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– Lamento separarte de tu padre -dijo él.

Sus ojos chispearon.

– Yo no, César. Es un incordio.

– ¿De verdad? -preguntó él, sorprendido-. Siempre he creído que separarse del padre es un golpe para una mujer.

– Ese golpe me ha alcanzado dos veces antes de ti, César, y cada vez que llega duele menos. En este momento es más un cachete que una bofetada. Además, nunca había imaginado que mi tercer marido fuese un joven tan hermoso como tú. -Se rió-. Lo mejor que podía esperar era a un viejo de ochenta años.

– ¡Oh! -fue todo lo que pudo decir.

– He oído que tu cuñado Cayo Marcelo Menor ha muerto -dijo ella, que se apiadó de su confusión-. ¿Cuándo debo ir a presentar mis condolencias a tu hermana?

– Sí, Octavia lamentó mucho no poder asistir a mi casamiento, pero está abrumada por el dolor, algo que no entiendo. Creo que los excesos emocionales son un tanto inapropiados.

– Inapropiados no -señaló ella gentilmente, que descubría más de él por momentos, y en parte se sintió desconsolada ante lo que aprendía. De alguna manera se había imaginado a César en el molde de un Sexto Pompeyo: descarado, duro, muy varonil, un tanto maloliente. En cambio, se había encontrado con la compostura de un venerable cónsul con una belleza que ella sospechaba que la obsesionaría. Sus luminosos ojos plateados aumentaban su hermosura hasta lo espectacular, pero no la había mirado con deseo. Aquél también era su tercer matrimonio, y si su conducta de enviar a sus dos esposas anteriores intactas de regreso con sus madres era alguna indicación, estas esposas políticas eran aceptadas por necesidad y luego guardadas para ser devueltas en la misma condición en que habían llegado. Su padre le había dicho que él y Sexto Pompeyo habían hecho una apuesta: Sexto había apostado que Octavio no consumaría el matrimonio, mientras que Libo creía que sí lo haría por el bien del pueblo de Italia. Así pues, si el matrimonio se consumaba y había un embarazo para probarlo. Libo ganaría una enorme fortuna. Las noticias de la apuesta la habían hecho desternillarse de risa, pero ella sabía lo bastante de Octavio como para comprender que no debía mencionárselo. Algo curioso. Su tío Divus Julius hubiese compartido la broma, por lo que ella sabía de él. Sin embargo, a su sobrino no le habría hecho ni una pizca de gracia.

– Puedes ver a Octavia en cualquier momento -le decía él-, pero prepárate para las lágrimas y los hijos.

Eso fue toda la conversación que consiguieron mantener antes de que las nuevas doncellas la acomodaran en su cama.

La casa era muy grande y estaba hecha con unos preciosos mármoles de colores, pero su nuevo propietario no se había preocupado de amueblarla correctamente o de colgar cualquier pintura en las paredes en los lugares claramente diseñados para ese propósito. La cama era muy pequeña para un dormitorio tan grande. Ella no tenía ni idea de que Hortensio había aborrecido los pequeños cubículos donde dormían los romanos, así que había construido su propio dormitorio del tamaño de una sala de negociaciones al uso, es decir, grande.

– Mañana, tus sirvientes te instalarán en tus propios aposentos -dijo él, que se metió en la cama en la más absoluta oscuridad. Había apagado la vela en la puerta.

Ésa fue la primera prueba de su modestia innata, que ella encontraría difícil de superar. Después de haber compartido el lecho matrimonial con otros dos hombres, había esperado algunos manoseos, pellizcos y golpes, un asalto que ella había asumido como destinados a provocarle el mismo grado de deseo, aunque nunca había sido así.

Pero aquélla no era la manera de comportarse de César (ella debía, debía, debía recordar llamarlo César). La cama era demasiado angosta para no sentir el largo de su cuerpo desnudo a su lado; sin embargo, él no hizo ningún intento de tocarla. De pronto, se colocó encima de ella, utilizó las rodillas para separarle las piernas e insertó su pene en un triste y seco receptáculo, tan poco preparada estaba ella. No obstante, eso no pareció decepcionarlo; trabajó diligentemente hasta llegar a un silencioso clímax, después se apartó de ella y se levantó de la cama con una frase mascullada de que debía lavarse y salió de la habitación. Cuando él no volvió, ella permaneció allí desconcertada; más tarde llamó a una criada y pidió una luz.

Él estaba en su estudio, sentado detrás de una vieja mesa cubierta con pergaminos y con un montón de hojas sueltas de papel debajo de su mano derecha, que sostenía una sencilla pluma de caña. La pluma de su padre estaba enfundada en oro y tenía una perla en la punta.

Pero estaba muy claro que a Octavio -César- no le importaban esta clase de apariencias.

¿Marido, estás bien? -preguntó ella. Él la miró ante la aparición de otra luz; ahora le dedicó la sonrisa más amorosa que ella hubiese visto jamás.

– Sí -respondió él.

– ¿Te desilusioné? -preguntó.

– En absoluto. Ha sido muy bonito.¿Haces esto con frecuencia?

– ¿Hacer qué?

– Trabajar en lugar de dormir.

– Siempre. Me gusta la paz y el silencio.

– Te he molestado, lo siento. No lo volveré a hacer.

Él agachó la cabeza con aire ausente.

– Buenas noches, Escribonia.

Sólo unas horas más tarde volvió a levantar la cabeza y recordó aquel pequeño encuentro. Pensó con una enorme sensación de alivio que le gustaba su nueva esposa. Ella comprendía los límites, y si él podía embarazarla, el pacto con Sexto Pompeyo se mantendría.

Octavia no era en absoluto lo que ella había esperado, descubrió Escribonia cuando fue a presentarle sus condolencias. Para su sorpresa, encontró a su nueva cuñada muy alegre. Debió de reflejarse en sus ojos, porque Octavia se rió y la hizo sentarse en una silla muy cómoda.

– El pequeño Cayo te dijo que yo estaba postrada por el dolor.

– ¿El pequeño Cayo?

– César. No puedo quitarme el hábito de llamarlo pequeño Cayo porque es así como lo veo: un encantador chiquillo que me seguía a todas partes haciendo el ridículo.

– Lo quieres mucho.

– Hasta el infinito.

– Pero en estos días de tanta grandeza y terriblemente importantes las hermanas mayores y «pequeño Cayo» ya no son lo que eran. Sin embargo, tú pareces ser una mujer con mucho sentido común, así que confío en que no le dirás lo que te cuente de él.

– Ciega y muda. También sorda.

– La pena ha sido que nunca tuvo una infancia adecuada, El asma lo afectó tanto que no podía jugar con los otros chicos o hacer su servicio militar en el campo de Marte.

Escribonia la miró sin comprender.

– ¿Asma? ¿Qué es eso?

– Jadea hasta que se le amorata el rostro; incluso algunas veces parece que vaya a morirse. ¡Oh, es terrible de ver! -Los ojos de Octavia se nublaron al recordar aquel viejo horror-. Es peor cuando hay polvo en el aire o está alrededor de los caballos que se mueven en la paja. Por eso Marco Antonio llegó a decir que el pequeño Cayo se ocultó en los margales de Filipos y no contribuyó en la victoria. La verdad es que había habido una terrible sequía. El campo de batalla era una espesa niebla de polvo y hierba seca; una muerte segura. El único lugar donde el pequeño Cayo pudo encontrar alivio fue en los margales que había entre la llanura y el mar. Es para él un dolor mucho más grande no haber participado en el combate que la pérdida de Marcelo lo es para mí. Créeme, no lo digo a la ligera.