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– En absoluto, te lo aseguro. Todo lo que te pido es que te divorcies de tu esposa inmediatamente por motivos religiosos. -Buscó en el seno de la toga y sacó un papel plegado-. Están detallados aquí, para evitarte que te dé un dolor de cabeza pensando en algunos. Mientras tanto, yo haré mis propios arreglos con el Colegio de Pontífices y el quindecenviro respecto a mi matrimonio, que pretendo celebrar tan pronto como pueda. -Se levantó-. Por supuesto, no hace falta decir que tendrás la total custodia de tus dos hijos. Cuando nazca el segundo, te lo enviaré de inmediato. Es una pena que no conozcan a su madre, pero lejos de mí está impedir el derecho de un hombre a sus hijos.

– Ah… hum… ah -exclamó Nerón, incapaz de asimilar la habilidad con que había sido manipulado en todo eso.

– Supongo que su dote ya se ha perdido -manifestó Octavio con un toque de desprecio en la voz-. Pagaré tus deudas (de forma anónima), te daré una asignación de cien talentos al año y te ayudaré a los sobornos si buscas el consulado, aunque no estoy en posición de garantizar que seas elegido. Incluso los hijos de los dioses no pueden manejar a la opinión pública de manera efectiva. -Caminó hasta la puerta y se volvió para mirar atrás-. Enviarás a Livia Drusilia a la Casa de las Vestales tan pronto como te divorcies de ella. En el momento en que lo hagas, nuestro asunto estará concluido. Tus primeros cien talentos va están depositados en manos de los hermanos Balbo. Una buena firma.

Dicho esto salió y cerró la puerta silenciosamente.

Mucho de lo que se había hablado se esfumaba de prisa, pero Nerón permaneció sentado e intentó interpretar lo que podía, que era, sobre todo, el alivio de sus preocupaciones monetarias. Aunque Octavio no lo había dicho, una sana beta de autoconservación le dijo a Nerón que tenía dos alternativas: decírselo a todo el mundo o permanecer en silencio para siempre. Si hablaba, las deudas continuarían impagadas y la asignación prometida le sería retirada. Si mantenía la boca cerrada, podría ocupar la posición que se merecía en el más alto nivel de Roma, algo que valoraba más que a cualquier esposa. Por lo tanto, permanecería en silencio.

Desplegó la hoja de papel que le había dado Octavio y leyó las pocas líneas de su única columna con dolorosa lentitud. ¡Sí, sí, aquello salvaría su orgullo! Religiosamente impecable. Porque comenzaba a comprender que si Livia Drusilia era condenada como esposa infiel, él sería un cornudo y se reirían en su cara. Un viejo con una hermosa mujer joven, se presenta otro joven y… ¡oh, eso no podía ser! Que el mundo interpretase lo que quisiese de este fiasco; él se comportaría como si sólo fuera un impedimento religioso lo que se había producido, Acercó una hoja de papel y comenzó a escribir la nota de divorcio; luego, acabado esto, llamó a Livia Drusilia.

Nadie había pensado en decirle que Octavio había venido de visita; por lo tanto, se presentó con el mismo aspecto que siempre mostraba: sumisa y correcta, la esencia de la buena esposa. Decidió que era hermosa mientras la observaba. Sí, era hermosa. Pero ¿por qué Octavio se había encaprichado de ella? Con la posición que tenía, podía escoger a quien quisiese. El poder atraía a las mujeres como la miel a las abejas, y Octavio tenía poder. ¿Qué tenía ella que él hubiera detectado en un único encuentro, mientras que en seis años de matrimonio no se había revelado a su marido? ¿Era él, Nerón, ciego, o es que Octavio vivía una fantasía? Eso último, tenía que ser eso último.

– ¿Sí, domine?

Él le entregó la nota de divorcio.

– Me divorcio de ti ahora mismo, Livia Drusilia, por razones religiosas. Al parecer, un verso en la nueva adición a los Libros sibilinos ha sido interpretado por el quindecenviro como si afectara a nuestro matrimonio, que debe ser disuelto. Debes recoger tus pertenencias y marchar a la Casa de las Vestales ahora mismo.

La sorpresa la dejó muda, anuló sus sentimientos, aturdió su mente. Pero se mantuvo firme sin tambalearse; la única señal exterior del golpe fue la súbita palidez de su rostro.

– ¿Puedo ver al niño? -preguntó ella cuando pudo.

– No. Eso te convertiría en nefas.

