El pequeño Ventidio tenía cuatro años, y se salvó del destino de su madre, su abuela, sus tías y sus hermanas, que perecieron en las nieves de los Apeninos. Él fue uno de un reducido número de niños muy pequeños que Pompeyo Strabo salvó para que desfilasen en su triunfo; un triunfo que escandalizó a los hombres decentes de Roma. Se suponía que los triunfos se celebraban por victorias conseguidas sobre los enemigos extranjeros, no italianos. Delgado, hambriento, cubierto de llagas, el pequeño Ventidio fue empujado a lo largo de la marcha de dos millas desde el Campo de Marte hasta el foro romano y luego expulsado de Roma para que se las apañase por sí mismo. Tenía cinco años.
Pero los italianos, ya fuesen picentinos, marsos, marrucinos, frentanos, samnitas o lucanos, eran de la misma raza que los romanos, e igual de difíciles de matar. Ventidio, que robaba comida cuando no podía pedirla, llegó hasta Reate, que era territorio sabino. Allí, un criador de mulas llamado Considio le dio empleo: limpiar los establos de sus yeguas de cría. Aquellas resistentes yeguas de una raza especial eran apareadas con burros para engendrar las soberbias mulas que se vendían muy caras a las legiones romanas, que necesitaban mulas de primera calidad, a un promedio de seiscientas por legión. Que Reate fuese el centro de esa industria se debía a su situación en la Rosea Rura, un cuenco de la mejor hierba; si era un hecho real o una mera superstición, todos creían que las mulas criadas en la Rosea Rura eran mejores que las de cualquier otro lugar.
Él era un buen chico, nervudo y fuerte, y trabajaba hasta el agotamiento. Con sus rizos rubios y sus brillantes ojos azules, Ventidio descubrió, con el tiempo, que si miraba a las mujeres del establecimiento con una mezcla de añoranza y admiración conseguía más comida y mantas para taparse cuando dormía en un nido de aromática paja.
A los veinte años era un joven grande, musculoso gracias al trabajo duro y notablemente experto en la crianza de mulas. Considio, maldecido con un hijo juerguista, encargó a Ventidio la administración de su finca mientras su hijo se marchaba a Roma para dedicarse a beber, a jugar y a rodearse de cortesanas. Eso dejó a Considio con un solo descendiente, una hija que desde hacía tiempo estaba enamorada de Publio Ventidio y en aquellos momentos se atrevió a preguntarte a su padre si podía casarse con él. Considio dio su consentimiento, y cuando murió le dejó sus quinientas iugera de Rosea Rura a Ventidio.
El muchacho, que era tan inteligente como trabajador, tuvo mas éxito en la cría de mulas que algunos de los sabinos que llevaban trabajando en esa industria durante siglos; incluso consiguió sobrevivir a aquellos terribles años cuando el lago que regaba la hierba de la Rosea Rura fue vaciado para alimentar un canal de riego utilizado por los cultivadores de fresas de Amiternum. Por fortuna, el Senado y el pueblo de Roma consideraban a las mulas más importantes que las fresas, por lo que el canal fue rellenado y la Rosea Rura recuperó su fertilidad.
Pero, en realidad, no quería pasar la vida como mulero. Cuando el banquero gaditano Lucio Cornelio Balbo se convirtió en el praefectus fabrum de César -el responsable de abastecer a sus legiones-, Ventidio frecuentó a Balbo y se aseguró una audiencia con César. A él le confió su ambición secreta: Ventidio quería entrar en la política romana, alcanzar el cargo de pretor y comandar ejércitos.
– Seré un político mediocre -le dijo a César-, pero sé que puedo comandar legiones.
César le creyó. Dejó la finca de la cría de mulas al cuidado de su hijo mayor y a Considia y se convirtió en uno de los legados de César, tras la muerte de éste transfirió su alianza a Marco Antonio. Allí estaba, por fin, el gran mando con el que había soñado.
