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«Un ejército debe estar donde está el peligro, dispuesto a luchar en un nundinum. Se acabó eso de enviar pretores a reclutar, equipar y entrenar tropas con una prisa tremenda alrededor de Capua, para después enviarlos en una marcha de mil millas a enfrentarse con el enemigo de inmediato. Capua continuará siendo el campo de entrenamiento, sí, pero en el momento en que un soldado haya acabado su instrucción, debe ser enviado inmediatamente a alguna frontera para incorporarse a una legión ya instalada allí. Cayo Mario abrió las legiones al alistamiento de los pobres del Censo por Cabezas; ¡oh, cómo lo odiaron los boni por eso! Para los botti (los hombres buenos), los pobres del Censo por Cabezas no tenían nada que defender, ni tierras ni propiedades. Pero los soldados del Censo por Cabezas resultaron ser incluso más valientes que los viejos propietarios, y ahora las legiones de Roma están formadas exclusivamente por el Censo por Cabezas. Hubo una vez en que los proletarios no tenían nada que dar a Roma excepto hijos; ahora le dan a Roma su valor y sus vidas. ¡Una brillante jugada. Cayo Mario!»

Divus Julius era un extraño. Sus legionarios lo adoraban mucho antes de ser deificado, pero él nunca se preocupó en iniciar los cambios que pedía a gritos el ejército. Ni siquiera pensaba en ellos como un ejército, sino como legiones. Era un hombre constitucional, alguien a quien le desagradaba cambiar la Constitución, el mos maiorum, pese a todo lo que los boni dijeron. Pero Divus Julius se había equivocado en cuanto al mos maiorum.

Hacía falta desde hacía tiempo un nuevo mos maiorum. La frase podía significar la manera como siempre se habían hecho las cosas, pero los recuerdos de las personas son cortos, y un nuevo mos maiorum se convertiría en otra sagrada reliquia. «Ahora es el momento para una estructura política diferente, una más adecuada para gobernar un gran imperio. ¿Puedo yo, César Divi Filius, permitir verme secuestrado por un puñado de hombres decididos a arrebatarme mi poder político? Divus Julius permitió que eso le ocurriese, tuvo que cruzar el Rubicón en un acto de rebeldía para salvarse. Pero un buen mos maiorum nunca hubiese permitido que los Cato Uticenses, los Marcelo y los Pompeyo empujasen a mi divino padre a estar fuera de la ley. Un buen mos maiorum lo hubiese protegido, porque no había hecho nada que aquel sapo orgulloso de Pompeyo Magno no hubiese hecho una docena de veces. Era el caso clásico de una ley para ese hombre, Pompeyo, pero otra ley para aquel otro hombre, César. A César se le había partido el corazón ante la mancha en su honor, de la misma manera que se le había roto cuando la Novena y la Décima se amotinaron. Ninguna de estas cosas hubiese ocurrido de haber mantenido un ojo más atento y un mayor control, sobre todo, desde sus locos oponentes políticos hasta sus inquietos parientes. ¡Bueno, eso no va a ocurrirme a mí! Voy a cambiar el mos maiorum y la manera de gobernar Roma para que se acomode a mí y a mis necesidades. No me veré declarado fuera de la ley. No libraré una guerra civil. Lo que deba hacer lo haré legalmente.»

Habló de todo esto con Agripa durante la cena en su último día en Narbo, pero no habló de su divorcio, de Livia Drusilia o del dilema de elección al que se enfrentaba. Porque vio, como a plena luz del sol de verano, que Agripa debía ser mantenido aparte de sus tribulaciones emocionales. Eran una carga inadecuada para Agripa, que no era su mellizo o su padre divino, sino un ejecutivo militar y civil de su propia creación. Su invencible brazo derecho.

Al finalizar la velada besó a Agripa en ambas mejillas y subió a su carro para el largo viaje de regreso a casa, hecho toda vía más largo por su decisión de visitar a todas las demás legiones en la Galia Transalpina. Todos debían ver y conocer al heredero de César, todos debían haber estado ligados a él personalmente. Porque ¿quién sabía dónde o cuándo necesitaría de su alianza?

