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– ¿Qué piensas de todo esto? -le preguntó Pollio a Mecenas mientras viajaban por la Vía Apia en un carro de cuatro mulas.

– Que César Octavio es un maestro de la intriga y mucho mejor negociador que yo.

– ¿Fue idea tuya ofrecerle a Antonio su muy querida y amada hermana?

– No, no, fue idea suya. Supongo que creí que las probabilidades de que él aceptase eran tan remotas que nunca aparecieron en mi mente. Entonces, cuando el día anterior a que fuese a ver a Antonio me lo dijo, supuse que me enviaría a mí a hacer la oferta. ¡Me cagué en los zapatos! Pero no. Fue él por su cuenta, sin escolta.

– No podía enviarte porque necesitaba que fuese algo de hombre a hombre. Lo que dijo, sólo lo podía decir él. Tengo entendido que le señaló a Antonio que había perdido el amor y el respeto de la mayoría de los romanos de una manera que Antonio lo creyó. El muy astuto méntula. «¡Te pido perdón!» La astuta y pequeña comadreja que le ofreció a Antonio la oportunidad de recuperar su reputación a través de casarse con Octavia. ¡Brillante!

– Estoy de acuerdo -dijo Mecenas, que se imaginó a Octavio como una méntula o una comadreja, y sonrió.

– Una vez compartí un carro con Octavio -manifestó Pollio con un tono reflexivo-. Desde la Galia Cisalpina a Roma después de la formación del triunvirato. Tenía veinte años, pero hablaba como un venerable consular del suministro de trigo, y de cómo los Apeninos hacían más fácil para Roma conseguir el trigo de África y Sicilia que de la Galia Cisalpina. Recitó cifras y estadísticas como el más ocioso funcionario civil que hayas escuchado. Sólo que no estaba intentando hacer el trabajo, estaba ordenando el trabajo que él consideraba que se debía hacer. Sí, un viaje memorable. Cuando César lo hizo su heredero, creí que estaría muerto en cuestión de meses. Aquel viaje me demostró que estaba equivocado. Nadie lo matará.

Atia le trajo noticias de su destino a Octavia con grandes llantos.

– ¡Mi querida muchacha! -gritó, y se lanzó sobre el cuello de Octavia- ¡El ingrato de mi hijo te ha traicionado! ¡Tú! ¡La única persona en el mundo a la que había creído a salvo de sus maquinaciones, de su frialdad!

– ¡Mamá, sé explícita, por favor! -dijo Octavia, y ayudó a Atia a sentarse-. ¿Qué me ha hecho el pequeño Cayo?

– ¡Te ha prometido con Marco Antonio! ¡Un bruto que propinó puntapiés a su esposa! ¡Un monstruo!

Asombrada, Octavia se dejó caer en la silla y miró a su madre. ¿Antonio? ¿Iba a casarse con Marco Antonio? El asombro fue seguido por un lento calor que fue invadiendo su cuerpo. En un tris sus párpados descendieron para ocultar sus ojos a Atia, que, acabado el llanto, comenzó a explotar.

– ¡Antonio! -gritó Atia lo bastante fuerte como para hacer que los sirvientes aparecieran a la carrera sólo para ser despedidos por un gesto impaciente-. ¡Antonio! ¡Un aburrido, un buitre, oh, no hay palabras para describirlo!

Mientras Octavia pensaba: «¿Seré afortunada por fin, tendré al hombre que quiero como esposo? Gracias, gracias, pequeño Cayo.»

– ¡Antonio! -rugió Atia con restos de espuma en las comisuras de los labios-. ¡Queridísima niña, debes reunir el coraje para decir que no! ¡No a él y no a mí malvado hijo!

Mientras tanto, Octavia pensaba: «He soñado con él durante tanto tiempo, sin esperanzas, tristemente. Antonio, cuando él estaba en Italia y venía a visitar a Marcelo, yo buscaba excusas para estar presente.»

– ¡Antonio! -aulló Atia, y golpeó los puños contra los brazos de la silla, bum bum bum-. ¡Ha engendrado más bastardos que cualquier otro hombre en la historia de Roma! ¡No hay ni una pizca de fidelidad en él!

Mientras Octavia pensaba: «Yo me sentaba y me deleitaba mirándolo, hacía ofrendas para que él no tardase en visitarnos de nuevo. Sin embargo, siempre tuve mucho cuidado en no manifestarme. ¿Y ahora esto?»

