Выбрать главу

– Ya he tenido demasiado ocio, César, ése ha sido mi mayor problema. Leer y escribir cartas, hilar, tejer, nada que importase, Quiero un trabajo de algún tipo, un trabajo de verdad. Nerón tenía unas pocas sirvientas, pero el Atrium Vestae estaba lleno de carpinteras, albañiles, yeseras, médicas, dentistas; había incluso una veterinaria que venía a atender al perro faldero de Apuleya. ¡Las envidiaba!

– Espero que el perro faldero fuese una hembra -dijo él con una sonrisa.

– Por supuesto. Gatas y perras. Creo que la vida en el Atrium Vesta es preciosa. Tranquila, pero las vestales tienen un trabajo que hacer y, por lo que me dijo el ama de llaves, las obsesiona. Cualquiera que se precie debe tener un trabajo, y debido a que yo no tengo ninguno, no valgo nada. Te amo, César, ¿pero qué voy a hacer cuando tú no estés aquí?

– No estarás ociosa, eso te lo prometo. ¿Por qué crees que me casé contigo entre todas las mujeres? Porque miré en tus ojos y vi. el espíritu de una auténtica compañera de trabajo. Necesito a un ayudante de verdad a mi lado, alguien en quien pueda confiar literalmente mi vida. Hay tantas cosas que no puedo hacer por falta de tiempo, cosas más adecuadas para una mujer, y cuando estemos juntos en nuestra cama, voy a pedir consejo a una mujer: a ti. Las mujeres ven las cosas de otra manera, y eso es importante. Eres educada y muy inteligente, Livia Drusilia. Acepta mi palabra, quiero trabajar contigo.

Ahora le tocó a ella el turno de sonreír.

– ¿Cómo sabes que tengo todas estas cualidades? Una mirada en mis ojos insinúa unas suposiciones carentes de base.

– Estaba ocupado con tu espíritu.

– Sí, lo comprendo.

Octavio se levantó de prisa, luego se sentó de nuevo.

– Iba a llevarte para que te acostases en aquel diván; debes de estar agotada. Pero no descansará tus huesos, te los castigará. Ya he encontrado tu primera tarea, Livia Drusilia: amuebla este lugar, que parece una basílica, como corresponde al Primer Hombre de Roma.

– Pero ¡no es trabajo de una mujer comprar los muebles! Ése es el privilegio de un hombre.

– No me importa de quién sea el privilegio, no tengo tiempo.

Visiones de colores y estilos ya llenaban su cabeza; ella sonrió, radiante.

– ¿Cuánto dinero puedo gastar?

– Todo el que necesites. Roma es pobre y he gastado mucho de mi herencia en aliviar sus penurias, pero aún no soy un hombre pobre. Madera de cítrico, crisoelefantino, ébano, esmaltes, mármol de Carrara; lo que tú quieras. -De pronto pareció recordar algo, y se levantó-. Vuelvo en un momento.

Cuando regresó traía algo envuelto en una tela roja, y lo dejó sobre la mesa.

– Ábrelo, mi amada esposa. Es tu regalo de bodas. Dentro de la tela había un collar y unos pendientes. Las perlas del collar, que tema siete hileras unidas a un par de placas de oro que descansaban en la nuca y se enganchaban, eran del color de la Luna. Los pendientes tenían cada uno también siete hileras de perlas unidas a una placa de oro que descansaba sobre el lóbulo con un gancho soldado en la parte de atrás.

– ¡Oh, César! -susurró ella, hechizada-. ¡Son hermosas!

Él sonrió, deleitado a la vez por su deleite.

– Como soy un tanto conocido por mi parsimonia, no te diré cuánto me costaron, pero fui afortunado. Faberio Margarita acababa de recibirlas. Las perlas son tan perfectas que cree que fueron hechas para una reina (egipcia o nabatea, probablemente, porque las perlas las traen de Taprobane). Pero estas piezas nunca adornaron un cuello real o unas orejas reales, porque fueron robadas. Es probable que sean muy antiguas. Faberio las encontró en Chipre y las compró por… bueno, no tanto como lo que yo pagué, pero en cualquier caso no le salieron bastas. Te las doy a ti porque el viejo Faberio y yo creemos que nadie las ha usado antes, o las ha pagado. Por lo tanto, son tuyas para que las uses como su primera propietaria, meum mel.

