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La noticia de que Octavio se había apoderado y leído su testamento le cortó la respiración a Antonio.

– ¿Yo acusado de traición? -le preguntó a Cleopatra, incrédulo-. ¿Desde cuándo las disposiciones póstumas de un hombre lo convierten en traidor? ¡Oh, cocal, esto colma el vaso! ¡Me han despojado de mi triunvirato legal y de todo mi imperio! ¿Cómo se atreve el Senado a ponerse de parte de ese repugnante irrumator? ¡Él es el que ha cometido un sacrilegio! ¡Nadie puede abrir el testamento de un hombre en vida, pero él lo hizo! ¡Ellos lo han perdonado!

Luego llegó la publicación del juramento de alianza. Pollio envió una copia del mismo a Atenas, junto con una carta donde argumentaba su propia negativa a jurar. La carta decía:

¡Antonio, él es tan astuto! No hay ninguna represalia para aquellos que nos hemos negado a jurar; ¡pretende que las futuras generaciones se sientan impresionadas por su clemencia, sombras de su divino padre! Incluso ha enviado comunicados a los magistrados de Bononia y Mutina -¡tus ciudades, llenas de tus clientes!-donde dice que nadie debe ser obligado a jurar. Supongo que el juramento será extendido a las provincias de Octavio, que no serán tan afortunadas. Todos los provincianos tendrán que jurar quieran o no; no tendrán alternativa, como Bononia, Mutina o yo.

Te puedo decir, Antonio, que la gente está jurando en grandes cantidades, de forma absolutamente voluntaria. Los hombres de Bononia y Mutina juran, y no porque se sientan intimidados. Lo hacen porque están tan hartos de las incertidumbres de los últimos años que preferirían votar el centunculus de un payaso si creyesen que eso pudiese traer estabilidad. Octavio te ha separado de la próxima campaña; tú no eres más que un bobo drogado y borracho de la Reina de las Bestias. Lo que me fascina, sobre todo, es que Octavio no ha dejado de citar a la reina de Egipto. Nombra al rey Ptolomeo XV César junto a ella como agresor.

El rostro de Cleopatra era ceniciento cuando dejó la misiva de Pollio con dedos temblorosos.

– ¿Antonio, cómo puede Octavio hacerle eso al hijo de César? Su hijo de sangre, su legítimo heredero y sólo un niño.

– Sin duda puedes verlo por ti misma -manifestó Ahenobarbo, que leyó la carta-. Cesarión cumplió los dieciséis el pasado junio; es un hombre.

– Pero ¡es el hijo de César! ¡Su único hijo! -La viva imagen de su padre -dijo Ahenobarbo con un tono seco-. Octavio sabe muy bien que, si Roma e Italia ponen sus ojos en el muchacho, se verá abrumado con los seguidores. El Senado correría a hacerlo ciudadano de Roma y privaría a Octavio de la riqueza de su papaíto y de sus clientes, que es algo mucho más importante. -Ahenobarbo la miró con furia-. Hubieses hecho bien, Cleopatra, en quedarte en Egipto y enviar a Cesarión a esta campaña. Hubiese habido mucho menos rencor en los consejos.

Ella se encogió, no estaba en condiciones para enfrentarse a Ahenobarbo.

– No, si lo que dices es verdad, hice bien en mantener a Cesarión en Egipto. Debo hacer la conquista por él, y sólo entonces presentarlo.

– ¡Eres una loca, mujer! Mientras Cesarión permanezca en el culo del Mare Nostrum es invisible. Octavio puede distribuir panfletos donde lo describe como alguien que no se parece en absoluto a César, y nadie se lo discute. Si Octavio consigue llegar hasta Egipto, tu hijo morirá sin ser visto.

– ¡Octavio nunca llegará a Egipto! -gritó ella. -Por supuesto que no -afirmó Canidio, que se sumó a la conversación-. Lo derrotaremos ahora en la Grecia occidental. Tengo información de que Octavio se ha armado con dieciséis legiones y diecisiete mil jinetes germanos y galos. Representan su única fuerza terrestre. Su marina consiste en doscientos grandes quinquerremes que hicieron bien en Naulochus y otras doscientas pequeñas liburnas. Los superamos en número en todos los aspectos.

– Bien dicho, Canidio. No podemos perder. -Entonces ella se estremeció-. Algunos temas sólo se pueden solucionar con la guerra, pero el resultado es incierto. Recordad a César. Siempre se vio superado en número. Dicen que este Agripa es casi tan bueno como él.

