– Espero que te des cuenta -dijo la jefa vestal con expresión grave- de que nosotras, las seis vestales, hemos puesto a Roma en peligro al aceptar en nuestra casa a una mujer embarazada.
– Me doy cuenta, y te doy las gracias.
– Las gracias son irrelevantes. Hemos hecho ofrendas y todo está bien, pero si no hubiera sido por el hijo de Divus Julius no hubiésemos aceptado acogerte. Es una señal de tu extrema virtud que ningún daño haya caído sobre nosotras o Roma, pero descansaré tranquila cuando te cases y salgas de aquí. De haber estado el pontífice máximo Lépido en la residencia, quizá hubiese rehusado ponerte en nuestras manos, pero la Vesta del Hogar dice que tú eres necesaria para Roma. Nuestros propios libros también lo dicen. -Le ofreció una túnica recta de un deprimente color marrón que olía mal-. Ahora, vístete. Las pequeñas vestales han tejido para ti este vestido con una lana que nunca ha sido cardada o teñida.
– ¿Adónde voy?
– No muy lejos. Hasta el templo de la Domus Publica que compartimos con el pontífice máximo. No se ha usado para ninguna ceremonia pública desde el funeral del pontífice máximo César después de su cruel muerte. Marco Valerio Messala Corvino, el sacerdote superior en Roma en este momento, presidirá el acto, pero también estarán allí los flaminis y el Rex Sacrorum.
Con la piel quemando por el roce de la prenda, Livia Drusilia siguió a la silueta blanca de Apuleya a través de las enormes salas donde las vestales se ocupaban de sus tareas testamentarias, porque ellas tenían la custodia de varios millones de testamentos que pertenecían a los ciudadanos romanos de todo el mundo, y eran capaces de encontrar un determinado testamento en menos de una hora.
Una sonriente pequeña vestal de unos diez años había peinado los cabellos de Livia Drusilia en seis trenzas y colocado una corona de siete trenzas de lana sobre su frente. Sobre la corona iba un velo que la dejaba casi ciega, de tan grueso y áspero que era. ¡No había ninguna tela roja o azafrán para no atraer las miradas! Estaba vestida para casarse con Rómulo no con César Divi Filius.
Carente de ventanas, el templo era un lugar oscuro con manchas de luz, amarillo, algo aterrorizadoramente sagrado, y así se lo imaginó Livia Drusilia, poblado por las sombras de todos los hombres que habían moldeado la religión romana durante mil años, hasta el mismísimo Eneas. Numa Pompilio y Tarquinio Prisco acechaban allí codo con codo junto a los pontífices máximos Ahenobarbo y César, que observaban silenciosos como una tumba desde la impenetrable oscuridad de cada grieta…
Él esperaba, y no tenía amigos que lo asistiesen. Ella sólo lo reconoció por el brillo de su pelo, un parpadeante punto focal debajo de un enorme candelabro de oro que debía de contener un centenar de velas. También había varios hombres con togas decolores, algunos vestidos con laena, apex y zapatos sin cordones o hebillas. Se le cortó el aliento cuando ella por fin lo comprendió; aquél iba a ser un matrimonio en su forma más antigua, la confarreatio. Él se casaba con ella de por vida; su unión nunca se podría deshacer, a diferencia de una unión ordinaria. Las manos de su futuro marido la ayudaron a sentarse en un asiento conjunto cubierto con piel de oveja mientras el Rex Sacrorum hacía lo mismo con Octavio. Había otras personas en las sombras, pero ella no podía ver quiénes eran. Entonces, Apuleya, que actuaba como prónuba, lanzó un enorme velo sobre los dos. Vestido con la gloria de una toga con rayas púrpuras y rojas, Messala Corvino unió sus manos y dijo unas pocas palabras en un lenguaje arcaico que Livia Drusilia nunca había escuchado antes. Luego, Apuleya partió una torta de mola salsa -una desagradable masa de sal y harina seca- por la mitad y les dio de comer.