Ella dejó que le colocase las perlas alrededor del cuello, que enganchase los ganchos a través de los agujeros en sus lóbulos luego se puso de pie para que él la admirase, tan llena de alegría que no podía hablar. La perla del tamaño de una fresa de Servilia era una insignificancia comparada con aquéllas; siete hileras. La vieja Clodia tenía un collar con dos hileras, pero ni siquiera Sempronia Aratina podía decir que tenía más de tres.

– Es hora de irse a la cama -dijo él con un tono enérgico, y la sujetó del codo-. Tú tienes tus propias habitaciones, pero si prefieres otras (no sé la vista que prefieres), sólo tienes que decírselo a Burgundino, nuestro mayordomo. ¿Te gusta Sofonisba? ¿Te servirá?

– Me estoy perdiendo en los Campos Elíseos -dijo ella, y permitió que la guiase-. ¡Tantas molestias y gastos por mí! César, te miré y te amé, pero ahora sé que cada día que estaré contigo te amaré más.

III VICTORIAS Y DERROTAS

Del 39 al 37 a J.C.

XI

Publio Ventidio era un picentino de Asculum Picenum, una gran ciudad amurallada en la Vía Salaria, la vieja carretera de la sal que conectaba Firmum Picenum con Roma. Seiscientos años atrás las gentes de las llanuras latinas habían aprendido a extraer la sal de las llanuras de Ostia; la sal era un bien escaso «de mucho valor. Con el tiempo, el comercio pasó a manos de los mercaderes que vivían en Roma, una pequeña ciudad en la orilla del río Tíber, quince millas corriente arriba de Ostia. Los historiadores como Fabio Pictor afirmaban categóricamente que había sido la sal lo que había hecho que Roma fuera la ciudad más grande de Italia, y a su gente, la más poderosa.

Fuera como fuese, cuando Ventidio nació en el seno de una rica y aristocrática familia asculana el año anterior al que Marco Livio Druso fuese asesinado, Asculum Picenum se había convertido en el centro del Picenum sureño. Edificada en un valle entre las estribaciones y las altas cumbres de los Apeninos, bien protegida por sus altas murallas de los marrucinos y los paelignos, las vecinas tribus italianas, Asculum era el centro de una próspera región dedicada al cultivo de manzanas, peras y almendras, cosa que significaba también la venta de una excelente miel y, además, de la jalea hecha con la fruta no adecuada para enviarla al Forum Holitorium, en Roma. Sus mujeres se ocupaban de una industria casera de finas telas en un tono azul muy atractivo que se conseguía de una flor propia de la región.

Pero Asculum se hizo notorio por una razón totalmente diferente: fue allí donde se cometió la primera atrocidad de la guerra italiana, cuando los habitantes, hartos de ser discriminados por el pequeño grupo de residentes romanos, asesinaron a los doscientos ciudadanos y a un pretor que estaba de visita durante la representación de una obra de Plauto. Cuando las dos legiones al mando del tío de Divus Julius, Sexto César, llegaron para aplicar el castigo, cerró sus puertas y soportó un asedio de dos años. Sexto César murió de una pulmonía durante un frío invierno y fue sucedido por Gneo Pompeyo Strabo Carnifex. Aquel bizco señor de la guerra picentino estaba orgulloso de sus logros, debido a los cuales se había ganado el apodo de Carnicero, pero sería eclipsado por su hijo Pompeyo Magno. Acompañado por su hijo de diecisiete años y el amigo de su hijo, Marco Tulio Cicerón, Pompeyo Strabo procedió a demostrar que carecía totalmente de piedad. Diseñó la manera de desviar el suministro de agua de la ciudad, que se obtenía de un acuífero debajo del lecho del río Tronto. Pero la sumisión no llegó a satisfacer a Pompeyo Strabo, decidido a enseñarles a los asculanos que no podían asesinar a un pretor romano haciéndolo literalmente picadillo. Azotó y decapitó a todos los varones asculanos entre la edad de quince y setenta años, un ejercicio de logística que era difícil de resolver. Después de dejar cinco mil cuerpos decapitados para que se pudriesen en la plaza del mercado, Pompeyo Strabo llevó a trece mil mujeres, niños y ancianos fuera de la ciudad y los abandonó en las garras de un terrible invierno sin comida ni ropa de abrigo. Fue después de aquella brutal matanza cuando Cicerón, asqueado a más no poder, pidió pasar al servicio de Sila en el teatro sur de la guerra.