Octavio también había necesitado escapar; algunas veces las personas lo cansaban, no importaba lo bien intencionadas de sus atenciones o lo indiscutible de su lealtad. La vieja Fregellae estaba cerca de Fabrateria Nova, la ciudad construid» para reemplazarla. Disfrutando del sol, levantó su rostro hacia el cielo sin nubes y dejó vagar su mente sin dirección, algo que no hacía con frecuencia. Aquel lugar en ruinas tenía una extraña seducción, quizá debido a su tranquilidad: el zumbido de las abejas en lugar de las charlas humanas en el mercado, el débil canto de algún pájaro en lugar de los gritos de los vendedores. ¡Paz! ¡Qué hermosa, qué necesaria!
Podía haber sido porque había permitido a su mente aquel momento de libertad que lo invadió en la soledad; por una vez en su atareada vida fue consciente de que nadie estaba allí por él; oh, sí, Agripa, pero no era eso a lo que él se refería. Alguien pendiente sólo de él a la manera de una madre o una esposa aquel delicioso componente de feminidad y devoción desinteresada que Octavia le daba a Antonio o -¡maldita sea!-mamá le había dado a Filipo Júnior. Pero ¡no, él no pensaría en Atia y en su falta de castidad! Mejor pensar en su hermana, la mujer romana más dulce que hubiese existido. ¿Por qué un aburrido como Antonio recibía tanta felicidad? ¿Por qué no tenía él a su propia Octavia, por muy diferente que fuese de su propia hermana?
Tomó conciencia de que alguien caminaba entre los desolados trozos de piedra de Fregellae, una mujer que, al verlo, parecía dispuesta a escapar; luego, ella se sentó en la base de una columna, con lágrimas en sus mejillas resplandecientes debido a la fuerte luz. En un primer momento creyó que era una aparición, pero al hacer una pausa aceptó que era real. Un rostro encantador se volvió primero hacia él y después miró al suelo. Unas hermosas manos aletearon y después se cruzaron en el regazo; ninguna joya las adornaba, pero nada hablaba de sus humildes orígenes. Comprendió en sus huesos que aquélla era una gran señora. Algún instinto en su interior escapó de su jaula y gritó con tal éxtasis que de pronto él comprendió el mensaje divino: ella le había sido enviada, un divino regalo que él no podía rechazar. Casi le gritó en voz alta a su padre divino, luego sacudió la cabeza. «¡Háblale, rompe el hechizo!»
– ¿Te molesto? -preguntó él con una maravillosa sonrisa.
– ¡No, no! -exclamó ella, y se enjugó la última lágrima de su rostro-. ¡No!
Él se sentó a sus pies y la miró con una expresión cómica a aquellos sorprendentes ojos de pronto tiernos.
– Por un momento creí que eras la diosa del mercado dijo él-, y ahora veo un dolor que puede ser el llanto por el destino de Fregellae. Pero no eres una diosa, todavía. Algún día te convertiré en una.
¡Eran unas palabras embriagadoras! Ella no lo comprendía, y lo consideró un tanto loco. Sin embargo, en un instante, en menos tiempo del que tarda en caer un rayo, ella se enamoró.
– Tengo un poco de tiempo -manifestó ella con un nudo en la garganta-, y quería ver las ruinas. Son tan pacíficas. Cuánto deseo la paz! -Esto último lo dijo con pasión.
– Oh, sí, una vez que los hombres acaban con un lugar, desaparecen todos sus terrores. Emana la paz de los muertos, pero tú eres demasiado joven para estar preparándote para la muerte. Mi tío bisabuelo Cayo Mario encontró una vez a otro de mis tíos bisabuelos, Sila, aquí, en medio de la desolación. Algo así como un respiro. Ambos estaban ocupados en hacer otros lugares tan muertos como Fregellae.
– ¿Tú también has hecho eso? -preguntó ella.
– No con intención. Prefiero construir a destruir. Aunque nunca reconstruiré Fregellae. Es mi monumento a ti.
¡Más locuras!
– Bromeas, y yo soy un objeto que no lo merece.
– ¿Cómo podría bromear cuando he visto tus lágrimas? ¿Por qué lloras?
