Sus encuentros con Antonio no habían sido numerosos desde entonces, pero en cada uno de ellos se había encontrado más fuerte, hasta que, en el último de ellos, había hablado con toda claridad sin siquiera el más mínimo temblor en su respiración. Ya no era el igual de Antonio; era el superior de Antonio. Quizá porque Divus Julius nunca había conseguido doblegarlo, Cato Uticenses acudió a su mente, y comprendió por fin aquello que Divus Julius siempre había sabido: que nadie puede doblegar a un hombre que no es consciente de tener una imperfección. «Saca a Cato Uticenses de la ecuación y tienes a Tiberio Claudio Nerón. Otro Catón, pero un Catón sin inteligencia.»
Fue a casa de Nerón a una hora de la mañana que lo vería llegar después de la marcha del último de los clientes de Nerón, pero antes de que el propio Nerón pudiese salir a respirar el aire húmedo del invierno y ver lo que estaba pasando en el foro. De haber sido Nerón un abogado de fama podría haber estado defendiendo a algún noble villano contra las acusaciones de malversación o fraude, pero su abogacía no era valorada; representaba a sus amigos en la cuarta o quinta posición sí se lo pedían, pero ninguno lo había hecho en los últimos tiempos. Su círculo, compuesto por aristócratas tan inútiles como él, era pequeño, y la mayoría de ellos habían seguido a Antonio a Atenas, más que vivir en la Roma de Octavio cargados de impuestos y soportando algaradas.
Nerón se habría quitado un gran peso de encima si hubiera podido declinar aquella visita incómoda, pero la cortesía decía que debía y la escrupulosidad también.
– César Octavio -dijo con voz tensa, y se levantó, pero sin apartarse de la mesa y sin tenderle la mano-. Por favor, siéntate.
No le ofreció vino ni agua, y se sentó de nuevo en su silla para mirar aquel rostro detestado, tan suave, tan joven. Le recordaba que él ahora estaba en la cuarentena y aún no había sido cónsul; sí que había ejercido de pretor el año de Filipos, pero eso no representaba ninguna ayuda para la carrera de nadie, y menos la suya. Si no podía recuperar sus fortunas, nunca sería cónsul, porque para ser elegido necesitaría pagar unos enormes sobornos. Casi un centenar de hombres se presentaban para pretor al año siguiente y el Senado hablaba de permitirá sesenta o más desempeñar el cargo, lo que dejaría libres a una riada de ex pretores para competir por los consulados durante la próxima generación.
– ¿Qué quieres, Octavio? -preguntó. «Suéltalo, es lo mejor», pensó Octavio, decidido.
– Quiero a tu esposa.
Una respuesta que dejó a Nerón sin palabras; con los ojos oscuros como platos, jadeó y tragó, se ahogó, se vio en la necesidad de levantarse y de correr con paso torpe para buscar la jarra de agua.
– Bromeas -dijo al rato, con el pecho agitado.
– De ninguna manera.
– Pero ¡eso es ridículo! -En ese momento, las implicaciones de la petición comenzaron a calar. Con la boca apretada, regresó a su mesa para sentarse de nuevo, las manos apretadas alrededor de los feos contornos de un jarro de cerámica barato, ya que su juego de copas y botellas doradas había desaparecido-. ¿Quieres a mi esposa?
– Sí.
– ¡Que haya sido infiel ya es bastante malo, pero contigo…!
– Ella no ha sido infiel. Sólo la vi una vez, en las ruinas de Fregellae.
Tras decidir que la petición de Octavio no era carnal, si no más bien un misterio, Nerón preguntó:
– ¿Para qué la quieres?
– Para casarme con ella,
– ¡Así de infiel! ¡El hijo es tuyo! ¡La maldigo, la maldigo, la cunnus! ¡Bueno, no la conseguirás por las buenas, sucio cabrón! ¡Saldrá por mi puerta, pero su desgracia será conocida a lo ancho y a lo largo! -El jarro se derramó debido a que las manos que lo sostenían temblaban.
