– Podrán tener de nuevo sus ostras cuando derrotes a Sexto de una vez por todas -replicó Agripa, sin preocuparse un ápice por arruinar una industria que venía existiendo desde generaciones-. Lo que yo derribe lo podrán levantar de nuevo más tarde. Si esto se hace como lo imagino, César, tendremos una enorme extensión de agua calma y protegida donde anclar todas nuestras flotas. No sólo eso, también podremos entrenar a las tripulaciones y a los marinos en el arte de la guerra naval sin necesidad de preocuparnos de un ataque de Sexto. La entrada será demasiado estrecha para que dos de sus naves puedan pasar a la vez. Para asegurarnos de que no nos aceche lejos de la costa, a la espera de que salgamos, voy a construir dos grandes túneles entre el Avernio y la playa, en Cumae. Nuestras naves podrán remar por estos túneles con total impunidad y surgir para atacar a Sexto por el flanco.
Esta exposición sacudió a Octavio como si lo hubiesen sumergido en agua helada.
– Eres otro César -dijo con voz pausada, tan asombrado que olvidó llamar a su padre adoptivo Divus Julius-. Éste es un plan cesáreo, una obra maestra de la ingeniería.
– ¿Yo otro Divus Julius? -Agripa pareció asombrado-. No, César, la idea es puro sentido común y su ejecución un tema de duro trabajo, no de un genio de la ingeniería. Al ir de un astillero a otro he tenido mucho tiempo para pensar. Una cosa que había olvidado es el hecho de que los barcos no se pueden impulsara sí mismos. Desde luego tendremos algunas flotas completamente tripuladas, pero quizá dos tercios serán naves nuevas sin tripulación. La mayoría de las galleras que he encargado son quinquerremes, aunque he tomado tres de los astilleros que no están equipados para transformarlas en algo cercano a los doscientos pies de eslora y los veinticinco pies de manga.
– Los quinquerremes son muy lentos -señaló Octavio, y demostró que no era un completo ignorante cuando se trataba de galeras de guerra.
– Sí, pero los quinquerremes tienen la ventaja del tamaño y pueden llevar dos terribles espolones de bronce. He preferido los quinquerremes modificados (no más de dos hombres con remos en tres bancadas), dos, dos y uno. Mucho espacio en cubierta para un centenar de marinos, además de catapultas y ballestas. A una media de treinta bancadas por lado, suman trescientos remeros por nave. Además de treinta tripulantes.
– Comienzo a ver tu problema. Pero, por supuesto, tú lo has resuelto. Trescientas veces, trescientos remeros: un total de noventa mil. Además, cuarenta y cinco mil marineros y veinte mil tripulantes. -Octavio se estiró como un gato contento-. No soy un general de tropas o almirante de flotas, pero soy un maestro de la ciencia de la logística.
– ¿Preferirías tener ciento cincuenta marineros por barco más que cien?
– Eso creo. Se lanzarían sobre el enemigo como hormigas.
– Veinte mil hombres me bastarán para empezar -dijo Agripa-. Quiero comenzar por construir el puerto, y, para eso, alguien puede presionar a los ex esclavos que vagan por Italia a la búsqueda de latifundios que tus repartidores de tierras han dividido para los veteranos. Yo les pagaré con los beneficios de la venta de esclavos, los alimentaré y les daré albergue. Si sirven para algo, más tarde podrán entrenarse como remeros.
– Un empleo con incentivos -comentó Octavio con una sonrisa-. Eso es inteligente. Esos pobres diablos no tienen nada para volver a casa, por consiguiente, ¿por qué no ofrecerles casas y estómagos llenos? Antes o después acabarán en Lucania para convertirse en bandidos. Esto es mucho mejor. -Chasqueó la lengua-. Esto va a ser lento, mucho más lento de lo que esperaba. ¿Cuánto, Agripa?
– Cuatro años, César, incluido el que viene, pero no en el que estamos.
– Sexto nunca cumplirá el pacto ni la tercera parte de ese tiempo. -Las largas pestañas doradas bajaron para ocultar los ojos-. Mucho menos ahora que me he divorciado de Escribonia.
– Cacat! ¿Por qué?
– Es una arpía, y no soporto más vivir con ella. Todo lo que yo quiero, ella no lo quiere. Así que se queja, se queja y se queja.