Inmediatamente después de la carta de Pollio se trasladaron a Patrae, en la boca del golfo de Corinto, en la Grecia occidental; para entonces, toda la armada y el ejército habían llegado tras haber navegado por la península más occidental del Peloponeso al Adriático.

Aunque se habían quedado varios centenares de galeras para vigilar Modona, Corcira y otras islas estratégicas, la flota principal sumaba cuatrocientos ochenta quinquerremes de los más enormes jamás construidos. Estas embarcaciones tenían ocho hombres por remo en tres bancadas, estaban completamente cubiertas y tenían espolones de bronce rodeados con vigas de roble; sus cascos estaban reforzados con cinchas de trozos de madera cuadradas reforzadas con hierro para que sirviesen como parachoques en el caso de que recibiesen un golpe de espolón. Medían sesenta y un metros de eslora y quince metros de manga, sobresalían diez metros por encima del agua en el centro y siete metros y medio en la proa y en la popa. Cada una tenía cuatrocientos ochenta remeros y ciento cincuenta marineros, y estaban pertrechadas con altas torres que llevaban piezas de artillería. Todo esto las hacía inexpugnables; sin embargo, se movían a la velocidad de un caracol, por lo que eran poco recomendables en ataque. La nave insignia de Antonio, la Antonia, era todavía más grande. Sesenta de las naves de Cleopatra eran de este tamaño y diseño, pero las restantes eran amplias trirremes con cuatro hombres por remo en tres bancadas, y podían moverse a gran velocidad, sobre todo cuando navegaban a vela, ayudadas por los remos. Su nave insignia, Cesarión, aunque muy bien pintada y adornada, era rápida y estaba diseñada más para la huida que para la lucha.

Cuando todo estuvo en orden, Antonio se sentó complacido y no vio nada malo en emitir órdenes tan amplias que muchos de los detalles quedaron al arbitrio individual de los legados, algunos buenos, algunos mediocres y algunos inútiles.

Se puso a sí mismo en una línea que iba entre la isla de Corcira y Modona, un puerto del Peloponeso, al norte del cabo Acritas. Bogud de Mauritania, un refugiado de su hermano, recibió el mando de Modona, mientras que la gran base naval, en la isla de Leucas, fue dada a Cayo Sosio. Incluso Cyrenaica, en «frica, contaba con una guarnición. Lucio Pinario Scarpo, un sobrino nieto de Divus Julius, lo vigilaba todo con una flota y cuatro legiones. Esto era necesario para proteger el trigo y los envíos de alimento desde Egipto. Samos, Éfeso y muchos puertos de la costa oriental de Grecia sirvieron de depósito de comida, que recibieron en enormes cantidades.

Antonio había decidido no hacer caso de la Macedonia occidental y del norte de Epirus; intentar retenerlos alargaría su frente y debilitaría la densidad de sus tropas y barcos, por lo tanto, dejó que Octavio los tuviese, y también la Vía Egnatia, la gran carretera oriental. La preocupación por un frente demasiado largo y poco profundo le obsesionaba tanto que incluso evacuó Corcira. Su base principal era la bahía de Ambracia; este enorme, casi cerrado fondeadero, tenía una boca al Adriático que medía menos de una milla de ancho. En el promontorio sur de la boca estaba el cabo Actium, donde Antonio instaló su puesto de mando, sus legiones y sus auxiliares, dispersos a lo largo de muchas millas de insalubres pantanos infestados de mosquitos. Aunque no llevaba acampado mucho tiempo, el ejército de tierra comenzaba a pasar graves apuros. La neumonía y las fiebres eran endémicas, e incluso los hombres más resistentes tenían unos resfriados tremendos; la comida también comenzaba a escasear.

La provisión de alimentos no había estado bien organizada, y cualquier cosa que Cleopatra sugirió para rectificar las deficiencias fueron pasadas por alto o deliberadamente saboteadas. No es que tampoco ella o Antonio hubiesen dedicado mucha atención a los suministros, seguros de que su política de mantener los almacenes de comida en el lado oriental era una buena estrategia; Octavio tendría que rodear el Peloponeso para llegar a estos depósitos. Pero lo que ellos no habían tenido en cuenta eran las altas montañas casi imposibles de cruzar, que formaban como un grueso lomo desde Macedonia hasta el golfo de Corinto y separaban la Grecia oriental de la occidental. Las carreteras no eran más que senderos, si es que existían.