– Ella es inocente de cualquier transgresión, Nerón. Como te he dicho, la vi una sola vez, y desde el principio al final de aquel encuentro se comportó con el más completo decoro y unas maneras exquisitas. Elegiste bien a tu esposa. Es por eso que quiero que sea mi esposa.
Algo en los ojos, por lo general opacos, le dijo que Octavio decía la verdad; con su aparato cerebral ya forzado a sus límites, Nerón recurrió a la lógica.
– Pero ¡las personas no van por allí pidiéndole a los hombres sus esposas! ¡Eso es ridículo! ¿Qué esperas que diga? ¡No sé qué decir! ¡No puede ser verdad! ¡Esta clase de cosas no se hacen! ¡Tienes un poco de sangre noble, Octavio, deberías saber que no se hacen!
Octavio sonrió.
– Si no recuerdo mal -dijo con un tono normal-, el sexagenario Quinto Hortensio fue una vez a ver a Cato Uticenses y le preguntó si podía casarse con su hija, que entonces era una niña. Éste le respondió que no, y entonces le pidió a una de las sobrinas de Cato. Le volvió a decir que no, y Hortensio le pidió a su esposa y Cato dijo que sí. Las esposas, ya ves, no son de la misma sangre, aunque admito que la tuya lo es. Aquella esposa era Marcia, que era mi hermanastra. Hortensio pagó una fortuna por ella, pero Cato no aceptó ni un sestercio. Todo el dinero fue para mi padrastro, Filipos, que siempre estaba corto de dinero. Un epicúreo de los más caros. Quizá si mirases mi petición con la misma luz con que Cato hizo con Hortensio, a lo mejor te resultaría más creíble. Si lo prefieres, cree que, como Hortensio, fui visitado por un sueño donde Júpiter me dijo que debía tasarme con tu esposa. A Cato le pareció un motivo razonable. ¿Por qué no a ti?
Un nuevo pensamiento había aparecido en la mente de Nerón mientras lo escuchaba: ¡estaba atendiendo a un loco! Tranquilo por el momento, pero ¿quién sabía cuándo estallaría en la locura?
– Voy a llamar a mis sirvientes para que te echen -dijo, en la creencia que, dicho de esa manera, no sonaría demasiado incendiario, que no provocaría violencia.
Pero antes de que pudiese abrir la boca para pedir ayuda, el visitante se inclinó sobre la mesa y le sujetó el brazo. Nerón se quedó inmóvil como un ratón clavado por la mirada de un basilisco.
– No hagas eso, Nerón. Al menos deja, primero, que termine. No estoy loco, te doy mi palabra. ¿Me comporto como un loco? Sólo quiero casarme con tu esposa, y para eso es necesario que tú te divorcies de ella. Pero no como una deshonra. Cita razones religiosas, todo el mundo las acepta, y así se resguarda el honor para ambas partes. A cambio de que me cedas esta perla invalorable me ocuparé de aligerar tus presentes dificultades financieras. Es más, las borraré de la existencia mejor que un mago samio. ¿Venga, Nerón, no te gustaría eso?
Los ojos se desviaron bruscamente, para fijarse en un punto más allá del hombro derecho de Octavio, y el delgado rostro saturnino adoptó una expresión de astucia.
– ¿Cómo sabes que tengo problemas financieros?
– Toda Roma lo sabe -replicó Octavio con toda tranquilidad-. En realidad, tendrías que haber depositado tu dinero en las manos de banqueros como Oppio o los Balbo. Los herederos de Flavio Hemicillo son un grupo de bandidos, cualquiera salvo un tonto lo ve. Por desgracia, tú eres un tonto. Nerón. Escuché a mi divino padre decirlo en varias ocasiones.
– ¿Qué está pasando? -gritó Nerón al tiempo que recogía el agua derramada con una servilleta como si aquella insignificante tarea barriese las confusiones del último cuarto de hora-. ¿Te estás burlando de mí? ¿Eso haces?