La astuta mirada de Agripa no se apartó del rostro de Octavio. «Vaya, parece que el viento ha cambiado de dirección. Ahora sopla de un cuadrante que no identifico. César está planeando algo, las señales son inconfundibles. ¿Qué estará planeando que requiere el divorcio con Escribonia? ¿Una arpía? ¿Una quejica? Eso no encaja, César, no puedes engañarme.»
– Necesitaré a varios hombres para que supervisen el trabajo en los lagos. ¿Te importa si los escojo? Es probable que sean ingenieros militares de mis propias legiones. Pero necesitarán protección de alguien con poder. Un propretor, si tienes alguno del que puedas prescindir.
– No, tengo un procónsul, si te vale.
– ¿Un procónsul? ¡No será Calvino, qué pena! Qué lástima que lo enviaras a Hispania. Él sería ideal.
– Se le necesita en Hispania. Hay tropas amotinadas.
– Lo sé. El problema allí comenzó con Sertorio.
– ¡Sertorio estuvo allí hace más de treinta años! ¿Cómo puede ser el culpable?
– Alistó a pueblos locales y les enseñó a luchar como romanos. Por eso ahora las legiones de Hispania son, en su mayor parte, eso: hispanas. Un grupo feroz, pero no bebieron la disciplina romana con las leches de sus madres. Una razón por la que no intentaré el mismo experimento en las Galias, César. Pero volvamos a nuestro tema. ¿Quién?
– Sabino. Incluso si hubiese una provincia que necesitase un nuevo gobernador (que no la hay), Sabino no la quiere, Quiere permanecer en Italia y participar en las maniobras navales cuando ocurran. -Esbozó una sonrisa-. No será muy agradable escucharlo cuando descubra que faltan cuatro años. No le confiaría las legiones, pero creo que será un excelente supervisor de ingenieros para Puerto Julio. Es así como llamaremos a tu puerto.
Agripa se echó a reír.
– ¡Pobre Sabino! Nunca se perdonará aquella maldita batalla mientras César conquistaba la Galia Transalpina.
– Se creía muy grande entonces, y también se lo cree ahora. Te lo enviaré para que lo prepares a fondo en lo que se debe hacer. ¿Estarás aquí en Narbo?
– No, a menos que se dé prisa, César. Marcho a Germania.
– ¡Agripa! ¿En serio?
– Muy en serio. Los suevos están furiosos y se han acostumbrado a ver lo que queda del puente de César a través del Rin. No es que vaya a utilizarlo. Voy a construir mi propio puente, corriente arriba. Los ubios comen de mi mano, así que no quiero que ellos o los queruscos se asusten. Por lo tanto, entraré en territorio suevo.
– ¿En el bosque?
– No. Lo haría, pero las tropas tienen miedo de los Bacenis; es demasiado oscuro y lúgubre. Creen que hay un germano detrás de cada árbol, por no hablar de los osos, los lobos y los auroeos.
– ¿Los hay?
– Detrás de algunos, por lo menos. No tengas miedo, César, iré con cuidado.
Dado que era políticamente correcto que e) heredero de César se presentase a sí mismo a las legiones de la Galia, Octavio permaneció el tiempo suficiente para visitar a cada una de las seis legiones acampadas alrededor de Narbo, y caminó entre los soldados y les dedicó la vieja sonrisa de César; muchos eran veteranos de las guerras galas, y se habían alistado de nuevo por el puro aburrimiento en la vida civil. «Eso tenía que acabarse», pensó Octavio mientras hacía sus rondas, la mano derecha destrozada de tantos entusiastas apretones. Algunos de estos hombres se habían convertido en grandes propietarios de tierras a través de una docena de alistamientos; se los licencia, se hacen con diez iugera cada uno, y un año más tarde están de vuelta para otra campaña. Entran, salen, entran, salen, y cada vez acumulan más tierra. Roma necesita tener un ejército permanente, sus hombres alistados para servir veinte años sin licencia. Luego, al final, recibirán una pensión monetaria en lugar de tierra. Italia no es tan grande, e instalarlos en las Galias, las Hispanias, o Bitinia o donde sea no les gusta. Son romanos y añoran una vejez en casa. Mi padre divino acomodó a la décima en los alrededores de Narbo porque se amotinaron, pero ¿dónde están estos hombres ahora? Pues en las legiones de Agripa.