– Más de dieciocho mil talentos -dijo Pollio pensativamente-. Por supuesto, lo próximo que dirás es que las minas de plata de Hispania estaban comenzando a producir cuando el rey Bocco la invadió, así que ahora están de nuevo cerradas y el tesoro empobrecido.
– Así es -dijo Mecenas.
– Aceptado eso como leído, ¿qué pasa luego en tu historia? -Roma ha estado dividiendo la tierra en donde asentar primero a los pobres y después a los veteranos desde tiempos de Tiberio Graco.
– Siempre había creído -le interrumpió Pollio- que el peor pecado de omisión cometido por el Senado y el pueblo fue rehusar darle una pensión a los veteranos retirados de Roma por encima de lo que se ahorró para ellos de sus pagas. Cuando los consulares como Catulo y Escauro negaron a Cayo Mario una pensión a los soldados del Censo por Cabezas carentes de propiedades, Mario los recompensó con tierras a su nombre. Eso fue hace sesenta años atrás, y desde entonces los veteranos han mirado a sus comandantes en busca de recompensas, y no a la propia Roma. Un terrible error. Les dio a los generales un poder que nunca se les hubiese permitido disponer.
– Estás contando mi historia por mí, Pollio -manifestó Mecenas con una sonrisa.
– Te pido perdón, Mecenas. Continúa, por favor.
– César Octavio no puede liberar a Italia de Sexto sin ayuda. Ha suplicado esa ayuda a Marco Antonio muchas veces, pero Marco Antonio o es sordo o analfabeto porqué no ha respondido a esas cartas. ¡Luego vino la guerra interna, una guerra que no fue provocada en ningún sentido por César Octavio! Él cree que el verdadero instigador de la rebelión de Lucio Antonio (porque nos pareció aquello a nosotros en Roma) fue un liberto llamado Manio, de la clientela de Fulvia. Manio convenció a Fulvia de que César Octavio le estaba robando a Marco Antonio sus derechos de nacimiento, una extraña acusación que ella creyó. A su vez, convenció a Lucio Antonio para que utilizase las legiones que estaba reclutando en nombre de Antonio y marchar sobre Roma. No creo necesario decir nada más del tema, salvo asegurarle a Marco Antonio que su hermano no fue juzgado, si no que se le permitió asumir su imperium proconsular y marchar a gobernar la Hispania Ulterior.
Mecenas rebuscó entre un montón de pergaminos que tenía cerca, encontró uno y lo levantó.
– Aquí tengo la carta que el hijo de Quinto Fufio Caleño le escribió no a Marco Antonio, como debería haber hecho, si no a César Octavio. -Se la entregó a Pollio, que la leyó con la facilidad de un hombre muy educado-. Lo que César Octavio vio en ella fue alarmante porque traicionaba la debilidad y la falta de decisión del hijo de Caleño. Como veterano de la Galia Transalpina, Pollio, estoy seguro de que no necesito decirte lo volátiles que son los galos melenudos y lo rápidos que son para oler a un gobernador titubeante. Por esta razón y sólo por esta razón, César Octavio actuó con rapidez. Tuvo que actuar con rapidez. Consciente de que Marco Antonio se encontraba a mil millas de distancia, asumió la tarea de viajar inmediatamente a Narbo para instalar allí a un gobernador provisional, Quinto Salvidieno. Las once legiones de Caleño están exactamente donde estaban: cuatro en Narbo, cuatro en Agendicum y tres en Glanum. ¿Qué hizo mal César Octavio al actuar así? Lo hizo como un amigo, un compañero triunviro, nuestro representante.
Mecenas exhaló un suspiro, parecía triste.
– Me atrevería a decir que la acusación más verosímil que se puede hacer contra César Octavio es que ha sido incapaz de controlar Brundisium, a la que ha ordenado permitir a Marco Antonio desembarcar en el suelo patrio, ya sea para unas bonitas vacaciones o para su retiro. Brundisium desafía al Senado y al pueblo de Roma, es así de sencillo. Lo que César Octavio espera es poder convencer a Brundisium de que cese en su desafío. Y eso es todo -concluyó Mecenas con una dulce sonrisa.