– Pollio tiene once legiones, y no necesita más que siete -le dijo Antonio antes de dejar Roma-. Te puedo dar once y Pollio te cederá cuatro de las suyas. Quince legiones y la caballería que puedas reunir en Galacia tendrían que bastar para enfrentarte a Labieno y Pacoro. Elige a tus propios legados, Ventidio, y recuerda tus limitaciones. Debes realizar una campaña de contención contra los partos hasta que yo llegue al campo. Déjame el castigo a mí.
– Entonces, Antonio, con tu permiso me llevaré a Quinto Poppaedio Silo como mi legado jefe. -Ventidio sonrió, al tiempo que intentaba ocultar su entusiasmo-. Es un buen hombre que ha heredado la capacidad militar de su padre.
– Espléndido. Zarpa de Brundisium tan pronto como hayan cesado los vientos equinocciales; no puedes marchar por la Vía Egnatia, te llevará demasiado tiempo. Navega hasta Éfeso y comienza tu campaña expulsando a Quinto Labieno de Anatolia. Si llegas a Éfeso para el mes de mayo, tendrás tiempo más que suficiente.
Brundisium no tuvo ninguna objeción en bajar la pesada cadena de la bahía y permitir que Ventidio y Silo cargaran sus 66.000 hombres, 6.000 mulas, 600 carretas y 600 piezas de artillería a bordo de 500 transportes de tropas que habían aparecido como por arte de magia en la entrada de la bahía auspiciados por alguna fuente no revelada. Lo más probable, una parte del botín de Antonio.
– Los hombres estarán apretados como sardinas en una tinaja, pero no tendrán demasiadas ocasiones para quejarse de navegar a lo largo del camino -le dijo Silo a Ventidio-. Pueden remar. Debemos cargarlo todo, incluso la artillería.
– Bien. Una vez pasado el cabo Taenarum habremos dejado atrás lo peor.
Silo pareció preocupado.
– ¿Qué hay de Sexto Pompeyo, que ahora es dueño del Peloponeso y el cabo Taenarum?
– Antonio me aseguró que no intentará detenernos.
– He oído que está de nuevo en el mar Tirreno.
– No me importa lo que haga en el mar Tirreno, mientras deje en paz el mar Jónico.
– ¿De dónde consiguió Antonio tantos transportes? Aquí hay más de los que Pompeyo Magno o César consiguieron reunir.
– Los reunió después de Filipos y se aferró a ellos; los trajo a lo largo de la costa adriática de Macedonia y Epirus. Muchos estuvieron varados alrededor de la bahía de Ambracia, donde también tiene cien naves de guerra. En realidad, Antonio tiene más barcos de guerra que Sexto. Es una desdicha que estén llegando al final de su vida útil, aunque estén en cobertizos. Tiene una enorme flota en Thasos y otra en Atenas. Finge que la de Atenas es la única, pero ahora sabemos que no es verdad. Confío en ti. Silo. No me traiciones.
– Mi boca está sellada, tienes mi juramento. Pero ¿por qué se aferra Antonio a ellas, y a qué viene el secreto?
Ventidio pareció sorprendido.
– Para el día en que vaya a la guerra contra Octavio.
– Ruego para que ese día nunca llegue -dijo Silo-. El secreto significa que no tiene la intención de derrotar a Sexto. -Pareció intrigado, furioso-. Cuando mi padre dirigió a los marsos y después a todos los pueblos italianos contra Roma, los transportes y las flotas de guerra pertenecían al Estado. Ahora que Italia y Roma están en pie de igualdad en cuanto a las propiedades, el Estado se sienta en los bancos de atrás mientras los comandantes se sientan en las primeras filas. Hay algo que no está bien cuando los hombres como Antonio consideran la propiedad del Estado como su propiedad privada. Soy leal a Antonio y seguiré siendo leal, pero no puedo aprobar la manera como están las cosas.
– Tampoco yo -declaró Ventidio con voz ronca.
– Son los inocentes los que sufrirán si se desata una guerra civil.
Ventidio pensó en su infancia e hizo una mueca. -Supongo que los dioses están más dispuestos a proteger a aquellos lo bastante ricos como para ofrecerles los mejores sacrificios. ¿Qué es una paloma o un pollo comparado con un toro blanco? Además, es mejor ser un auténtico romano, Silo, ambos lo sabemos.