Agripa resplandeció, y en un gesto impulsivo tendió la mano para sujetar el antebrazo de Octavio. Sabía que él era hombre de César hasta la muerte, pero le encantaba ver que éste lo reconocía de palabra o de hecho.
– Lo más importante es a quién tendrás mientras yo esté de servicio en la Galia Transalpina.
– Estatilio Tauro, por supuesto. Sabino, supongo. Calvino, desde luego. Cornelio Galio es inteligente y de fiar siempre que no esté ocupado escribiendo algún poema. Caninas está en Hispania.
– Apóyate mucho en Calvino -fue la réplica de Agripa.
Como Escribonia, Octavia no consideraba correcto vestir de azafrán y rojo en su boda. Por eso, y porque tenía buen gusto, escogió un color que le sentaba bien, un turquesa pálido. Y con el elegante vestido llevaba un magnífico collar y los pendientes que Antonio le había regalado cuando él pasó por la casa del difunto Marcelo Menor para verla un día antes de la ceremonia.
– ¡Oh, Antonio, qué hermoso! -susurró mientras miraba las joyas con asombro. Hecho de oro macizo, el collar se apoyaba como un collar estrecho, y estaba engastado con unas impecables turquesas-. Las piedras no tienen ninguna mancha oscura que estropee su azul.
– Pensé en ellas cuando recordé el color de tus ojos -dijo Antonio, complacido por su evidente deleite-. Cleopatra me las dio para Fulvia.
Ella no desvió la mirada, ni permitió que ni una fracción de luz desapareciese de aquellos ojos tan admirados.
– De verdad, son maravillosas -manifestó, y se puso de puntillas para besarle la mejilla-. Las llevaré mañana.
– Sospecho -prosiguió Antonio sin prestar atención- que no estaban a la altura de las exigencias de Cleopatra cuando se trata de joyas, ya que recibe un montón de regalos. Se podría decir que me da sus descartes. No recibí nada de su dinero -acabó él con un tono amargo-. Ella es una… ah, perdona.
Octavia sonrió de la misma manera que cuando el pequeño Marcelo se portaba mal.
– Puedes ser todo lo profano que quieras, Antonio. No soy una doncella a la que se deba proteger.
– ¿No te importa casarte conmigo? -preguntó, convencido de que debía preguntar.
– Te he amado con todo mi corazón durante muchos años -respondió ella sin hacer ningún intento de ocultar sus emociones. El instinto le dijo que a él le gustaba ser amado, que lo predisponía a amar a su vez, y ella quería eso con desesperación. -¡Nunca lo hubiese adivinado! -dijo él, asombrado. -Por supuesto que no. Yo era la esposa de Marcelo, y leal a mis votos, amarte era algo para mí misma, separado de todo y muy íntimo.
Él notó la familiar sensación en el vientre, la reacción visceral que le advertía que se estaba enamorando. La fortuna estaba de su lado, incluso en eso. El día de mañana, Octavia le pertenecería. No necesitaba preocuparse de que ella mirase a otro hombre cuando no lo había mirado a él durante los siete años que había pertenecido a Marcelo Menor. No es que alguna vez se hubiese preocupado por cualquiera de sus esposas; las tres le habían sido fieles. Pero aquella cuarta era lo mejor del racimo. Elegante, culta, tranquila, de sangre juliana, una princesa republicana. Un hombre tendría que estar muerto para no sentirse atraído por ella. Él inclinó la cabeza y la besó en la boca, de pronto, muy hambriento de ella. El beso le fue devuelto con una sensación de mareo, pero antes de que pudiese consumir el deseo, ella se apartó.
– Mañana -dijo Octavia-. Ahora ven a ver a tus hijos.
La guardería no era una habitación muy grande, y a primera vista parecía repleta con niños pequeños. Su rápido ojo de soldado contó seis que caminaban y uno que saltaba en un catre. Una adorable niña rubia de unos dos años le dio un puntapié en la espinilla a un niño moreno y apuesto de unos cinco El le replicó rápidamente con una bofetada-empujón con la palma de la mano que la hizo caer sobre el trasero con un golpe apenas audible antes de que comenzasen los gritos.