– De modo que también debo dar al que tengo todavía en el vientre.

– Sí, en el momento en que nazca.

– ¿Qué pasará conmigo? ¿Me devolverás mi dote?

– No, no te devolveré tu dote ni una parte de ella.

– Entonces, ¿cómo voy a vivir?

– Como te las apañes para vivir ya no es asunto mío. Me han dicho que te envíe a la Casa de las Vestales, eso es todo.

Ella se volvió y regresó a su pequeño dominio, tan atestado con cosas que ella detestaba, desde su rueca hasta su huso, utilizado para ovillar el hilo que serviría para tejer telas que nadie usaría nunca; ella no era adepta a ninguno de esos oficios y no tenía ningún deseo de serlo. El lugar olía en aquella época del año; así pues, se esperaba que ella hiciese manojos de hierba pulguera seca para mantener a los insectos a raya, y llevaba una nundinae de retraso porque odiaba el trabajo. ¡Oh, qué días aquéllos, cuando Nerón le había dado unos pocos sesteros para alquilar libros de la biblioteca de Ático! Ahora todo se había reducido a hilar, tejer y atar.

El bebé comenzó a patearla con crueldad; de nuevo, como su hermano. Podía pasar casi una hora antes de que cesase con sus golpes, de hacer ejercicio a su costa. Muy pronto sus intestinos se revelarían, tendría que correr a la letrina y rogar que nadie estuviese allí para escucharla. Los sirvientes la consideraban por debajo de su estatus porque eran lo bastante listos como para saber que Nerón la consideraba así. Con los pensamientos en desorden, se sentó en el taburete de hilar y miró a través de su ventana el atrio y el dilapidado jardín del peristilo que estaba más allá.

– ¡Quédate quieto, cosa! -le gritó al bebé.

Como por arte de magia cesaron los golpes. ¿Por qué no se le había ocurrido antes? Ahora podía comenzar a pensar.

La libertad, y de un modo con que nadie hubiese podido soñar, y ella menos que todos. ¡Un verso de una adición a los Libros sibilinos! Sabía que cincuenta años atrás Lucio Cornelio Sila había encargado al quindecenviro que buscase en el mundo los fragmentos de los Libros sibilinos parcialmente quemados. ¿Qué estaban haciendo los fragmentos fuera de Roma? Pero ella siempre había creído que aquella colección de abstrusas cuartetas como algo del todo etéreo no tenía ninguna relación con las personas vulgares o acontecimientos vulgares. Los libros proféticos trataban de terremotos, guerras, invasiones, incendios, la muerte de hombres poderosos, el nacimiento de niños destinados a salvar el mundo…

Aunque le había preguntado a Nerón de qué viviría, Livia Drusilia no estaba en absoluto preocupada al respecto. Si los dioses se habían dignado a fijarse en ella -como era obvio que habían hecho- para salvarla de ese horrible matrimonio, entonces no dejarían que descendiese a ofrecerse a los hombres delante de Venus Erucina o que muriese de hambre. El exilio en la Casa de las Vestales debía de ser algo temporal; una vestal era elegida a los seis o siete años de edad, y debía mantener la virginidad durante los treinta años de su servicio, porque su virginidad representaba la buena fortuna de Roma. Tampoco las vestales aceptaban acoger mujeres; ¡ella debía de ser algo muy especial! No se imaginaba lo que podía guardarle el futuro, ni tampoco intentó adivinarlo. Ya era suficiente con estar libre, que por fin su vida fuese a alguna parte.

Tenía un pequeño baúl donde guardaba sus pocas prendas cada vez que viajaba; en el momento en que el mayordomo apareció en menos de una hora para preguntarle si estaba preparada para hacer la caminata desde el Germalus del Palatino hasta el foro, ya estaba hecho y cerrado; ella, envuelta contra el frío en un abrigado mantón, y la nieve que amenazaba. Con sus zapatos con plataforma alta de corcho para mantener los pies limpios de barro, se apresuró todo lo que los zapatos le permitían detrás del sirviente que cargaba su baúl y se quejaba en voz baja de sus cuitas. Bajar los Escalones Vestales le llevó algún tiempo, pero a continuación tuvo que andar un breve y nivelado camino más allá del pequeño y redondo Aedes Vestae, en la entrada lateral de la mitad de la Domus Publica de las vestales. Allí, una sirvienta le entregó su baúl a una fornida mujer gala, y luego la llevó a una habitación donde había una cama, una mesa y una silla.