– ¿Espero que no te importe la comida sencilla y el vino bien aguado? -le preguntó Mecenas a Pollio en el momento en el que él llegó a la sorprendentemente modesta casa en las afueras de Brundisium.
– Gracias, lo prefiero -contestó Pollio.
No, gracias a ti, Pollio. ¿Puedo decirte antes de que nos sentemos a ocuparnos de nuestros verdaderos asuntos que disfruto de tu prosa? No te lo digo con un espíritu de sicofonía porque dudo de que seas susceptible al fino arte de los halagos. Te lo digo porque es la verdad.
Avergonzado, Pollio dejó pasar el cumplido y se volvió para saludar al tercer miembro del equipo, Lucio Cocceio Nerva. ¿Neutral? ¿Cómo podía ser otra cosa un hombre tan neutro? No era de extrañar que su esposa lo gobernase.
Mientras cenaban huevos, ensaladas, pollo y pan crujiente, Pollio descubrió que le gustaba Mecenas, que parecía haberlo leído todo desde Homero hasta eminencias latinas como César y Fabio Pictor. Si había algo que faltaba en cualquier campamento militar, reflexionó, era una profunda conversación sobre literatura.
– Por supuesto, Virgilio es helenístico en estilo, pero claro que también lo era Catulo. ¡Oh, qué poeta! -afirmó Mecenas con un suspiro-. Sabes, tengo una teoría.
– ¿Cuál?
– Que los más líricos exponentes de la poesía o la prosa tienen algo de sangre gala. Vienen de la Galia Cisalpina o sus antepasados lo hicieron. Los celtas son un pueblo lírico. También, musical.
– Estoy de acuerdo -dijo Pollio, más tranquilo al no encontrar dulces en el menú-. Si dejamos aparte Iter (¡un poema notable!), César es típicamente antipoético. Un latín exquisito, pero desnudo y parco. Aulo Hirtio estuvo con él el tiempo suficiente para imitar su estilo en los comentarios que César no vivió para escribir, pero carecen de la precisión de su amo. Sin embargo. Hirtio da a conocer algunas cosas que César nunca hubiese hecho, como aquello que impulsó a Tito Labieno a alejarse de Pompeyo Magno después del Rubicón.
– Sin embargo, nunca un escritor aburrido. -Mecenas soltó una risita-. ¡Dioses, qué aburrido es Catón el Censor! Como verse forzado a escuchar el primer discurso de alguien con aspiraciones políticas que sube a la rostra.
Se rieron juntos, cómodos el uno con el otro, mientras Nerva el Neutro, como Mecenas lo había nombrado, dormitaba pacíficamente.
Por la mañana se pusieron manos a la obra en una habitación un tanto lóbrega amueblada con una gran mesa, dos sillas de madera con respaldo pero sin brazos y una silla curul de marfil. Al verla, Pollio parpadeó.
– Es tuya -dijo Mecenas, que se sentó en una de las sillas de madera y le señaló la otra a Nerva-. Sé que aún no has ejercido, pero tu rango como cónsul este año exige que presidas nuestras reuniones y que debas sentarte en marfil.
«Un bonito y muy diplomático toque», pensó Pollio, que se sentó a la cabecera de la mesa.
– Si quieres disponer de un secretario para que tome anotaciones, tengo a un hombre -añadió Mecenas.
– No, no, haremos esto solos -respondió Pollio-. Nerva actuará como secretario y tomará anotaciones. ¿Sabes taquigrafía, Nerva?
– Gracias a Cicerón, sí. -Con una expresión complacida al tener algo que hacer, Nerva puso la mano derecha sobre una pila de hojas de papel, escogió una pluma de entre una docena y descubrió que alguien se había molestado en disolver una pastilla de tinta.
– Comenzaré por hacer un resumen de la situación -dijo Pollio-. Uno, Marco Antonio no está satisfecho de que César Octavio esté cumpliendo sus deberes como triunviro. A, no ha asegurado que los pueblos de Italia estén bien alimentados. B, no ha acabado con la piratería de Sexto Pompeyo. C, no ha acomodado al número suficiente de veteranos retirados en sus parcelas de tierra. D, los comerciantes de Italia están sufriendo tiempos muy duros para los negocios. E, los terratenientes italianos están furiosos ante las medidas draconianas para separarlos de sus tierras para acomodar a los veteranos. F, más de una docena de ciudades de Italia han sido despojadas ¡legalmente de sus tierras públicas para acomodar a los veteranos. G, ha subido los impuestos hasta unas cotas intolerables. Y H, está llenando el Senado de gentes a su servicio.