– ¡Mamá, mamá!
– Si causas dolor, Marcia, debes esperar recibir lo mismo a cambio -dijo Octavia sin el menor rastro de bondad-. Ahora deja de chillar o te pegaré por comenzar algo que no puedes terminar.
Los otros cuatro, tres más o menos de la misma edad del niño pequeño y uno un poco más joven que la pequeña rubia, habían visto a Antonio y permanecían con las bocas abiertas, como hacía Marcia, la que había propinado el puntapié, y su víctima, a la que Octavia presentó como Marcelo. A los cinco años, Antillo tenía vagos recuerdos de su padre, pero no estaba seguro de que aquel gigante fuese realmente su padre hasta que Octavia le aseguró que sí lo era. Entonces él sencillamente miró, demasiado asustado para tender sus brazos para un abrazo. Julio, que aún no tenía dos años, se echó a llorar sonoramente cuando el gigante avanzó hacia él. Octavia lo cogió con grandes risas y se lo entregó a Antonio, que muy pronto lo hizo sonreír. En aquel momento, Antillo tendió los brazos para el abrazo, y también fue cogido.
– Son unos niños muy bonitos, ¿verdad? -preguntó ella-. Serán tan grandes como tú cuando crezcan. La mitad de mino puede esperar a ver cómo serán con coraza y botas, y la otra mitad lo teme, porque entonces ya estarán fuera de mis cuidados.
Antonio respondió algo, pero su mente estaba en otra parte; era Marcia quien lo intrigaba. ¿Marcia? ¿Marcia? ¿Quién era ella, y por qué llamaba mamá a Octavia? Aunque, observó, Antillo y Julio también la llamaban mamá. Aquel que estaba en el catre, rubio como Marcia, era su propia hija, Cellina, según fue informado. Pero ¿de quién era Marcia? Tenía el aspecto juliano, de lo contrario la hubiese considerado una prima rescatada de algún oscuro destino por aquella mujer obsesionada por los niños. Porque claramente lo estaba.
– Por favor, Antonio, ¿puedo tener a Curio? -preguntó | Octavia con una mirada de súplica-. No puedo tenerlo sin tu permiso, pero necesita con urgencia estabilidad y supervisión. Tiene casi once años y es un salvaje.
Antonio parpadeó.
– Puedes quedarte con el mocoso, Octavia. Pero ¿por qué quieres cargarte con otro niño?
– Porque es infeliz, y ningún niño de su edad debe serlo. Echa de menos a su mamá, y no hace caso a su pedagogo (un hombre muy ridículo e inapropiado para esa tarea), y la mayoría de las veces se le encuentra en el foro comportándose como un idiota. Otros dos años o más y estará robando bolsos.
Antonio sonrió.
– Bueno, Curio el Censor, su padre y amigo mío, hizo mucho de eso en sus días. Era un autócrata avaro y de mente estrecha que solía encerrar a Curio. Yo haré que lo suelte, pero crearemos un caos. Quizá tú eres lo que este Curio necesita.
– ¡Oh, muchas gracias! -Octavia cerró la puerta de la guardería y se escuchó un coro de protestas; al parecer ella pasaba más tiempo con ellos cuando no venía, y por eso culpaban al gigante, incluso Antillo y Julio.
– ¿Quién es Marcia? -preguntó Antonio.
– Mi hermanastra. Mamá me tuvo a mí, su primera hija, a los dieciocho, y a Marcia, a los cuarenta y cuatro.
– ¿Quieres decir que es hija de Atia y Filipo Júnior?
– Sí, por supuesto. Ella vino a mí cuando mamá no pudo cuidarla adecuadamente. Las articulaciones de mamá están hinchadas y le duelen muchísimo.
– Pero ¡Octavio nunca mencionó su existencia! Sé que finge que su madre está muerta, pero una hermanastra. Dioses, esto es ridículo.
– En realidad, dos hermanastras. No olvides que nuestro padre tuvo a una hija con su primera esposa. Ahora tiene cuarenta años.