La peor parte fue el sacrificio que siguió, una confusa lucha entre Messala Corvino y un cerdo que chillaba porque no había sido adecuadamente drogado. ¿De quién era la culpa, quién no quería ese matrimonio? Se hubiese escapado de no haber sido por el novio, que saltó de debajo del velo y atrapó al cerdo por una pata trasera mientras se reía por lo bajo. Estaba jubiloso.
Se llevó a cabo a trancas y barrancas. Aquellos que eran testigos y verificaban el acto de la confarreatio -cinco miembros de los Livio y cinco miembros de los Octavio- se retiraron cuando terminó. Un débil grito de «Feliciter!» sonó en el aire pesado que apestaba a sangre.
Una litera esperaba en la Vía Sacra; a la novia la depositaron en la litera unos hombres que sostenían antorchas, porque la ceremonia se había prolongado hasta la noche. Livia Drusilia apoyó la cabeza en un blando cojín y dejó que se le cerrasen los párpados. ¡Había sido un día muy largo para alguien que entraba en su octavo mes! ¿Alguna otra mujer había sido sometida a eso alguna vez? Sin duda, era algo único en los anales.
Estaba tan cansada que se durmió mientras la litera se balanceaba y crujía en su dificultosa subida al Palatino, y se despertó aturdida cuando se separaron las cortinas y el resplandor de las antorchas iluminó el interior.
– ¿Qué? ¿Adonde? -preguntó, desconcertada, mientras unas manos la ayudaban a salir.
– Estás en casa, domina -respondió una voz femenina-. Ven, camina conmigo. El baño está preparado. César se reunirá contigo después. Soy la jefa de tus sirvientes, y mi nombre es Sofonisba.
– ¡Tengo tanta hambre!
– Ya habrá comida, domina, pero primero un baño -dijo Sofonisba, que la ayudó a quitarse el maloliente vestido de novia.
«Es un sueño», pensó mientras era conducida hasta una enorme habitación donde había una mesa, dos sillas y, apartados a los rincones, tres divanes desvencijados. Octavio entró cuando ella se sentaba en una de las sillas; lo seguían varios sirvientes cargados con bandejas y platos, servilletas, cuencos y cucharas.
– Me pareció mejor comer al estilo campestre, sentados a una mesa -dijo, y se sentó en la otra silla-. Si usamos un diván, no podré mirarte a los ojos. -Sus propios ojos habían tomado un color dorado a la luz de las lámparas y brillaban de un modo siniestro-. Azul oscuro, con pequeñas rayas doradas. ¡Qué sorprendente! -Tendió una mano para coger la suya y se la besó-. Debes de estar hambrienta, por lo tanto, comienza. ¡Oh, éste es uno de los días más grandes de mi vida! Me he casado contigo, Livia Drusilia, confarreatio, no hay escapatoria.
– No quiero escapar -respondió ella, que mordió un huevo duro y después una rebanada de crujiente pan blanco mojado en aceite-. De verdad que estoy hambrienta.
– Come un polluelo. El cocinero lo preparó en miel y agua. Se hizo el silencio mientras ella comía y él intentaba comer, ocupado en mirarla y ver que era una comensal con unos mójales exquisitos. A diferencia de sus feas manos, las de ella estaban perfectamente formadas, los dedos terminados en unas uñas ovales bien cuidadas; flotaban cuando se movían. ¡Unas manos hermosas, hermosas! Anillos, ella debía tener los mejores anillos-
– Una extraña noche de bodas -comentó ella cuando ya no pudo comer ni un solo bocado más-. ¿Tienes la intención de acostarte conmigo, César?
Él se mostró horrorizado.
– No, por supuesto que no. No se me ocurriría nada más repelente para mí ni para ti. Ya habrá tiempo suficiente, amor mío. Años y años, primero debes tener el hijo de Nerón y recuperarte de eso. ¿Qué edad tienes? ¿Qué edad tenías cuando te [asaste con Nerón? -Tengo veintiuno, y me casé con Nerón cuando tenía quince.
– ¡Eso es repugnante! Ninguna muchacha debería casarse a los quince; no es romano. Los dieciocho es la edad correcta, fío me extraña que fueses tan desdichada. Te juro que no serás desdichada conmigo. Tendrás ocio y amor. El rostro de ella cambió.