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– Las letrinas y los baños están por aquel pasillo -le dijo la mayordoma, porque eso era-. No comerás con las damas sagradas, pero te servirán de comer y de beber aquí. La jefa vestal dice que puedes ejercitarte en su jardín, pero no a la misma hora en que ellas lo utilicen. Se me ha dicho que te pregunte si te gusta leer.

– Sí, me encanta leer.

– ¿Qué libros prefieres?

– Cualquier cosa en latín o griego que las damas sagradas consideren conveniente -respondió Livia Drusilia, que estaba bien enseñada.

– ¿Tienes alguna pregunta, domina?

– Sólo una: ¿debo compartir el agua del baño?

Pasaron tres nundinae en una deliciosa paz salpicada con copos de nieve; a sabiendas de que su presencia grávida debía de ir contra todos los preceptos de las vestales. Livia Drusilia no hizo ningún intento de ver a sus anfitrionas, ni tampoco ninguna de ellas, incluida la jefa vestal, vino a visitarla. Pasaba su tiempo dedicada a la lectura, caminando por el jardín o disfrutando del baño en agua limpia y caliente. Las vestales disfrutaban de unas comodidades mucho mayores de las que había ofrecido la casa de Nerón; los asientos de las letrinas eran de mármol, los baños estaban hechos con granito egipcio y su comida era deliciosa. Descubrió que el vino formaba parte del menú.

– Fue el pontífice máximo Ahenobarbo quien reformó el Atrium Vestae hace sesenta años atrás -explicó la mayordomo y después el pontífice máximo César instaló la calefacción del hipocausto en todas las habitaciones, además de las salas de los registros. -Soltó un chasquido-. Nuestro sótano destinado a almacén de testamentos, pero el pontífice máximo César supo cómo aprovecharlo para convertirlo en el mejor hipocausto de Roma. ¡Oh, cuánto lo echamos de menos!

Un hundinum después del Año Nuevo, la mayordoma le trajo una carta. Después de desenrollarla y sujetarla con dos pesas de porfirio, Livia Drusilia se sentó a leer, algo fácil gracias al punto puesto encima de cada nueva palabra. ¿Por qué no hacían eso los copistas de Ático?

Para Livia Drusilia, amor de mi vida, saludos.

Como ésta te dice, yo, César Divi Filius, no te olvidé después de habernos encontrado en Fregellae. Me llevó algún tiempo encontrar la manera para librarte de Tiberio Claudio Nerón sin escándalo ni odio. Le encomendé a mi liberto, Heleno, a buscaren los nuevos Libros sibilinos hasta que encontrase un verso que se pudiese aplicar a ti y a Nerón. Por sí mismo, esto era insuficiente. También tenía que encontrar un verso que se aplicase a ti y a mí, algo más difícil. Este hombre excelente -estoy tan complacido de tenerlo de nuevo conmigo después de estar un año prisionero de Sexto Pompeyo- es en realidad mucho mejor erudito que almirante o general. Estoy tan feliz de escribir esto que me siento como Icaro, que se eleva en el éter. ¡Por favor, mi Livia Drusilia, no me hagas caer! La desilusión me mataría, si la caída no lo hace. Aquí tienes el verso tuyo y el de Nerón:

Marido y esposa, negras como la noche.

Unidos son el padecer de Roma.

Separados deben ser, y pronto

o Roma sufrirá para siempre.

En comparación, el tuyo y el mío

son rosas en Campania:

El hijo de un dios, blanco y de cabellos dorados,

debe tomar como esposa a la madre de dos.

Negra como la noche, de una pareja separada.

Ambos construirán Roma de nuevo.

¿Qué te parece? A mí me gustó cuando lo leí. Heleno es un tipo muy astuto, un experto con los manuscritos. Lo he elevado a la posición de jefe de los secretarios. El diecisiete de este mes de enero tú y yo nos casaremos. Cuando le llevé los dos versos al quindecenviro -soy uno de los Quince Hombres-, ellos aceptaron que mi interpretación era la correcta. Todos los impedimentos y obstáculos fueron barridos y se aprobó una lex curiata que sanciona tu divorcio de Nerón y nuestro casamiento.

La vieja vestal, Apuleya, es mi prima, y aceptó acogerte hasta que nos casemos. Me he comprometido a que, tan pronto como Roma esté recuperada, separaré a las vestales del pontífice máximo y tendrán su propia casa. Te quiero.

Quitó los pesos y dejó que el pergamino se enrollase, luego se levantó y salió de la habitación. La escalera de piedra que daba al sótano no estaba muy lejos; se apresuró por el pasillo hasta allí y bajó antes que nadie la viese. En el Atrium Vestae, todas las sirvientas eran mujeres, libres, para más señas, incluidas aquellas que cortaban leña y alimentaban los hornos que la convertían en carbón. ¡Sí, era afortunada! Habían acabado de cargar los hornos, pero todavía no era el momento de pasar las ascuas al hipocausto para que calentasen el suelo de arriba. Se acercó como una sombra al horno más cercano y arrojó el pergamino a las llamas.

«¿Porqué hice eso? -se preguntó a sí misma cuando estuvo sana y salva de regreso en su habitación, con la respiración agitada por el esfuerzo-. ¡Oh, venga, Livia Drusilia, tú sabes porqué! Porque él te ha escogido, y nunca nadie debe sospechar que te ha tomado cariño tan pronto. Ésta es una casa de mujeres, y todo es asunto de todas. Ellas no se hubiesen atrevido a romper el sello, pero en el momento en que me hubiera vuelto habrían entrado aquí para leer mi carta.

«¡Poder! ¡Me dará poder! Él me quiere, me necesita, se casará conmigo. Juntos construiremos Roma de nuevo. Los Libros sibilinos dicen la verdad, no importa la pluma de quien escribiese el verso. Si mis dos versos son una guía, todos los raíles de versos deben de ser muy tontos. Pero nadie nunca ha pedido que un extático profeta deba ser un Catulo o una Safo. Una mente bien preparada puede inventar tonterías como ésa en un instante.

Hoy son las nonas. Dentro de doce días seré la esposa de César Divi Filius; no puedo subir más alto. Por lo tanto, me corresponde a mí trabajar para él con toda mi fuerza y saber, porque si él cae, yo caigo.

El día de su boda ella vio por fin a la jefa vestal, Apuleya. Aquella dama que inspiraba temor y respeto no tenía aún veinticinco años, pero eso ocurría más de una vez en el Colegio de Vestales; algunas mujeres llegaban a la edad del retiro, a los treinta y cinco años más o menos, al mismo tiempo que nombraban a las mujeres más jóvenes como sus sucesoras. Apuleya podía estar, como mínimo, diez años como jefa vestal, y se estaba moldeando a sí misma con mucho cuidado para ser una amable tirana. ¡Ninguna adorable joven vestal iba a ser acusada de no ser casta bajo su reinado! El castigo, si era encontrada culpable, era ser enterrada viva con una jarra de agua y una hogaza de pan, pero había pasado mucho tiempo desde la última vez que ocurrió algo así, porque las vestales valoraban su posición y consideraban a los hombres como algo más extraño que un caballo a rayas africano.

Apuleya era muy alta, lo que obligó a Livia Drusilia a alzar la cabeza.