Выбрать главу

Bien. Eso bastaría. Antonio vertió un pequeño charco de cera roja fundida al pie de la única página del papiro faniano y apretó en ella su anillo de sello: Hércules invicto en el centro, IMP. M. ANT. TRI. a su alrededor. Se lo había mandado hacer después de aquella conferencia en la isla fluvial en la Galia Cisalpina. Lo que él deseaba era la oportunidad de escribir M. ANT. a DIV. ANT. por Divus Antonius, pero eso no podría ser mientras Octavio existiese.

Por supuesto, tendría que ir a la domus Hortensia para la fiesta de sus hombres antes de la boda y encontró la complacencia de Octavio tan irritante que no pudo evitar hacer un comentario con renovada inquina.

– ¿Cuál es tu opinión de Salvidieno? -le preguntó a su anfitrión.

Octavio pareció encantado ante la mención del nombre. «Creo que de verdad es un mariconazo», pensó Antonio.

– ¡Es el mejor de todos los tipos! -exclamó Octavio-. Lo está haciendo muy bien en la Galia Transalpina. Tan pronto como pueda librarlas, tendrás tus cinco legiones. Los belovacos están causando muchos problemas.

– Oh, todo eso lo sé. ¡Qué tonto eres, Octavio! -dijo Antonio con un tono de desprecio-. El mejor de todos los tipos está negociando conmigo cambiar de bando en nuestra no guerra casi desde que llegó a la Galia Transalpina.

El rostro de Octavio no transmitió nada, ni asombro ni honor; incluso cuando había brillado de afecto por Salvidieno, los ojos no habían participado de verdad. ¿Alguna vez lo hacían?, se preguntó Antonio, incapaz de recordar que lo hubiesen hecho ni una sola vez. Los ojos nunca te decían lo que pensaba de verdad sobre cualquier cosa. Sencillamente observaban. Observaban el comportamiento de todos, incluido a sí mismo, como si ellos y la mente detrás de ellos estuviesen a una distancia de veinte pasos de su cuerpo. ¿Cómo podían dos ojos tan luminosos ser tan opacos?

Octavio habló con naturalidad, incluso de una manera diferente.

– ¿Crees, Antonio, que su conducta se puede considerar traicionera?

– Depende de cómo lo mires. Cambiar de alianza de un romano de buena posición a otro de igual rango podría ser traicionero, pero no es una traición. Sin embargo, si dicha conducta está dirigida a incitar a la guerra civil entre dos iguales entonces sí que es claramente una traición -señaló Antonio que comenzaba a divertirse.

– ¿Tienes alguna prueba tangible que sugiera que Salvidieno deba ser llevado a juicio por maiestas?

– Talentos de pruebas tangibles.

– ¿Tú, si te lo pido, presentarías tus pruebas en el juicio?

– Por supuesto -contestó Antonio con fingida sorpresa-. Es mi deber para un compañero triunviro. Si es convicto, tú te verás privado de un buen general de tropas; algo afortunado para mí, ¿no? Eso, naturalmente, en el caso de que hubiese una guerra civil. Porque yo no lo alistaría en mis filas, Octavio, y mucho menos lo tendría como mi legado. ¿Fuiste tú quien dijo que se podía utilizar a los traidores, pero que nunca se podía confiar en ellos, o fue tu divino papaíto?

– Quien lo dijo no importa. Salvidieno debe marchar.

– ¿A través de la Estigia o a un exilio permanente?

– A través de la Estigia. No obstante, después del juicio en el Senado. No en comida. Demasiado público. En el Senado, a puerta cerrada.

– ¡Algo muy sensato! Sin embargo, algo difícil para ti. Tendrás que enviar a Agripa ahora a la Galia Transalpina que forma parte oficial del triunvirato. Si fuese mía, podría mandar a uno entre varios: por ejemplo, a Pollio. Ahora podré enviar a Pollio a relevar a Censorino en Macedonia, y a Ventidio para que mantenga a raya a Labieno y a Pacoro hasta que pueda ocuparme de los partos en persona -manifestó Antonio, que hizo girar el cuchillo en la herida.

