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»Sí -concluyó Planeo-, es hora de cambiar de bando, ¿pero puedo hacerlo en este momento? Dudo de la misma manera que duda Antonio, y como él, estoy corto de coraje.

Octavio sabía todo esto con más certeza que Planeo; sin embargo, no podía estar seguro de qué lado caerían los dados ahora que Antonio había llegado a las puertas de Brundisium; se lo había jugado todo a los legionarios. En el ínterin, sus agentes vinieron a decirle que no lucharían contra las tropas de Antonio, como tampoco contra las de Pollio o Ventidio. Este anuncio hizo que Octavio se relajase de alivio. Ahora sólo faltaba ver si las tropas de Antonio lucharían por él.

Dos nundinae más tarde tuvo la respuesta: los soldados al mando de Pollio y Ventidio se habían negado a luchar contra sus camaradas de armas.

Se sentó para escribirle a Antonio una carta.

Mi querido Antonio:

Estamos en un punto muerto ya que mis legionarios rehúsan combatir contra los tuyos y los tuyos rehúsan combatir contra los míos. Ellos pertenecen a Roma, dicen, no a cualquier hombre, incluso un triunviro. Los días de las eran de s gratificaciones, dicen, han pasado. Estoy de acuerdo con ellos. Desde Filipos he sabido que no podemos seguir resolviendo nuestras diferencias a través de ir a la guerra el uno contra el otro. Puede que tengamos el imperium maius, pero para poder hacerlo cumplir debemos mandar a soldados dispuestos. Y no lo hacemos.

Por lo tanto, propongo, Marco Antonio, que cada uno de nosotros elija a un único hombre como su agente para encontrar una solución a este punto muerto. Como persona neutral a quien ambos consideremos justa e imparcial, ¿podríamos nombrar a Lucio Cocceio Nerva? Estás en libertad para discutir esta elección y nombrar a otro hombre. Mi agente será Cayo Mecenas, y ni tú ni yo debemos estar presentes en este encuentro. Asistir significaría caldear los ánimos.

– ¡Rata astuta! -gritó Antonio, que hizo una bola con la carta.

Planeo la recogió, alisó el papel y la leyó.

– Marco, es la solución lógica a tu problema -manifestó-. Considera por un momento, por favor, dónde estás y a lo que te enfrentas. Lo que Octavio sugiere puede resultar un ungüento que cure los sentimientos heridos por ambas partes. De verdad, es tu mejor alternativa. Un veredicto que fue reiterado por Gneo Asinio Pollio varias horas más tarde cuando llegó en una barca desde Barium.

– Mis hombres no lucharán, ni tampoco los tuyos -declaró llanamente-. Yo no puedo cambiar sus mentes, ni tú podrás cambiar las de ellos y, según todos los informes, Octavio está en la misma situación. Las legiones han decidido por nosotros, por consiguiente, nos corresponde buscar una salida honorable. Les he dicho a mis hombres que arreglaré una tregua. Ventidio ha hecho lo mismo. ¡Cede, cede! No es una derrota.

– Cualquier cosa que permita a Octavio escabullirse de las mandíbulas de la muerte es una derrota -replicó Antonio, empecinado.

– ¡Tonterías! Sus tropas están tan poco dispuestas a luchar como las nuestras.

– ¡Ni siquiera tiene el coraje de enfrentarse conmigo! Todo se hace a través de agentes como Mecenas. ¿Ánimos crispados? Ya le daré yo ánimos crispados. ¡No me importa lo que diga, voy a ir a su pequeña reunión en representación de mí mismo!

– Él no estará presente, Antonio -dijo Pollio con la mirada fija en Planeo, que miraba al cielo-. Tengo un plan mucho mejor. Acéptalo, iré como tu representante.

– ¿Tú? -preguntó Antonio, incrédulo-. ¿Tú?

– ¡Sí, yo! Antonio, he sido cónsul durante ocho meses y medio y todavía no he podido ir a Roma para vestir mis prendas consulares -manifestó Pollio, exasperado-. Como cónsul supero en rango a Cayo Mecenas y a ese despreciable Nerva juntos. ¿Crees de verdad que una comadreja como Mecenas me engañará? ¿Lo crees?

– Supongo que no -admitió Antonio, que comenzaba a ceder. De acuerdo, aceptaré, pero con algunas condiciones.

– Dilas.

– Que soy libre de entrar en Italia por Brundisium y que a ti se te permitirá ir a Roma para asumir tu consulado sin poner impedimentos en tu camino. Que retengo mi derecho a reclutar tropas en Italia y que a los exiliados se les permita regresar a casa inmediatamente.