– Autocompasión -contestó ella con toda sinceridad.
– La respuesta de una buena esposa. Tú eres una buena esposa, ¿no es así?
Ella miró su sencilla alianza de oro.
– Procuro serlo, pero algunas veces es difícil.
– No lo sería, de ser yo tu marido. ¿Quién es él?
– Tiberio Claudio Nerón.
Su aliento siseó.
– ¡Ah! Ése. ¿Y tú eres?
– Livia Drusilia.
– De una vieja y buena familia. También una heredera.
– Ya no. Mi dote ha desaparecido.
– Eso implica que Nerón la gastó.
– Sí, después de la huida. En realidad, soy una Claudia de los Nerones.
– Así que tu esposo es tu primo hermano. ¿Tienes hijos?
– Uno, de cuatro años. -Bajó las negras pestañas-. Otro en mi vientre. Debo tomar la medicina -añadió. Ecastor, ¿porqué le había dicho eso a un absoluto desconocido?
– ¿Quieres tomar la medicina?
– Sí y no.
– ¿Por qué sí?
– No me gustan mi marido ni mi primer hijo.
– ¿Y por qué no?
– Porque tengo el presentimiento de que no habrá más hijos de mi vientre. Bona Dea me habló cuando le hice una ofrenda en Capua.
– Acabo de venir de Capua, pero no te vi allí.
– Ni yo a ti.
Se hizo un silencio dulce y sereno, y en su periferia trinaban las alondras y los pequeños insectos cantaban en la hierba una parte intrínseca del mismo, como si incluso el silencio tuviese capas.
«Estoy aprisionada en un hechizo», pensó Livia Drusilia.
– Podría estar sentada aquí para siempre -dijo ella con voz ronca.
– Yo también, pero sólo si tú estás conmigo.
Temerosa de que él se moviera para tocarla y ella no tener la fuerza suficiente para apartarlo, rompió el hechizo con una voz brusca.
– Vistes la toga praetexta, pero eres demasiado joven. ¿Eso significa que eres uno de los compañeros de Octavio?
– No soy un compañero. Soy César.
Ella se levantó de un salto.
– ¿Octavio? ¿Tú eres Octavio?
– Declino responder a ese nombre -manifestó él, pero no con furia-. Soy César Divi Filius. Algún día seré César Rómulo por un decreto del Senado ratificado por el pueblo. Cuando haya conquistado a mis enemigos y no tenga rival.
– Mi marido es tu enemigo jurado.
– ¿Nerón? -Él se echó a reír, divertido de verdad-. Nerón no es nada.
– Es mi marido y árbitro de mi destino.
– Querrás decir que eres su propiedad. ¡Lo conozco! Demasiados hombres incluyen a sus esposas con las bestias y los esclavos. Es una gran pena, Livia Drusilia. Yo creo que una esposa debe ser la más preciada compañera de un hombre, no un objeto.
– ¿Es así como consideras a tu esposa? -preguntó ella mientras él se levantaba-. ¿Como tu compañera?
– No a mi actual esposa. Ella no tiene inteligencia, pobre mujer. -Su toga estaba un tanto desarreglada; él acomodó los pliegues-. Debo marcharme, Livia Drusilia.
– Y yo, César.
Se volvieron para caminar en dirección a la posada.
– Voy de camino a la Galia Transalpina -dijo él en el cruce del camino-. Iba a ser una estancia prolongada, pero después de conocerte no lo podrá ser. Regresaré antes de que acabe el invierno. -Sus blancos dientes contrastaron con la piel bronceada cuando sonrió-. Cuando regrese, Livia Drusilia, me casaré contigo.
– Ya estoy casada, y soy fiel a mis votos. -Ella se irguió en toda su estatura con una dignidad conmovedora-. No soy Servilia, César. No romperé mis votos ni siquiera contigo.
– ¡Por eso me casaré contigo! -Él tomó el desvío de la izquierda sin mirar atrás, aunque su voz fue claramente audible-. Sí, y Nerón nunca se divorciará de ti para que te cases con alguien como yo, ¿verdad? ¡Qué terrible situación! ¿Cómo se podrá resolver?