– ¿Desde cuándo tienes sentimientos? Mentulam caco!
Mientras Octavio estaba asqueado ante aquella obscenidad, Antonio se marchó, dominado por una furia que incluso a Octavia le resultó difícil de aliviar.
En aquel momento, Gneo Asinio Pollio, al fin cónsul con todo su rango en virtud de haber asumido sus atribuciones, hacer su ofrenda y jurar el cargo, apareció en escena. Se había preguntado qué podía hacer para ennoblecer dos meses de cargo, y ahora tuvo la respuesta: conseguir que Sexto Pompeyo tomase conciencia de la situación. Una cierta justicia le decía que ese hijo menor de un gran hombre tenía algo de derecho de su parte: tenía diecisiete años cuando su padre fue asesinado en Egipto, no había cumplido los veinte cuando su hermano mayor murió en Munda, él había tenido que permanecer impotente mientras un Senado y un pueblo vengativo lo obligaban a una vida fuera de la ley al negarle la oportunidad de recuperar la fortuna de la familia. Todo lo que hubiese hecho falta para evitar esta actual y terrible situación era un decreto senatorial que le permitiese regresar a casa y heredar la posición y la fortuna de su padre. Pero lo primero había sido deliberadamente manchado para aumentar la reputación de sus enemigos y lo segundo había desaparecido hacía tiempo en el pozo sin fondo del financiamiento de la guerra civil.
«Sin embargo -pensó Pollio, que citó a Antonio, a Octavio y a Mecenas a una reunión en su casa-, puedo intentar que nuestros triunviros vean que es necesario hacer algo positivo.»
– Si no es así -dijo mientras bebía vino aguado en su sala de negociaciones- no pasará mucho tiempo antes de que todos los presentes en esta habitación acaben muertos a manos de la masa. Dado que la masa no tiene idea de gobernar, aparecerá un nuevo grupo de amos de Roma; hombres cuyos nombres ni siquiera puedo adivinar ascenderán muy alto desde tales profundidades. Esto no es algo que quiera como final de mi vida. Lo que quiero es retirarme, con la frente cubierta de laureles, para escribir una historia de nuestros tiempos turbulentos.
– Una frase muy bien dicha -murmuró Mecenas cuando sus dos superiores no dijeron nada en absoluto.
– ¿Qué estás diciendo exactamente, Pollio? -preguntó Octavio después de una larga pausa-. ¿Que nosotros, que hemos sufrido a este irresponsable ladrón durante años, hemos visto los cofres del tesoro vacíos debido a sus actividades, debemos callarnos y alabarlo? ¿Decirle que todo está perdonado y que puede volver a casa? Bah.
– Veamos -dijo Antonio con aspecto de hombre de Estado-. Es un poco duro, ¿no? La opinión de Pollio de que Sexto no es tan malo tiene algo de justicia. Personalmente, creo que Sexto ha sido un tanto maltratado, de aquí mi renuencia, Octavio, a aplastar al chico; quiero decir al joven.
– ¡Hipócrita! -gritó Octavio, más furioso de lo que cualquiera de los presentes lo hubiese visto-. Es muy fácil para ti ser bondadoso y comprensivo, haragán, que pasas tus inviernos entregado a la lujuria y a las francachelas mientras yo lucho para alimentar a cuatro millones de personas. ¿Dónde está el dinero que necesito para hacer eso? Vaya, en las cajas de ese patético, pobre e injustamente maltratado muchacho. ¡Porque bóvedas debe de tener, ya que me ha quitado tanto! Cuando m exprime, Antonio, exprime a Roma e Italia.
Mecenas apoyó una mano en el hombro de Octavio; parecía gentil, pero los dedos se clavaron tan fuerte que Octavio hizo una mueca y la apartó.
– No he pedido que vengas hoy aquí a escuchar lo que Son esencialmente diferencias personales -afirmó Pollio con tono fuerte-. Os he pedido que vengáis para ver si entre todos podemos encontrar la manera de tratar con Sexto Pompeyo que sea considerablemente más barata que una guerra en el mar La respuesta es la negociación, no el conflicto. Esperaba de ti que fueses uno de los que lo comprendiese, Octavio.
