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– Está la reina de Egipto; no será fiel.

– ¿Qué hombre en ultramar lo es? Octavia no le reprochará! la infidelidad, está muy bien criada.

Mecenas levantó las manos en el aire y se marchó con el sentimiento del papel nada envidiable que debía ejercer un diplomático. ¿Octavio esperaba, de verdad, que él, Mecenas, llevase a cabo estas negociaciones? ¡Bueno, no lo haría! ¿Arrojar una perla como Octavia a un cerdo como Antonio? ¡Nunca! ¡Nunca, nunca, nunca!

Octavio no tenía la intención de privarse a sí mismo de estas particulares negociaciones; iba a disfrutar de ellas. Para entonces Antonio ya habría olvidado ciertas cosas, como aquella escena en su tienda después de Filipos, cuando Octavio había reclamado la cabeza de Bruto y la había conseguido. El odio de Antonio había crecido tanto que oscurecía todos los episodios individuales; sólo pensaba en sí mismo. Tampoco Octavio esperaba que el casamiento con Octavia pudiese cambiar ese odio. Quizá un hombre poético como Mecenas asumiría que aquél era el motivo de Octavio, pero la propia mente de Octavio era demasiado sensible como para esperar milagros. Una vez que Octavia se convirtiese en esposa de Antonio haría exactamente lo que Antonio quisiera. Lo último que intentaría sería influir en cómo Antonio se sentía respecto a su hermana. No, lo que esperaba conseguir con esa unión era fortalecer las esperanzas de los romanos -y los legionarios- en que la amenaza de una guerra se había desvanecido. Así, cuando llegara el día en que Antonio, en las garras de una nueva pasión con otra mujer, rechazase a su esposa, perdería la estimación de millones de ciudadanos romanos en todas partes. Dado que Octavio había jurado que nunca desataría una guerra civil, él tenía no sólo que destruir la auctoritas de Antonio -su posición oficial pública-, sino su clignitos -la posición pública que poseía debido a sus acciones y logros personales-. Cuando César el Dios cruzó el Rubicón e inició la guerra civil, lo había hecho para proteger su dignitas, que había apreciado más que a su vida. Contemplar cómo sus hechos eran quitados de las historias y registros oficiales de la República y verse enviado a un exilio permanente era peor que la guerra civil. Bueno, Octavio no estaba hecho de la misma pasta; para él, la guerra civil era peor que la desgracia y el exilio. También, por supuesto, no era un genio militar seguro de su victoria. La manera de actuar de Octavio era corroer la dignitas de Marco Antonio hasta que llegase a un punto donde ya no fuese una amenaza. A partir de ese entonces en adelante, la estrella de Octavio continuaría en ascenso hasta que él y no Antonio fuese el Primer Hombre de Roma. No ocurriría de la noche a la mañana; aquello llevaría años. Pero serían años que Octavio podría permitirse conceder ya que era veintiún años más joven que Antonio. ¡Oh, la perspectiva de años y años de luchas para alimentar Italia y encontrar tierra para la inacabable riada de veteranos!

Le había tomado la medida a Antonio. César el Dios ya habría estado llamando a las puertas del palacio del rey Orodes en Seleucia del Tigris, ¿pero dónde estaba Antonio? Poniendo sitio a Brundisium, todavía en su propio país. Era perfecto que quizá estuviera allí para defender su título de triunviro, pero si estaba allí, entonces no podía estar en Siria luchando contra los partos. Si bien podía ser que él solo hubiese ganado en Filipos, Antonio sabía que no podía haberlo hecho sin las legiones de Octavio, compuestas por hombres leales a Octavio que él no podía tener.

