– Muy bien dicho -comentó Antonio, que bebió abundantemente de una copa de vino que había aguado con mucha alharaca.
– Es algo hermoso -señaló Octavio, que hizo girar la copa que tenía en las manos-. ¿Dónde la hicieron? Estoy seguro de que no fue en Puteoli.
– Es de una cristalería de Alejandría. Me gusta beber en copas de cristal, no absorbe el sabor de los vinos anteriores de la manera que incluso hace la mejor cerámica. -Hizo una mueca-. Y también las de metal tienen un sabor metálico.
Octavio parpadeó.
– Edepol! No sabía que eras un conocedor de algo que sencillamente contiene vino.
– El sarcasmo no te llevará a ninguna parte -dijo Antonio sin ofenderse-. Todo eso me lo dijo la reina Cleopatra.
– Oh, sí, eso tiene sentido. Un patriota alejandrino.
El rostro de Antonio se iluminó.
– ¡Con toda justicia! Alejandría es la ciudad más hermosa del mundo, y hace que Pergamum e incluso Atenas tiemblen en las sombras.
Después de beber un sorbo, Octavio dejó su copa como si quemase. ¡Allí tenía a otro loco! ¿Por qué alabar la belleza de otra ciudad cuando su propia ciudad se esfumaba debido a la falta de cuidado?
– Puedes tener todas las legiones de Caleño que te apetezca, no hace falta que te lo diga -mintió-. En realidad, no hay ninguna de tus condiciones que me molesten salvo tu negativa a ayudarme a limpiar los mares de la presencia de Sexto Pompeyo.
Antonio frunció el entrecejo y se levantó para apartar la solapa de la tienda, al parecer, decidido a que era necesario ver bien el rostro de Octavio después de todo.
– Italia es tu provincia, Octavio. ¿Te he pedido yo ayuda para gobernar la mía?
– No, no lo has hecho, pero tampoco has enviado al tesoro la parte que le corresponde a Roma de los tributos de Oriente. Estoy seguro de que no hace falta que te diga que, incluso como triunviro, el tesoro se supone que debe recibir los tributos y pagarles un estipendio a los gobernadores provinciales romanos, con el cual deben financiar a sus legiones y pagar las obras públicas en sus provincias -dijo Octavio amablemente-. Por supuesto, comprendo que ningún gobernador, y menos aún un triunviro, recauda sencillamente aquello que el tesoro requiere; siempre pide más, y se queda la diferencia para él. Una costumbre honrada por la tradición a la que no tengo nada que objetar. Yo también soy triunviro. Sin embargo, no has enviado nada a Roma en tus dos años de gobierno. De haberlo hecho, hubiese podido comprar los barcos que necesito para acabar con Sexto. Quizá a ti te venga bien utilizar los barcos pirata en tus flotas, dado que todos los almirantes que se pusieron de parte de Bruto y Casio decidieron convertirse en piratas después de Filipos. ¡No tendría ningún inconveniente en utilizarlos yo también, si no fuera porque se han enriquecido todos a mi costa, como aves carroñeras! Lo que hacen es demostrar a Roma y a Italia (que son la fuente de nuestros mejores soldados) que un millón de soldados no pueden ayudar a dos triunviros sin barcos. ¡Tú habrías de tener trigo de las provincias orientales para alimentar en abundancia a tus legiones! No es culpa mía que hayas dejado que los partos dominen todo, excepto Bitinia y la provincia de Asia. Lo que salva tu pellejo es Sexto Pompeyo (mientras a ti te convenga, él le vende a Italia el trigo a un precio modesto; trigo, te recuerdo, comprado y pagado por el tesoro de Roma). Sí, Italia es mi provincia, pero mi única fuente de dinero son los impuestos que debo cobrarles a todos los ciudadanos romanos que viven en Italia. No son suficientes para pagar los barcos y, además, el trigo robado a Sexto Pompeyo a treinta sestercios el modius. Por lo tanto, te lo pregunto de nuevo, ¿dónde están los tributos orientales?
Antonio escuchó con creciente furia.
– ¡Oriente está en bancarrota! -gritó-. ¡No hay ningún tributo que enviar!