– ¡Antonio! -gimió Atia, las lágrimas corriendo otra vez por sus mejillas cuando la dominaba de nuevo la impotencia-. ¡Podría suplicar hasta el año que viene, y el traidor de mi hijo no me escucharía!

Mientras tanto Octavia pensaba: «Seré para él una buena esposa, seré lo que él quiera que sea, no me quejaré de las amantes ni suplicaré acompañarlo cuando él regrese a Oriente. ¡Tantas mujeres, todas mucho más experimentadas que yo! Se cansará de mí, lo sé en lo más profundo de mí ser, pero nada podrá quitarme nunca los recuerdos de mi tiempo con él cuando se acabe. El amor comprende, el amor perdona. Fui una esposa para Marcelo, y lo he llorado como hace una buena esposa. Pero ruego a todas las diosas romanas de las mujeres para que Marco Antonio me dure el resto de mi vida, porque él es mi verdadero amor. Después de él, no podrá haber otro. Nadie…»

– Calla, mamá -dijo Octavia en voz alta, con los ojos bien abiertos y brillantes-. Haré lo que dice mi hermano y me casaré con Marco Antonio.

– Pero ¡tú no estás en las manos de Cayo, tú eres sui taris! -Entonces Atia reconoció la mirada en aquellos espléndidos ojos aguamarina y se quedó boquiabierta-. Ecastor! -exclamó débilmente-. ¡Estás enamorada de él!

– Si es amor desear su caricia y su buena estima, entonces lo estoy -respondió Octavia-. ¿Sabes cuándo se producirá?

– Según Filipos, Antonio y tu despiadado hermano han hecho un pacto en Brundisium por el que no habrá guerra civil. Todo el país está delirante de alegría, motivo por el cual la pareja ha decidido ofrecer todo un espectáculo en su viaje a Roma. Por la Vía Apia a Teanum, luego por la Vía Latina. Al parecer, no llegarán aquí hasta finales de octubre. El casamiento tendrá lugar muy poco después. -El rostro de la madre se retorció-. ¡Oh, por favor, querida hija, niégate! ¡Eres ui iuris, tu destino está en tus propias manos!

– Lo aceptaré con alegría, por mucho que digas o por mucho que me supliques. Sé cómo es Antonio, y eso no tiene ninguna importancia. Siempre ha tenido amantes porque nunca ha estado casado con una esposa que le satisfaciera. Míralas -prosiguió Octavia, cada vez más ardiente-. Primero Fadia, la hija analfabeta de un comerciante de todo, desde esclavos hasta trigo. Nunca la vi., por supuesto, pero al parecer era tan poco atractiva como aburrida. Pero Antonio no se divorció, sencillamente porque no iba nunca por casa. Le dio un hijo y una hija, por lo que dicen, dos chicos muy inteligentes. Que Fadia y sus hijos murieran de parálisis estival no se le puede atribuir a Antonio. Luego vino Antonia Hybrida, hija de un hombre que torturaba a sus esclavos. Dicen que también ella torturaba a sus esclavos, pero que Antonio «le quitó la costumbre de una paliza». ¿Puedes condenar a Antonio por curar a su esposa de tan horrible hábito? La recuerdo vagamente, y también a la hija. Una pobre niña fea y gorda y, peor aún, un tanto retrasada.

– Eso pasa por casarse entre parientes cercanos -señaló Atia con un tono severo-. Antonia Menor tiene ahora dieciséis años, pero nunca encontrará un marido, ni siquiera uno de baja cuna. -Atia se sorbió los mocos-. ¡Las mujeres son tontas! Antonia Hybrida cayó en una depresión después de que Antonio se divorciase de ella, algo que hizo con crueles palabras. No obstante, ella lo amaba. ¿Ése es el destino que quieres? ¿Lo es?

– Si Antonia Hybrida amó a Antonio o no, mamá, no es lo importante. El hecho es que ella no era una esposa adecuada para él. Sin embargo, pese a todas sus faltas, Fulvia sí que lo era. Sus problemas los atribuyó a su enorme riqueza, al estado de sui iuris que tú no dejas de recalcar, y a su primer esposo, Publio; Clodio. Él la alentó a hacer su voluntad en el foro, a tener una conducta que no se condena en las mujeres de alta cuna. Pero ella no fue tan mala hasta después de Filipos, cuando descubrió que Antonio se quedaría en Oriente durante años y no pensaba viajar a Roma. Su liberto Manio la convenció. Y también a Lucio y Antonio. Pero fue ella la que pagó el precio, no Lucio.