Incluso con este duro programa, regresó a casa mucho antes de finales de año, sus prioridades estaban ya establecidas en un orden definitivo, algunas de extrema urgencia. Pero la primera en su lista era Livia Drusilia. Sólo con ese asunto resuelto estaría en condiciones de aplicar su mente a cosas más importantes. Porque en sí mismo no era una cosa importante; debía su poder sólo a una debilidad en él, una deficiencia que no podía descubrir, y a la que había renunciado a intentarlo. Por consiguiente, lo mejor era acabar con aquello de una vez.

Mecenas estaba de regreso en Roma felizmente casado con su Terencia, cuya tía abuela, la formidable y fea viuda del augusto Cicerón, aprobaba firmemente la unión ya que Mecenas era un hombre encantador y de buena familia. Era unos años mayor que Cicerón, tenía más de setenta, pero aún controlaba su inmensa fortuna con mano de hierro y un enciclopédico conocimiento de la leyes religiosas que le permitían evadir el pago de impuestos. La guerra civil de César contra Pompeyo Magno había visto a su familia dispersa y arruinada; el único sobreviviente era su hijo, un irascible borracho al que ella despreciaba. Así pues, había lugar para un hombre en su duro y viejo lecho, y Mecenas se acostó en él con toda comodidad. ¿Quién sabe? Quizá algún día sería el heredero de su fortuna, aunque en privado le informó a Octavio de que estaba convencido de que ella viviría más que todos ellos, y que había encontrado la manera de llevarse el dinero con ella cuando se muriera.

Por lo tanto, Mecenas estaba disponible para negociar con Nerón; el único problema radicaba en el hecho de que Octavio aún no le había dicho ni una palabra de su pasión por Livia Drusilia a nadie, ni siquiera a Mecenas, quien sin duda lo escucharía con expresión grave y luego intentaría convencerlo para que desistiera de esa estrafalaria unión. Tampoco, dada la estupidez de Nerón y lo intratable que era, permitiría a Mecenas disfrutar de sus habituales ventajas. En su mente. Octavio había equiparado este enamoramiento con la intimidad de las funciones corporales; nadie debía verlo o escucharlo. Los dioses no defecaban, y él era el hijo de un dios que algún día sería también un dios. Había mucho en la religión oficial que él consideraba mera tontería, pero su escepticismo no incluía a Divus Julius o a su propia condición, que él no consideraba a la manera griega. No había ningún Divus Julius sentado en lo alto de una montaña o vivienda en el templo que Octavio construía para Divus Julius en el foro; no, Divus Julius era una fuerza incorpórea cuya adicción al Panteón de fuerzas había aumentado el poder romano, la excelencia militar romana. Una parte había entrado en Agripa, de eso estaba seguro. Y mucho había entrado en él; lo notaba circulando por sus venas, y había aprendido el truco de formar una pirámide con los dedos para que la fuerza fuese todavía mayor.

¿Un hombre así confesaba sus debilidades a otro hombre? No, no lo hacía. Podía confesar sus frustraciones, sus esfuerzos, sus momentos de depresión práctica, pero nunca las debilidades o los fallos en su carácter. Por lo tanto, quedaba descartado utilizar a Mecenas. Tendría que conducir estas negociaciones él solo.

El veintitrés de septiembre era el día de su cumpleaños, y ahora había celebrado veinticuatro. Una niebla había descendido sobre los años inmediatamente después del asesinato de su divino padre; no recordaba muy bien cómo había conseguido la fuerza para embarcarse en su carrera, consciente de que algunos de sus actos se debían a la locura de la juventud. No obstante, habían dado buen resultado, y era eso lo que recordaba. Filipos había sido un refugio, porque, después de aquello, lo recordaba todo con absoluta claridad. Sabía por qué. Después de Filipos se había enfrentado a Antonio y había ganado. Una sencilla petición: la cabeza de Bruto. Había sido entonces cuando su futuro se había desplegado delante de su mirada interior y había visto su camino. Antonio había cedido después de una representación que iba desde una furia aterrorizadora hasta unas lágrimas patéticas. Sí, había cedido.