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– ¡Sí, pero…! -Antonio continuó sacudiendo la cabeza como un boxeador que ha recibido demasiados golpes.

– ¡Oh, vamos, Antonio, tú conoces a mi hermano! Aunque lo quiero muchísimo, veo sus faltas. Es demasiado consciente de su posición como para querer una hermanastra veinte años menor. ¡Qué indigno! Además, siente que Roma no lo tomará en serio si su juventud se ve reforzada por una hermana pequeña que es de conocimiento público. No ayudó que Marcia fuese concebida tan poco después de la muerte de nuestro pobre padrastro. Roma ha perdonado a mamá su desliz hace mucho tiempo. Pero César nunca lo hará. Además, Marcia vino a mí antes de que pudiese caminar, y las personas pierden la cuenta. -Se echó a reír-. Aquellos que conocen a los miembros de mi guardería creen que es mía porque se parece a mí.

– ¿Tanto amas a los niños?

– Amores una palabra demasiado pequeña, demasiado abusada y mal utilizada. Daría mi vida por un niño, así como suena

– Sin importar de quién sea el niño.

– Así es. Siempre he creído que los niños son la oportunidad para que las personas hagan algo heroico con sus vidas -procurar ver que todos sus propios errores han de ser rectificados para no repetirlos.

Al día siguiente, los sirvientes del difunto Marcelo Menor llevaron a los niños al palacio de mármol de Pompeyo Magno en el Carinae, aquellos destinados a quedarse y atender la casa de Marcelo Menor lloraban porque perdían a la señora Octavia. La casa que ahora debían cuidar pertenecía al pequeño Marcelo, pero no podría vivir en ella durante muchos años. Antonio, que era el albacea del testamento, había decidido no alquilarla, pero su secretario, Lucilio, era un estricto supervisor y encargado. Ninguna oportunidad para el ocio y dejar que la casa decayese.

Al anochecer, Antonio llevó a su nueva esposa a través del umbral del palacio de Pompeyo, una casa que había visto a Pompeyo llevar a Julia sobre aquel mismo umbral para vivir seis años de gloria que habían acabado con su muerte en el parto. «Que no sea ése mi destino», pensó Octavia, sin aliento ante la facilidad con que su marido la había alzado y luego depositado en el suelo para recibir el fuego y el agua, pasar a las manos de ella y, por lo tanto, asumir su posición como señora de la casa. Lo que parecían ser un centenar de criados miraron, suspiraron y exclamaron, para después dedicarle un suave aplauso. La reputación de la señora Octavia como la más bondadosa y comprensiva de las mujeres la había precedido. Los más viejos de entre ellos, especialmente el mayordomo Egon, soñaban que la casa florecería como había hecho con Julia; para ellos, Fulvia había sido exigente, pero poco interesada en los asuntos domésticos.

No había escapado a la atención de Octavia que su hermano parecía tan complacido como complaciente, aunque precisamente el porqué se le escapaba. Sí, él había confiado en cerrar la brecha al organizar aquel matrimonio, pero no sabía qué podía obtener de él, como era el caso de todos los que asistían a la ceremonia. Lo más atemorizador era el presentimiento de Octavia de que César contaba con su fracaso. «¡Bueno -se juró-, no fracasará por mi culpa!»

Su primera noche con Antonio fue puro placer, un placer mucho más grande que la suma de todas sus noches con Marcelo Menor. Que a su nuevo marido le gustaban las mujeres era evidente por la manera que la tocaba; murmuraba su propio deleite al estar cerca de ella. De alguna manera, él la despojó de las inhibiciones de toda una vida, dio la bienvenida a sus caricias y los pequeños ruidos de asombrado placer, dejó que ella lo explorase como si nunca hubiese sido explorado antes. Para Octavia, él era el amante perfecto, sensual y sexual, y no, como había esperado, preocupado sólo por sus propios deseos. Las palabras de amor y los actos de amor se fundieron en un continuo placer tan maravilloso que lloró. En el momento en que se durmió, extasiada, hubiese muerto por él. Con la misma alegría que lo hubiese hecho por un niño.

Por la mañana comprendió que Antonio estaba afectado de la misma manera; cuando ella intentó levantarse para atender sus obligaciones, todo comenzó de nuevo, más hermoso por la ligera sensación de conocimiento y más satisfactorio por su aumentado conocimiento de lo que ella necesitaba, y él se sentía tan feliz de proveer.