– Antes haría un pacto con Pacoro para darle todo Oriente -replicó Octavio.
– Comienza a parecer como si no quisieses una solución -dijo Antonio.
– ¡Quiero una solución! ¡La única! Que es: quemar hasta el último de sus barcos, ejecutar a sus almirantes, vender a sus tripulaciones y soldados como esclavos y dejarlo libre para que emigre a Escitia. Porque hasta que no admitamos que es eso lo que debemos hacer, Sexto Pompeyo continuará matando de hambre a Roma e Italia a su capricho. Ese desgraciado no tiene sustancia ni honor.
– Propongo, Pollio, que enviemos una embajada a Sexto y le pida que se reúna con nosotros en una conferencia en… ¿Puteoli? Sí, Puteoli parece un buen lugar -dijo Antonio, que rebosaba buena voluntad.
– Estoy de acuerdo -afirmó Octavio en el acto, algo que sorprendió a todos, incluido Mecenas. ¿Su estallido había sido algo calculado en lugar de espontáneo? ¿Qué se traía entre manos?
Poco después, Pollio cambió de tema, después de que Octavio aceptase ir a la conferencia en Puteoli sin discusión.
– Será algo que te tocará a ti, Mecenas -dijo Pollio-. Pretendo marchar de inmediato a mi proconsulado en Macedonia. El Senado puede tener nombrados suffecius consulis para el resto del año. Un nundinum en Roma es suficiente para mí.
– ¿Cuántas legiones quieres? -preguntó Antonio, aliviado de discutir algo indiscutible en sus límites.
– Creo que seis me bastarán.
– ¡Bien! Eso significa que puedo darle a Ventidio once para que se las lleve a Oriente. Podrá contener a Pacoro y Labieno donde están por el momento. -Antonio sonrió-. Ventidio, un viejo y buen muletero.
– Quizá mejor de lo que crees -señaló Pollio con un tono seco.
– Me lo creeré cuando lo vea. No brilló exactamente mientras mi hermano estaba atrapado en Perusia.
– Tampoco yo, Antonio -replicó Pollio-. Quizá nuestra inactividad se debió a que cierto triunviro no respondió sus cartas.
– Me marcho, si no os importa -dijo Octavio y se levantó-. La mera mención de cartas es suficiente para recordarme que debo escribir un centenar de ellas. Es en momentos como éste cuando deseo tener la capacidad de Divus Julius para mantener ocupados a cuatro secretarios a la vez.
Octavio y Mecenas se marcharon. Pollio miró a Antonio con expresión de furia.
– Tu problema, Marco, es que eres perezoso y chapucero -dijo con un tono amargo-. Si no te levantas pronto de tu podex y haces algo, quizá encuentres que es demasiado tarde para hacerlo.
– Tu problema, como Pollio, es que eres un quisquilloso.
– Planeo se queja, y él encabeza una facción.
– Pues deja que se queje en Éfeso. Cuanto antes se vaya a gobernar la provincia de Asia, mejor.
– ¿Qué pasa con Ahenobarbo?
– Puede continuar gobernando Bitinia.
– ¿Qué hay de los clientes-reinos? Deiotaro está muerto y Galacia está en la ruina.
– Oh, no te preocupes, tengo algunas ideas -respondió Antonio, complacido, para después bostezar-. ¡Dioses, cómo odio Roma en invierno!
X
El pacto de Puteoli con Sexto Pompeyo se concluyó a finales de verano. Lo que Antonio creyó que él no divulgaría, pero que Antonio sabía, era que Sexto no se comportaría como un hombre honorable; en el fondo, era un señor picentino convertido en un pirata e incapaz de mantener su palabra. A cambio de aceptar el libre paso del trigo a Italia, Sexto recibió el reconocimiento oficial como gobernador de Sicilia, Cerdeña y Córcega; también recibió el Peloponeso griego, mil talentos de plata y el derecho a ser elegido cónsul dentro de cuatro años, con Libo como su sucesor al año siguiente. Una farsa, como comprendían todos los que tenían un cerebro más grande que un guisante. «Cómo te debes de estar riendo, Sexto Pompeyo», pensó Octavio acabadas las discusiones.