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Pero algo le había sucedido a Octavio en su viaje de regreso a Roma después de una visita a los campos de entrenamiento de la legión instalados alrededor de la vieja ciudad militar de Capua. Escribonia tenía sus propios ojos y oídos para percatarse de ello, pero también tenía a varios sirvientes, incluido Cayo Julio Burgundino, que era el mayordomo de Octavio y el nieto del amado liberto germano de Divus Julius, Burgundus, que la mantenían informada. Aunque siempre se quedaba en Roma como mayordomo de la domus Hortensia, tenía tantos hermanos, hermanas, tíos y tías sirviendo a Octavio que algunos de ellos siempre acompañaban a su patrón allí donde viajase. Octavio había salido a dar un paseo por Fregellae -según Burgundino, que venía cargado con noticias- y había vuelto de un humor que nunca nadie había visto antes. La teoría de Burgundino era que parecía como si lo hubiera visitado un dios, pero era sencillamente una de tantas.

Escribonia temía una enfermedad mental, porque el calmo y discreto Octavio se mostraba irritable, de mal genio y crítico de cosas a las que generalmente no hacía caso. De haberlo conocido tan bien como lo conocía Agripa, ella hubiese visto todo esto como una prueba de su autodesprecio, y hubiera acertado. En cambio, intentó recordarle que necesitaba su fuerza, y, por lo tanto, debía comer.

– Necesitas tu fuerza, querido, así que debes comer -le dijo cuando le sirvió una cena deliciosa que había escogido-. Mañana marchas a Narbo, y no te servirán ninguno de tus platos favoritos. ¡Por favor, César, come!

– Tace! -exclamó él y se levantó del diván-. ¡Ten cuidado con tus modales, Escribonia! Te estás convirtiendo en una arpía -Se tambaleó, con un pie levantado, mientras un sirviente se esforzaba en abrocharle el zapato-. ¡Humm! ¡Buena palabra! ¡Una auténtica arpía, un monstruo!

A partir de aquel momento, y hasta que ella escuchó los sonidos de su partida a la mañana siguiente, no lo volvió a ver. Corrió, con las lágrimas rodando por sus mejillas, y llegó a tiempo para ver su cabeza dorada cuando desaparecía en el carro, la capota levantada contra la lluvia que caía. César dejaba Roma, y Roma lloraba.

– ¡Se ha marchado sin decirme adiós! -le gritó a Burgundino, que estaba a su lado, la cabeza gacha.

Él le tendió un pergamino, con la mirada puesta en cualquier parte menos en ella.

Domina, César me ordenó que te diese esto.

Por la presente te concedo el divorcio.

Mis razones son éstas: vejez, arpía, malos modales, incompatibilidad y extravagancia.

Le he dado órdenes a mi mayordomo para que te traslade a ti y a nuestros hijos a mi vieja domus, en el Ox Heads, cerca de la Curiae Veteres, donde vivirás y criarás a mi hija como corresponde a su elevada posición. Deberá ser bien educada y no se le pondrá a hilar o tejer. Mis banqueros te pagarán una asignación adecuada, y podrás disponer como quieras de tu dote. Ten presente que puedo poner punto final a este generoso arreglo en cualquier momento, y lo haré si escucho cualquier rumor acerca de tu comportamiento. En ese caso, te devolveré a tu padre y asumiré la custodia de Julia; además, no te permitiré que la veas.

Estaba sellado con la esfinge. Escribonia lo dejó caer de los dedos, que, de pronto, se habían quedado entumecidos y sentó en un banco de mármol con la cabeza entre las rodillas para aliviar el mareo.

– Se ha acabado -le dijo a Burgundino, que seguía al lado.

– Sí, domina -respondió él con voz amable; le había gritado.

– Pero ¡si no he hecho nada! ¡No soy una arpía! No soy ninguna de esas cosas horribles que menciona. ¡Vieja! ¡Aún no ha cumplido los treinta y cinco!

– Las órdenes de César son que debes marcharte hoy, domina.

– ¡Si no he hecho nada! ¡No me merezco esto!

«Pobre mujer, lo irritaste -pensó Burgundino, obligado al silencio por los vínculos de cliente-. Él le dirá a todo el mundo que eres una arpía sólo para salvar la cara. ¡Pobre mujer! Y pobre la pequeña Julia.»