– ¡No hay absolutamente nada que te impida tratar con ellos en persona de inmediato! -replicó Octavio con un tono cáustico-. ¿Qué, tienes miedo de ir demasiado lejos de mí, de Italia y de Sexto Pompeyo, en ese orden?

– ¡Tengo buenas razones para mantenerme cerca de los tres!

– ¡No tienes absolutamente ninguna razón! -replicó Octavio-, No iré a la guerra contra ti bajo ninguna circunstancia, aunque iré a la guerra contra Sexto Pompeyo en el momento que pueda.

– Nuestro pacto te lo impide.

– ¡Una mierda! Sexto Pompeyo fue declarado enemigo público, aparece en las tablillas como hostis, según una ley de la que tú fuiste parte, ¿lo recuerdas? Ya no es gobernador de Sicilia o de ninguna otra parte, es un pirata. Como curator annonae de Roma, es mi deber atraparlo, ya que impide el libre transporte de trigo.

Sorprendido por la temeridad de Octavio, Antonio decidió dar por terminada la conversación, si así se la podía llamar.

– Buena suerte -dijo con un tono de ironía, y se alejó hacia donde estaba Paulo Lépido para verificar el rumor que corría de que Lépido, el hermano del triunviro, estaba a punto de casarse con la hija de Escribonia, Cornelia.

«Si es verdad, cree que es un tipo astuto -pensó Antonio-, pero no lo hará ascender ni un escalón más allá de su considerable dote. Octavio se divorciará de Escribonia tan pronto como derrote a Sexto, y eso significa que debo asegurarme de que ese día nunca llegue. Si Octavio consigue una gran victoria, toda Italia lo adorará. ¿Es el pequeño gusano consciente de que la única razón por la que me mantengo tan cerca de Italia es para mantener el nombre de Marco Antonio vivo a los ojos italianos? Por supuesto que sí.» Octavio gravitó al lado de Agripa.

– Estamos de nuevo en problemas -dijo con voz triste-. Antonio me acaba de decir que nuestro querido Salvidieno ha estado en contacto con él durante meses con la intención de cambiar su alianza. -Sus ojos mostraban un color gris oscuro-. Confieso que fue todo un golpe. No creía que Salvidieno fuese tan tonto.

– Es un movimiento lógico para él, César. Es un pelirrojo de Picenum. ¿Cuándo alguien así ha sido digno de confianza? Se está muriendo por ser un pez grande en un mar grande.

– Eso significa que debo enviarte a ti a gobernar la Galia Transalpina.

Agripa pareció sorprendido.

– ¡No, César!

– ¿Quién más hay? También significa que no podré hacer nada contra Sexto Pompeyo en ningún momento cercano. La suerte está con Antonio, siempre lo está.

– Puedo visitar los astilleros entre Cosa y Genua mientras viajo, pero desde Genua cogeré la Vía Emilia Escaura hasta Placentia; no hay tiempo para seguir la costa todo el camino. César, César, pasarán dos años antes de que pueda volver a casa si hago el trabajo correctamente.

– Debes hacerlo correctamente. No quiero más alzamientos entre los «melenudos», y creo que Divus Julius se equivocó al permitir que los druidas continuasen con sus asuntos. Al parecer, la mayoría de ellos propician que haya descontento.

– ¡Estoy de acuerdo! -El rostro de Agripa se iluminó-. Tengo una idea para mantener a los belgas en orden.

– ¿Cuál? -preguntó Octavio, curioso.

– Instalar hordas de ubios germanos en la ribera gala del Rin. Todas las tribus, desde los nervios hasta los treviros estarán tan ocupados intentando apartar a los germanos de su propia orilla del río que no tendrán tiempo para rebelarse. -Mostró una expresión nostálgica-. Me encantaría imitar a Divus Julius cruzar a Germania.

Octavio se echó a reír.

– Agripa, si quieres darles una lección a los germanos suevos, estoy seguro de que lo harás. Por otro lado, necesitamos a los ubios, por lo tanto, ¿por qué no regalarles tierras más fructíferas? Son la mejor caballería que ha tenido Roma en su historia. Todo lo que puedo decir, mi querido amigo, es que estoy muy feliz de que me hayas escogido. Podría soportar la pérdida de centenares de Salvidienos, pero nunca podría soportar la pérdida de mi único y exclusivo Marco Agripa.