En este punto comenzaron las discusiones, pero no con pasión y rencor. Ambos hombres conocían la verdad de cada uno de los temas planteados, pero ambos sabían que debían ser leales a sus amos, y habían decidido que el mejor modo de hacer esto último era discutir de manera convincente. Octavio era uno de los que leería las anotaciones de Nerva atentamente, y si Marco Antonio no lo hacía, al menos intentaría sacarle a Nerva todo lo posible de lo tratado en la reunión.
Finalmente, poco antes de las nonas de octubre, Pollio decidió que ya tenía suficiente.
– Mira -dijo-, para mí está claro que la manera como se arreglaron las cosas después de Filipos fue torpe e ineficaz. Marco Antonio estaba muy crecido, y despreciaba a Octavio por su conducta en Filipos. -Se volvió hacia Nerva, que había comenzado a escribir-. ¡Nerva, no te atrevas a escribir ni una palabra de esto! Es tiempo para hablar con franqueza, y a los grandes hombres no les gusta la franqueza. Eso significa que no puedes dejar que Antonio te obligue, ¿me escuchas? Si dices algo de esto, eres hombre muerto. Yo mismo te mataré, ¿está claro?
– ¡Sí! -dijo Nerva, y dejó caer la pluma a toda prisa.
– ¡Me encanta! -dijo Mecenas con una sonrisa-. Adelante, Pollio.
– En este momento el triunvirato es ridículo. ¿Cómo podía Antonio creer que podía estar en varios lugares a la vez? Porque es eso lo que pasó después de Filipos. Quería quedarse con todo, desde las provincias hasta las legiones. ¿Cuál fue el resultado? Octavio heredó el suministro de trigo y a Sexto Pompeyo, pero ni una flota para derrotar a Sexto, y mucho menos transportes para un ejército capaz de tomar Sicilia. De haber sido Octavio un hombre militar, cosa que no es, ni nunca ha afirmado ser, hubiese sabido que su liberto Heleno (obviamente un tipo persuasivo) no podía tomar Cerdeña, sobre todo porque Octavio no tiene los suficientes transportes de tropas y carece de naves. Las provincias fueron repartidas de la forma más errónea imaginable: Octavio recibe Italia, Sicilia, Cerdeña, Córcega y la Hispania Citerior y la Ulterior, Antonio todo Oriente, pero eso no es bastante para él. Toma también las Galias, junto con Illyricum. ¿Por qué? Porque en las Galias hay una enorme cantidad de legiones y no desean retirarse. Conozco a Marco Antonio muy bien, y es un buen tipo, valiente y generoso. De hecho, cuando está en su mejor forma, no hay nadie más capaz o inteligente que él. Sin embargo, es un glotón que no sabe contener su apetito, no importa lo que se le ocurra devorar. Los partos y Quinto Labieno corren a su libre albedrío por toda Asia y buena parte de Anatolia, y nosotros estamos aquí, en las afueras de Brundisium.
Pollio se desperezó, y después encorvó los hombros.
– Es nuestro deber, Mecenas, poner las cosas en orden. ¿Cómo hacemos eso? Por medio de trazar una línea entre este y oeste, y poner a Octavio a un lado y a Antonio en el otro. No hace falta decir que Lépido se puede quedar con África, ya que allí tiene diez legiones y está a salvo y seguro. No pondré objeciones por mi parte a que Octavio tiene la tarea más difícil porque tiene Italia, que está empobrecida, agotada y hambrienta. Ninguno de nuestros amos tiene dinero. Roma está cerca de la bancarrota, y Oriente está tan exhausto que no puede pagar ningún tributo importante. Sin embargo, Antonio no puede tener todas las cosas a su manera, hay que hacérselo ver. Yo propongo que Octavio reciba más ingresos por gobernar todo Occidente: la Hispania Ulterior, la Hispania Citerior, la Galia Transalpina en todo su territorio, la Galia Cisalpina e Illyricum. El río Drina es la frontera natural entre Macedonia e Illyricum, por lo tanto, dejemos que se convierta en la frontera entre el este y el oeste. No hace falta decir que Antonio tendrá la libertad de reclutar tropas en Europa y la Galia Cisalpina, como la tiene Octavio. Dicho sea de paso, la Galia Cisalpina tendría que ser parte de Italia en todos los aspectos.