«Daría lo que fuese -pensó Octavio después de escribir su nota a Antonio y enviarla por correo liberto-, daría casi cualquier cosa por tener la fortuna de tener en mis manos algo que pudiese derrotar a Antonio para siempre. Octavia no lo es, ni tampoco probablemente lo será que él la rechace, si es que decidiera rechazarla una vez que se cansase de su bondad. Soy consciente de que la fortuna me sonríe; me he escapado tantas veces por los pelos del peligro que casi estoy calvo. Ha sido la fortuna la que cada vez me ha rescatado del abismo. Como el deseo de Libo por encontrar un marido ilustre para su hermana. Como la muerte de Caleño en Narbo y su hijo idiota, que vinieron a hacerme la petición a mí en lugar de a Antonio. Como la muerte de Marcelo. Como tener a Agripa como general de mis ejércitos. Como mis escapadas de la muerte cada vez que el asma me ha dejado sin respiración. Como tener el cofre de guerra de mi padre Divus Julius para salvarme de la bancarrota. Como Brundisium, que le niega la entrada a Antonio, que quieran Liber Pater, Sol Indiges y Tello concederle a Brundisium la paz y una gran prosperidad. Yo no di ninguna orden a la ciudad para hacer lo que hace, de la misma manera que no provoqué la futilidad de la guerra de Fulvia contra mí. ¡Pobre Fulvia!

»Cada día hago ofrendas a una docena de dioses, la primera de todas a la Fortuna, para que me dé el arma que necesito para derribar a Antonio mucho antes de lo que la edad acabará inevitablemente por hacer. El arma existe, lo sé con la misma seguridad con que sé que he escogido poner a Roma de nuevo sobre sus pies permanentemente para conseguir una paz duradera en las fronteras de su imperio. Soy el Escogido a quien Virgilio, el poeta de Mecenas, escribe versos y todos los augures de Roma insisten en pronosticar una edad dorada. Divus Julius me hizo su hijo, y no puedo fallar en su confianza de acabar lo que él había comenzado. Oh, no será el mismo mundo que hubiese hecho Divus Julius, pero lo satisfacerá y complacerá. ¡Fortuna, dame más de la fabulosa suerte de César! ¡Tráeme el arma y abre mis ojos para que la reconozca cuando llegue!

La réplica de Antonio llegó con el mismo correo. Sí, él vería a César Octavio bajo la bandera de tregua. «Pero ¡nosotros no estamos en guerra! -pensó Octavio, sin aliento por algo que esa vez no era el asma-. ¿Cómo funciona su mente para creer que lo estamos?»

Al día siguiente, Octavio salió con su caballo público juliano; era un caballo pequeño pero muy elegante, con la piel cremosa y la crin y la cola más oscuras. Para montar no vestía la toga, pero como no quería aparecer como un guerrero, llevaba una túnica blanca con una ancha franja roja de senador en el hombro derecho.

Naturalmente, Antonio vestía la armadura de plata, con la figura de Hércules matando al león de Nemea en la coraza. Su túnica era púrpura, como también lo era el paludamentum que colgaba de su hombro, aunque con todo derecho tendría que haber sido roja. Como siempre, parecía gozar de un magnífico estado atlético.

– ¿Esta vez no llevas botas con plataforma, Octavio? -preguntó con una sonrisa.

Aunque Antonio no lo había hecho, Octavio le tendió la mano derecha de una forma tan obvia que Antonio se vio obligado a aceptarla, y la apretó con tanta fuerza que aplastó sus frágiles huesos. Octavio lo soportó con el rostro inmutable.

– Entra -lo invitó Antonio, que apartó la solapa de la entrada de la tienda. Que hubiese preferido habitar una tienda en lugar de ocupar una residencia privada era una muestra de su confianza en que el sitio de Brundisium no duraría mucho.

El salón público de la tienda era muy amplio, pero con la solapa bajada resultaba muy oscuro. Para Octavio, aquello indicaba la desconfianza de Antonio hacia su persona. Este tampoco confiaba en que su rostro no traicionase sus emociones, algo que no preocupaba a Antonio. No eran los rostros sino los pensamientos lo que le preocupaban, porque eran ellos el material con el que trabajaban.

– Estoy muy complacido -dijo, engullido por una silla que era demasiado grande para su enjuto cuerpo- de que hayamos llegado al proceso de redactar el boceto de un acuerdo, Creo que lo mejor es que tú y yo resolvamos personalmente aquellos asuntos en los que aún no hemos llegado a un completo acuerdo.