«¡Oh, excelente! -pensó Octavio cuando vio a la pareja dos días más tarde en una cena ofrecida por Gneo Domitio Calvino-. Yo tenía razón, son tan opuestos que están encantados el uno con el otro. Ahora sólo tengo que esperar a que él se canse de ella. Lo hará. ¡Lo hará! Debo hacer ofrendas a Quirino para que él la deje por un amor extranjero, no por uno romano, y a Júpiter, mejor y más grande que Roma, que aprovechará su inevitable desencanto con mi hermana. ¡Míralo, rebosante de amor! Tan sentimental como una niña de quince años. ¡Cómo desprecio a las personas que sucumben a una enfermedad tan trivial y poco atractiva! A mí nunca me ocurrirá eso, lo sé. Mi mente controla mis emociones, no soy vulnerable a ese almibarado asunto. ¿Cómo puede Octavia caer ante su interpretación? Ella lo mantendrá cautivado durante al menos dos años, pero es poco probable más allá de eso. Su bondad y la dulzura de carácter son una novedad para él, pero él no es bueno ni de naturaleza dulce, su fascinación por la virtud pasará y luego desaparecerá en una típica tempestad de rechazo antoniano.

»Me pondré a trabajar infatigablemente para desparramar la palabra de este casamiento a todo lo largo y lo ancho, mandaré a mis agentes que hablen de él incesantemente en todas las ciudades, pueblos y municipios de Italia y la Galia Cisalpina. Hasta ahora, los he tenido defendiendo mi propio caso enumerando las perfidias de Sexto Pompeyo, describiendo la indiferencia de Marco Antonio al sufrimiento de su patria. Pero durante el próximo invierno dejarán de decir esas cosas y cantarán alabanzas no de esta unión en sí misma, sino de la señora Octavia, hermana de César y la encarnación de todo lo que debe ser una matrona romana. Levantaré estatuas de ella, todas las que me pueda permitir, y continuaré así hasta que la península gima bajo su peso. ¡Ah, ahora lo veo! Octavia, tan casta y virtuosa como deshonrada era Lucrecia; Octavia, más digna de respeto que una virgen vestal; Octavia, la domadora del irresponsable palurdo Marco Antonio; Octavia, la persona que ha salvado ella sola a su país de los males de la guerra civil. ¡Sí, Octavia Púdica debe tener todos los méritos! Para el momento en que mis agentes acaben con el asunto. Octavia Púdica estará tan cerca de ser una diosa como Cornelia, la madre de los Graco. De esa manera, cuando Antonio la abandone, todos los romanos e italianos lo condenarán y le tildarán de bruto, despiadado monstruo regido por la lujuria.

»¡Oh, si pudiese ver el futuro! Si supiese la identidad de la mujer por la que Antonio abandonará a Octavia Púdica… Haré ofrendas a todos los dioses romanos para que ella sea alguien a quien todos los romanos e italianos puedan odiar, y odiar, y odiar, si es posible, y cambiar la culpa de la conducta de Antonio a su influencia sobre él. La haré parecer tan perversa como Circe, tan vana como Helena de Troya, tan maligna como Nedea, tan cruel como Clitemnestra, tan letal como Medusa. Y si no es ninguna de éstas, la haré parecer así. Mandaré a mis agentes a que inicien otra campaña de rumores, crearé a un demonio de esta mujer desconocida de la misma manera que estoy a punto de crear a una diosa a partir de mi hermana.

»¡Hay muchas otras maneras para derribar a un hombre que no sea ir a la guerra contra él, qué desperdicio de vidas y prosperidad! ¡Cuánto dinero cuesta! El dinero se debe utilizar para la mayor gloria de Roma.

»¡Ten cuidado conmigo, Antonio! Pero no lo tendrás, porque crees que soy tan inútil como afeminado. No soy Divus Julius, no, pero soy un digno heredero de su nombre. Vela tus ojos, Antonio, sé ciego. Te atraparé, incluso a costa de la felicidad de mi amada hermana. Si Cornelia, la madre de los Graco, no hubiese tenido una vida atormentada por el dolor y la desilusión, las mujeres romanas no pondrían flores en su tumba. Así deberá ser por Octavia Púdica.