– Eso no es verdad, e incluso hasta el más pobre de Roma de un extremo al otro de Italia lo sabe -replicó Octavio-. Pitodoro de Tralles te llevó dos mil talentos de plata desde Tarsus. Tiro y Sidón te pagaron otros mil. Del botín de Cilicia Pedia se te dieron cuatro mil. Un total de ciento setenta y cinco millones de sestercios. Hechos, Antonio. Hechos bien conocidos.
«¿Por qué he consentido en ver a ese despreciable insecto? -se preguntó Antonio a sí mismo, inquieto-. Todo lo que tenía que hacer para ganar notoriedad era recordarme que, cualquier cosa que hago en Oriente, de alguna manera se filtra hasta el más humilde de los ciudadanos de Roma en Italia. Sin decírmelo, me está diciendo que mi reputación sufre. Que no estoy por encima de las críticas, que el Senado y el pueblo de Roma me pueden despojar de mis cargos. Sí, yo puedo marchar sobre Roma, ejecutar a Octavio y nombrarme a mí mismo dictador. Pero ¡yo fui quien anunció a bombo y platillo la abolición de la dictadura! Brundisium ha demostrado que mis legionarios no lucharán contra los de Octavio. Por ese solo hecho este pequeño verpa se puede sentar aquí y desafiarme, no ocultar su antagonismo.»
– Así que no soy muy popular en Roma -manifestó con mal humor.
– Sí, debo ser sincero, Antonio, no eres nada popular, sobre todo después de asediar Brundisium. Te has sentido capaz de acusarme de poner a Brundisium en tu contra para que te negasen la entrada, pero sabes muy bien que no lo hice. ¿Por qué iba a hacerlo? ¡No obtengo ningún beneficio! En realidad, lo que has conseguido es que Roma viva atemorizada, a la espera de que marches sobre ella. ¡Cosa que no puedes hacer! Tus legiones no te dejarán. Si de verdad quieres recobrar tu reputación, tendrás que demostrárselo a Roma, no a mí.
– No me uniré a ti contra Sexto Pompeyo, si es eso lo que pretendes. Todo lo que tengo son un centenar de naves en Atenas -mintió Antonio-. No son suficientes para hacer el trabajo, dado que tú no tienes ninguna. Tal como están las cosas, Sexto Pompeyo me prefiere a mí, y yo no haré nada por provocarlo. Por el momento, él me deja en paz.
– No creía que me ayudarías -manifestó Octavio con calma-. No, estaba pensando en algo más visible para todos los romanos desde el más alto hasta el más bajo.
– ¿Qué?
– Cásate con mi hermana Octavia.
Boquiabierto, Antonio miró a su atormentador.
– ¡Por todos los dioses!
– ¿Qué tiene de extraño? -preguntó Octavio con voz suave y una gran sonrisa-. Yo mismo acabo de realizar una alianza marital muy parecida, como tú bien sabes. Escribonia es muy agradable: una buena mujer, bonita, fértil… espero casarme con ella para mantener a Sexto a raya, al menos durante un tiempo. Pero ella ni siquiera puede empezar a compararse con Octavia, ¿verdad? Te estoy ofreciendo a la sobrina nieta de Divus Julius, conocida y amada por todos los estratos de Roma como lo fue Julia, hermosa de mirar, enormemente bondadosa y reflexiva, una esposa obediente y madre de tres niños, incluido un hijo. Como Divus Julius había esperado de su esposa, está por encima de toda sospecha. Cásate con ella y Roma creerá que no pretendes hacerle ningún daño.
– ¿Por qué debo hacer eso?
– Porque sería cruel que un modelo de virtud público como Octavia te tildara de monstruo a los ojos de todos los romanos. Ni siquiera el más estúpido de ellos te perdonaría el mal trato a Octavia.
– Lo comprendo, sí, lo comprendo -declaró Antonio con voz pausada.
– ¿Entonces, trato hecho?
– Trato hecho.
Esa vez Antonio estrechó la mano de Octavio suavemente.
El pacto de Brundisium fue sellado el doce de octubre en la plaza de Brundisium y en presencia de una multitud de entusiastas ciudadanos que arrojaron flores a los pies de Octavio y controlaron su conducta lo suficiente como para no escupir a los pies de Antonio. Sus perfidias no fueron olvidadas ni perdonadas, pero aquel día significaba una victoria para Octavio y Roma. No se produciría otra guerra civil, algo que complacía a las legiones apostadas alrededor de la ciudad incluso más de lo que complacía a Brundisium.