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Lo peor sería aquella noche, cuando le trajesen el cuerpo de Antonio; lo llevarían directamente a la habitación con su sarcófago, para allí someterse mudo a los horribles talentos de los sacerdotes embalsamadores. Pero, primero, ella tendría que mirar su rostro muerto. «¡Oh, Amón-Ra y todos tus dioses, haced que su muerte sea tranquila, sin sufrimiento! ¡Que su vida cese rápidamente!»

– Me alegro -dijo Charmian, temblorosa- que la abertura deje entrar tanto aire. ¡Oh, es tan lúgubre!

– ¡Enciende más lámparas, tonta! -fue la respuesta práctica de Iras.

Antonio y sus generales cabalgaron en dirección a Canopus, con grandes sonrisas de satisfacción ante la perspectiva de la batalla. La zona había estado poblada desde hacía muchos años, tradicionalmente por los ricos mercaderes extranjeros, aunque sus casas no estaban ubicadas entre las tumbas, como las casas al oeste de la ciudad, donde se encontraba la necrópolis. Allí había jardines, plantaciones, mansiones de piedra con estanques y fuentes, bosquecillos de roble negro y palmeras. Más allá del hipódromo, en las bajas dunas cerca del mar -menos deseables que practicaban los hombres ricos-, estaba el campamento romano, dos millas en línea recta de vallas y trincheras.

«¡Bien!», pensó Antonio mientras se acercaban al ver que los soldados ya estaban en el exterior y formados. Entre las primeras filas y la vanguardia de Octavio había un espacio de media milla. Centellaban las águilas, las banderas multicolores de las cohortes ondeaban al viento, el vexillum proponere escarlata destacaba junto al Caballo Público de Octavio, donde estaba sentado, rodeado por sus generales, a la espera. «¡Oh, adoro este momento! -continuó la mente de Antonio mientras se abría paso entre sus tropas, la caballería haciendo sus habituales ruidos y estrépitos en los flancos-. Me encanta la siniestra sensación del aire, los rostros de mis hombres, la fuerza de tanto poder.»

Luego, en un instante, se acabó. Su propio vexillarius bajó la bandera y caminó hacia el ejército de Octavio. Todos los aquilifer con sus águilas hicieron lo mismo, así como todos los vexillarius de cada cohorte, mientras sus soldados, que pedían guerra sin cuartel a gritos, los siguieron, las espadas a la funerala y los pañuelos blancos atados alrededor de sus pila.

Antonio no supo cuánto tiempo estuvo sentado en su nervioso caballo, pero cuando su mente se aclaró lo suficiente para mirar a los lados en busca de sus generales se habían marchado. No sabía adonde habían ido. Con los movimientos bruscos de una marioneta hizo girar a su caballo y galopó de regreso a Alejandría, las lágrimas rodando por su rostro y volando como gotas de lluvia en una tempestad.

– ¡Cleopatra, Cleopatra! -gritó en el momento de entrar en el palacio, su casco rebotando escaleras abajo cuando lo dejó caer-. ¡Cleopatra!

Apareció Apolodoro, luego Sosigenes y, por último, Cha'em. Pero no Cleopatra.

– ¿Dónde está? ¿Dónde está mi esposa? -preguntó.

– ¿Qué ha sucedido? -preguntó, a su vez, Apolodoro, encogido.

– Mi ejército desertó, y eso también significa que lo ha hecho mi flota -respondió, sin más explicaciones-. ¿Dónde está la reina?

– En su tumba -contestó Apolodoro.

¡Ya está! Lo había dicho.

El rostro de Marco Antonio se volvió gris, al tiempo que se tambaleaba.

– ¿Muerta?

– Sí. No parecía creer que fuese a verte de nuevo vivo.

– Tampoco me hubiese visto, de haber luchado mi ejército. -Se encogió de hombros, se desató los cordones de su paludamentum, que cayó al suelo como un charco de rojo brillante-. Bueno, no hay ninguna diferencia. -Desató las correas de su coraza, que produjo otro estrépito cuando golpeó contra el mármol. La espada salió de su vaina, la espada de un noble con una empuñadura de marfil con la figura de una águila-. Ayúdame a quitarme el sobreveste -le ordenó a Apolodoro-. ¡Venga, hombre, no te estoy pidiendo que empujes la espada! Sólo déjame con mi túnica.