Marco Vipsanio Agripa estaba en Narbo porque los aquitanos habían estado causando problemas, y lo habían obligado a enseñarles que Roma aún producía excelentes tropas y generales muy competentes.

– Saqueé Burdigala, pero no la incendié -le dijo a Octavio cuando llegó después de un agotador viaje que lo había visto sucumbir ¡§ asma por primera vez en dos años-. Ni oro ni plata, pero una montaña de buenas ruedas de carro con flejes de hierro, cuatro mil excelentes barriles y mil quinientos hombres de buen físico para vender como esclavos en Massilia. Los vendedores se están frotando las manos de alegría; ha pasado mucho tiempo desde que los mercados vieron una mercadería de primera clase. No me pareció político esclavizar a las mujeres y a los niños, pero siempre puedo hacerlo si lo deseas.

– No, pero si tú lo deseas. Las ganancias de los esclavos son tuyas, Agripa.

– No durante esta campaña, César. Los hombres nos darán dos mil talentos, a los que pienso darles un destino mejor que guardarlos en mi bolsa. Mis necesidades son pocas, y tú siempre cuidarás de mí.

Octavio se sentó más erguido, los ojos brillantes.

– ¡Un plan! ¡Tienes un plan! ¡Explícamelo!

Como respuesta, Agripa se levantó para buscar un mapa y lo extendió sobre su mesa. Octavio se inclinó sobre él y vio que representaba con considerables detalles la zona alrededor de Puteoli, el principal puerto de Campania, a un centenar de millas al sudoeste de Roma.

– Llegará el día en que tendrás las suficientes naves de guerra para poder derrotar a Sexto Pompeyo -dijo Agripa, que mantuvo un tono neutral-. Calculo que unas cuatrocientas naves. Pero ¿dónde hay una bahía lo bastante grande como para acoger a la mitad? Brundisium. Tarentum. Sin embargo, ambos puertos están separados de la costa toscana por el estrecho de Messana, donde Sexto está siempre a la espera. Por consiguiente no podemos anclar nuestras flotas en Brundisium o Tarentum. Miremos ahora los puertos del mar Tirreno: Puteoli está demasiado congestionado por las naves comerciales, Ostia tiene el problema de los barcos, Surrentum está abarrotado con barcas pesqueras y Cosa debe ser mantenido para los lingotes de hierro de Ilva. A esto hay que añadir que son vulnerables a un ataque de Sexto, incluso si pudiesen acoger a cuatrocientas grandes naves.

– Soy consciente de todo esto -manifestó Octavio con voz cansada; el asma le había robado sus fuerzas. Su puño cayó sobre el mapa-. ¡Inútil, inútil!

– Hay una alternativa, César. La he estado pensando desde que comencé a visitar los astilleros. -La mano grande y bien formada de Agripa sobrevoló el mapa, y su dedo índice señaló dos pequeños lagos cerca de Puteoli-. Aquí está nuestra respuesta, César. Los lagos Lucrino y Avernio. El primero es poco profundo y sus aguas son calentadas por los Campos de Fuego. El segundo es insondable, con el agua tan fría que debe de llevar directamente al ultramundo.

– Bueno, es lo bastante oscuro y lúgubre, en cualquier caso -dijo Octavio, que era un escéptico religioso-. Ningún campesino talará el bosque a su alrededor por miedo a enfadar a los lémures.

– El bosque debe desaparecer -manifestó Agripa con un tono enérgico-. Pretendo unir el lago Lucrino con el Avernio por medio de varios grandes canales. Luego derribaré el dique que hay en el lago Lucrino y que lo separa del mar para que las aguas marinas inunden el lago. El agua de mar pasará por los canales y poco a poco convertirá en salado el lago Avernio.

El rostro de Octavio mostró una expresión donde se combinaban el asombro y la incredulidad.

– Pero el dique fue construido sobre la lengua de tierra que separa el lago Lucrino del mar para asegurar que las aguas del lago tuviesen exactamente la temperatura y la salinidad correctas para criar ostras -señaló, su mente fija en el fisco-. Dejar que entre el mar destruiría los cultivos de ostras. ¡Agripa, tendrás a centenares de criadores de ostras que pedirán tu ciudadanía, tu sangre y tu cabeza!