No creo que ninguna de estas condiciones vayan a ser un problema -dijo Pollio-. Siéntate y escribe, Antonio.

«Es curioso -pensó Pollio mientras cabalgaba por la Vía Minucia hacia Brundisium- que siempre haya conseguido estar donde se toman las grandes decisiones. Estuve con César (¡el Divus Julius!) cuando cruzó el Rubicón y en aquella isla fluvial en la Galia Cisalpina donde Antonio, Octavio y Lépido acordaron dividirse el mundo. Ahora estaré presidiendo la siguiente ocasión trascendental; Mecenas no es un tonto, no pondrá ninguna objeción a que ocupe la silla. ¡Qué extraordinaria fortuna para un escritor de la historia moderna!»

Aunque su familia no había sido relevante hasta su llegada, Pollio tenía un intelecto lo bastante formidable para haber sido uno de los favoritos de César. Un buen soldado y mejor comandante, había ascendido con César después de que éste se convirtiese en dictador, y nunca había tenido ninguna duda de cuáles eran sus lealtades hasta después del asesinato de César. Demasiado pragmático y nada romántico para ponerse junto al heredero de César, se había quedado sólo con un hombre a quien servir: Marco Antonio. Como muchos de sus pares, encontraba a Cayo Octavio como una farsa, ni siquiera podía intuir al hombre sin par que César podía haber visto en aquel niño bonito. También creía que César no esperaba morir tan pronto -era duro como una vieja bota militar- y que Octavio sólo había sido un heredero temporal, sólo una treta para excluir a Antonio hasta juzgar si éste se asentaría. También para ver lo que el tiempo haría con el hijo de mamá que ahora negaba la existencia de su madre. Luego, el destino y la fortuna habían reclamado la pena capital de César y permitido que un grupo de hombres amargados, celosos y carentes de visión lo asesinasen. Cuánto había lamentado eso Pollio a pesar de su capacidad para consignar los acontecimientos contemporáneos con distanciamiento e imparcialidad. El problema era que, en aquel momento, Pollio no tenía ni idea de lo que César Octavio diría de su inesperado ascenso a las esferas del poder. ¿Cómo podía algún hombre ver el acero y el coraje en el interior de un joven inexperto? César, había comprendido hacía tiempo, era el único que había visto de qué estaba hecho Cayo Octavio. Pero incluso cuando Pollio también había llegado a comprender lo que había dentro de Octavio ya era demasiado tarde para un hombre de honor seguirlo. Antonio no era el mejor hombre, simplemente era la alternativa que permitía el orgullo. A pesar de sus fallos -y eran muchos-, al menos Antonio era un hombre.

Pollio sabía tan poco de Octavio como de su principal embajador Cayo Mecenas. En todos los aspectos físicos -altura, constitución, color, atractivo facial-, Pollio era el hombre medio. Como otros muchos, especialmente aquellos cuya gran inteligencia era parte del «paquete», desconfiaba de los que no eran definitivamente hombres medios en cualquier aspecto. De no haber sido Octavio tan vanidoso (por todos los dioses, botas con suelas de tres pulgadas) y agraciado le hubiese ido mucho mejor a la hora de hacer una estimación de Pollio después del asesinato de César. Lo mismo con Mecenas, rechoncho y feo de cara, con los ojos saltones, rico, y mimado. Mecenas sonreía tontamente, unía los dedos, fruncía los labios, parecía divertido cuando no había nada por lo que estarlo. Era un presuntuoso. Características detestables o molestas. Sin embargo, él se había ofrecido voluntario para tratar con ese presuntuoso porque sabía que, en cuanto Antonio se hubiese calmado, escogería a Quinto Delio como su delegado. Eso era algo que no se podía permitir; Delio era demasiado venal y codicioso para aquellas delicadas negociaciones. Era posible que Mecenas fuese igual de venal y codicioso, pero hasta donde Pollio podía ver, Octavio no había cometido muchos errores a la hora de seleccionar su círculo íntimo. Salvidieno era un error, pero sus días estaban contados. La codicia siempre había enfadado a Antonio, que no tendría ninguna compasión en acabar con él tan pronto como no le fuese útil. Pero Mecenas no había hecho ninguna propuesta, y tenía una cualidad que Pollio admiraba: amaba la literatura y era un entusiasta mecenas de varios poetas prometedores, incluidos Horacio y Virgilio, los mejores versificadores desde Catulo. Sólo eso inspiraba alguna esperanza en Pollio de que se pudiese alcanzar una conclusión satisfactoria para ambas partes. Pero cómo podría él, un simple soldado, sobrevivir a la clase de comidas y bebidas que un experto como Mecenas le serviría.