma para causar problemas.
– Tienes razón.
– Siempre tengo razón.
XXV
Cleopatra trabajó sometida a terribles desventajas, desventajas que sólo aumentaron cuando ella y Antonio dejaron Éfeso para ir a Atenas. En el fondo de su preocupación estaba la seguridad de que Antonio no le estaba diciendo todos sus pensamientos o planes; cada vez que ella fantaseaba con dar sus juicios desde el Capitolio en Roma, una chispa divertida aparecía en sus ojos, que eran, para ella, una prueba de incredulidad. Sí, él había llegado a la conclusión de que Octavio debía ser detenido y que la guerra era la única manera que le quedaba para detenerlo, pero sobre sus planes para Roma no podía estar tan segura. Aunque él siempre se ponía de su parte en las discusiones en la tienda de mando, lo hacía como si en realidad no tuviesen importancia; como si seguirle la corriente fuese más importante que mantener a sus legados felices. También había desarrollado una considerable habilidad para eludir sus acusaciones de deslealtad cuando ella daba voz a sus sospechas. Podía ser que envejeciese, que tuviese lapsos de memoria, pero ¿de verdad creía en el fondo de su corazón que Cesarión sería rey de Roma? Ella no estaba segura.
Sólo diecinueve de las treinta legiones romanas de Antonio navegaron hacia la Grecia occidental; las otras once fueron asignadas a proteger Siria y Macedonia. Sin embargo, las fuerzas terrestres de Antonio se vieron reforzadas por cuarenta mil infantes y caballería donados por los clientes-reyes, la mayoría de los cuales habían venido en persona a Éfeso; allí se habían enterado de que no acompañarían a Antonio y Cleopatra a Atenas. En cambio, debían ir por sus propios medios al teatro de la guerra designado en la Grecia occidental. Algo que no les sentó nada bien a ninguno de ellos.
Fue el propio Marco Antonio quien separó su avance del de los clientes-reyes, temeroso de que, si veían la autocracia de Cleopatra en la tienda de mando, empeoraría aún más las cosas para él al ponerse de parte de la reina contra los generales romanos. Sólo él sabía lo desesperado de su situación, porque sólo él sabía toda la determinación de su esposa egipcia por salirse con la suya. ¡Todo era tan ridículo! Lo que Cleopatra quería y lo que sus generales romanos querían era generalmente lo mismo; el problema era que ni ella ni ellos lo admitirían.
Cayo Julio César hubiese señalado la debilidad de Antonio como comandante, mientras que sólo Canidio tenía esa clase de percepción, y a Canidio, que era de baja cuna, por lo general no le hacían caso. Sencillamente, Antonio podía mandar un ejército en la batalla, pero no en una campaña. Su confianza en que las cosas irían bien lo traicionaban cuando se trataba déla logística y los problemas de abastecimiento, perpetuamente descuidados. Además, Antonio estaba demasiado preocupado con mantener a Cleopatra feliz como para pensar en equipos y abastecimientos; dedicaba sus energías a atenderla. Para sus subordinados parecía una debilidad, pero la verdadera debilidad de Antonio era su incapacidad para matarla y confiscar su cofre de guerra. Tanto su amor por ella como su debilidad por el juego limpio lo negaban.
Por lo tanto, ella, sin comprenderlo, se vanagloriaba de su poder sobre Antonio, y provocaba deliberadamente a sus generales al exigirle esto o aquello como prueba de su amor por ella, sin ver que su conducta hacía mucho más difícil la tarea de Antonio, y también su propia presencia más abominable para ellos cada día que pasaba.
En Samos se le antojó quedarse allí para divertirse; sus legados se fueron a Atenas y él tuvo a Cleopatra para sí. Si ella lo emborrachaba, mucho mejor; la mayor parte del vino de su copa era vaciado a escondidas en su bacinica de oro puro, un regalo de ella. La suya, como le señaló alegremente, tenía una águila y las letras «SPQR» en el fondo para poder mearse y cagarse en Roma. Eso le ganó un aireado discurso y un bacín roto, pero no antes de que viajase a Italia como un chiste que Octavio explotó al límite.
Otra dificultad que ella encontraba era la creciente convicción de que Antonio, después de todo, no era un genio militar aunque no viera que su propia conducta hacía imposibles Antonio entrar en esa guerra con su viejo celo, con su legitima posición de autoridad. Al final había conseguido salirse con la suya, sí, pero las constantes discusiones minaban sus ánimos
– Vete a casa -le repetía una y otra vez-. Vete a casa y déjame esta guerra a mí.
Pero ¿cómo podía hacerlo cuando ella veía a través de él? Si ella se marchaba a Egipto, Antonio llegaría a un acuerdo con Octavio, y todos sus planes fracasarían. En Atenas, él se negó a continuar viaje a Occidente, temeroso del día en que Cleopatra se encontrase de nuevo con su ejército; Canidio era un excelente segundo, y podía manejar las cosas en la Grecia occidental. Su principal tarea, pensó Antonio, era proteger a sus legados de la reina, una actividad tan exigente que descuidó su correspondencia con Canidio, algo no tan difícil como hubiese sido para un hombre menos adicto al placer que Antonio. En cuanto a los abastecimientos, no hizo caso de ninguna de las cartas.