»Dos, Marco Antonio no está satisfecho con la manera con que César Octavio ha usurpado la gobernación y las legiones de una de sus provincias, la Galia Transalpina. Tanto la gobernación como las legiones están al mando de Marco Antonio, que debería haber sido notificado de la muerte de Quinto Fufio Caleño y permitírsele nombrar a un nuevo gobernador, además de disponer de las once legiones de Caleño como considere conveniente.
«Tres, Marco Antonio no está satisfecho con librar una guerra civil dentro de Italia. ¿Por qué César Octavio no decidió solucionar sus diferencias de opinión con el difunto Lucio Antonio de una manera pacífica?
«Cuatro, Marco Antonio no está satisfecho con que se le prohíba la entrada a Italia a través de Brundisium, su mayor puerto del Adriático, y duda de que Brundisium desafíe al triunviro residente en Italia, César Octavio. Marco Antonio cree que César Octavio dio órdenes a Brundisium para excluir a su colega, que no sólo tiene derecho a entrar en Italia, sino que también tiene derecho a traer a sus legiones con él. ¿Cómo sabe César Octavio que estas legiones han sido importadas? Es muy posible que estén destinadas a la reserva.
«Cinco, Marco Antonio no está satisfecho con que César Octavio esté dispuesto a permitirle reclutar nuevas tropas dentro de Italia y la Galia Cisalpina, como tiene todo el legítimo derecho a hacer.
»Eso es todo -concluyó Pollio, que dijo todas las palabras sin hacer ningún uso de notas.
Mecenas había escuchado impasible mientras Nerva escribía, y, por lo que parecía, con buen resultado, porque Nerva no le había pedido a Pollio que repitiese nada de lo que había dicho.
– César Octavio ha afrontado innumerables dificultades en Italia -manifestó Mecenas con voz tranquila y agradable-. Me perdonarás si yo no clasifico y enumero con tu sucinto estilo, Gneo Pollio. No estoy imbuido por tal implacable lógica; mi estilo se inclina más al relato.
«Cuando César Octavio se convirtió en triunviro de Italia, las islas y las Hispanias, encontró el tesoro vacío. Tuvo que confiscar o comprar tierra suficiente donde asentar a más de cien mil soldados veteranos retirados. ¡Dos millones de higuera! Así pues, confiscó las tierras públicas de dieciocho municipios que habían apoyado a los asesinos de Divus Julius; una justa decisión. Cada vez que ha conseguido dinero, ha comprado tierra a los propietarios de los latifundios, con la premisa de que estos individuos estaban utilizando grandes zonas para criar ganado que habían estado bajo el arado para cultivar trigo. No se abordó a ningún agricultor, porque César Octavio estaba convencido de ver aumentar la producción local de trigo una vez que estos latifundios fueran divididos como parcelas para los veteranos.
»Los implacables asaltos de Sexto Pompeyo han privado a Italia del trigo que se cultiva en África, Sicilia y Cerdeña. El Senado y el pueblo de Roma se han despreocupado del suministro de trigo al creer que Italia siempre se podía alimentar del trigo cultivado en ultramar, mientras que Sexto Pompeyo ha demostrado que un país que depende de la importación de trigo es vulnerable, que puede ser convertido en rehén. César Octavio no tiene el dinero ni los barcos para expulsar a Sexto Pompeyo de los mares, ni tampoco para invadir Sicilia, su base. Por esa razón hizo un pacto con Sexto Pompeyo y ha llegado al punto de casarse con la hermana de Libo. Si ha creado impuestos, es porque no tiene otra alternativa. Este año el trigo que vende Sexto Pompeyo vale treinta sestercios el modius. Un trigo que ya ha sido comprado y pagado por Roma. De alguna parte tiene que encontrar César Octavio cuarenta millones de sestercios cada mes, ¡imagínatelo! ¡Casi quinientos millones de sestercios al año! ¡Pagados a Sexto Pompeyo, un vulgar pirata! -gritó Mecenas con tanto ánimo que su rostro reflejó una poco frecuente pasión.