Pero fue Cha'em quien se adelantó y le quitó el sobreveste de cuero y las correas.

Los tres ancianos miraron traspuestos mientras Antonio apoyaba la punta de su gladio contra su cintura, los dedos de su mano izquierda buscando la parte inferior de las costillas. Satisfecho, sujetó el águila de marfil con las dos manos, respiró profundamente y empujó con todas sus fuerzas. Sólo entonces los tres viejos se movieron, corrieron a ayudarlo mientras caía al suelo, jadeante, con expresión ceñuda pero no por el dolor, sino de furia.

– Cacat! -exclamó, los labios abiertos para mostrar los dientes-. He fallado en mi intento de buscar el corazón. Tenía que haber estado ahí.

– ¿Qué podemos hacer? -preguntó Sosigenes, que lloraba a lágrima viva.

– Para empezar, deja de llorar. Tengo la espada clavada en el hígado, y tardaré algún tiempo en morir -gimió-. Cacat, ¡duele! Me lo tengo merecido… la reina, llevadme hasta ella.

– Quédate aquí hasta que mueras, Marco Antonio -le suplicó Cha'em.

– No, quiero morir mirándola. Llévame hasta ella. Los dos sacerdotes embalsamadores entraron primero en el cesto, con sus aparatos alrededor de ellos, luego permanecieron en el borde de la abertura mientras otros dos sacerdotes embalsamadores colocaban a Antonio en el cesto, que tenía su base acolchada con mantas blancas. Los sacerdotes, en el exterior, subieron el cesto con la polea; en la abertura lo colocaron sobre unos raíles hasta que pudieron bajarlo a la tumba, donde los dos primeros sacerdotes embalsamadores lo sujetaron.

Cleopatra esperaba, dispuesta a ver a un Antonio sin vida hermosamente arreglado en una muerte que no mostrara ningún estigma visible.

– ¡Cleopatra! -jadeó él-. ¡Dijeron que estabas muerta!

– ¡Amor mío, amor mío! ¡Todavía estás vivo!

– ¿No es un chiste? -preguntó él, que intentó reír mientras se ahogaba con la tos-. Cacat! Tengo sangre en el pecho.

– Ponedlo en mi cama -les dijo a los sacerdotes, y se movió alrededor de la cama, incordiándolos, hasta que lo colocaron a su gusto.

La túnica acolchada escarlata no mostraba la sangre como en las mantas blancas donde había yacido, pero ella había visto tanta sangre en sus treinta y nueve años que no se sentía horrorizada por ello. Hasta que los sacerdotes, médicos como eran, no quitaron la túnica con la intención de vendar la herida con fuerza para detener la hemorragia no vio ella aquel magnífico cuerpo abierto por una grande y fina lágrima debajo de las costillas. Cleopatra tuvo que apretar los dientes para contener un grito de protesta, la primera punzada de dolor. El iba a morir; ella ya se lo esperaba. Pero la realidad la superó: el dolor en sus ojos, el espasmo de agonía que de pronto lo dobló como un arco mientras los sacerdotes luchaban por vendarlo. Su mano le aplastó los dedos, le unió todos los huesos, pero ella sabía que, al tocarla, le estaba dando fuerzas, por lo tanto, lo soportó.

Una vez que lo pusieron todo lo cómodo que podía estar, ella acercó una silla al lado de la cama y se sentó allí mientras le hablaba con una dulce voz de arrullo, y sus ojos, brillantes de placer, nunca se separaron de su rostro. Un momento tras otro, hora tras hora, lo ayudó a cruzar el Río, como él dijo, todavía, en el fondo, un romano.

– ¿De verdad caminaremos juntos por el Reino de los Muertos?

– Muy pronto, amor mío.

– ¿Cómo te encontraré?

– Yo te encontraré. Sólo siéntate en algún lugar hermoso y espera.

– Un destino más hermoso que el sueño eterno.

– Oh, sí. Estaremos juntos.

– César también es un dios. ¿Tendré que compartirte?

– No, César pertenece a los dioses romanos. No estará allí.

Pasó tiempo antes de que él reuniese el coraje para decirle lo que había pasado en el hipódromo.