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– ¡General, mira! -dijo cuando fue capaz.

– Ya estoy mirando.

El proyectil no había abierto un agujero en el cuero blando, había hecho una abertura irregular, y descansaba en el fondo de un relleno de tierra y paja.

– El problema con tus muñecos -señaló Ventidio- es que no tienen un esqueleto de verdad. Sospecho que estas bolas de plomo se comportarán de otra manera cuando impacten contra algo en un esqueleto. Por lo tanto, debemos probar el proyectil en una mula condenada.

Para el momento en que habían encontrado la mula, los quinientos honderos se habían reunido lo más cerca posible del campo de prueba; se había corrido la voz de que el comandante romano había inventado un nuevo proyectil.

– Colocadla con la grupa de cara a la trayectoria de la bala -ordenó Ventidio-. La usaremos contra caballos del tamaño de una mula que huyen. Un caballo caído es un arquero caído. Los partos quizá puedan mantener el suministro de flechas, ¿pero caballos? Dudo de que tengan muchos para reemplazarlos.

La mula quedó tan herida que tuvieron que sacrificarla en el acto, la piel desgarrada, los intestinos destrozados. Cuando lo sacaron de la carcasa, el proyectil ya no era una bola; parecía un plato aplastado con el perímetro rasgado, resultado, al parecer, de golpear contra el hueso en el camino de entrada.

– ¡Honderos! -gritó Ventidio-. ¡Tenéis una nueva arma!

Por todos lados resonaron los vivas.

– Envía aviso a Polemón de que necesito mil quinientos honderos más y un millar de talentos de plomo sobrantes de sus minas de plata -le dijo a Xenón-. Pontus acaba de convertirse en un aliado muy importante.

Por supuesto no fue algo tan sencillo. Algunos de los honderos encontraban que el misil más pequeño era difícil de lanzar, y otros, obstinados, rehusaron ver su excelencia. Pero gradualmente incluso los más recalcitrantes honderos se convirtieron en expertos en el lanzamiento del plomo, y aceptaron su nuevo tipo de arma. Las modificaciones en la bolsa de la honda también ayudaron porque el uso demostró que las bolas de plomo gastaban las finas tiras de cuero más rápido que la piedra.

Más o menos para el momento en que el contento entre los honderos era general llegaron otros mil quinientos honderos de Amaseia y Sinope y se esperaban más de Amisus, que estaba más lejos. Polemón, que no era ningún tonto, contaba que su generosidad y rapidez le diesen grandes dividendos más tarde.

Ventidio no perdía el tiempo mientras continuaba el entrenamiento de los honderos, ni tampoco estaba del todo complacido. El nuevo gobernador de la provincia de Asia, Lucio Munatio Planeo, se había instalado en Pergamum, bien al norte de las incursiones de Labieno, ubicado en Licia y Caria. Pero un pergamita a sueldo de Labieno buscó a Planeo y lo convenció de que Éfeso había caído y de que Pergamum era el siguiente objetivo parto. Agitado, poco valiente y dado a escuchar falsos consejos, Planeo, aterrorizado, había hecho el equipaje para escapar a la isla de Chíos, y desde allí había enviado aviso a Antonio, todavía en Roma, para advertirle de que nada podía detener a Labieno.

«Todo esto -le dijo Ventidio en una carta a Antonio-, mientras yo estaba desembarcando quince legiones en Éfeso. El hombre es un crédulo y un cobarde, y no se le deben facilitar tropas. No me he molestado en comunicarme con él por considerarlo una pérdida de tiempo.»

«Bien hecho, Ventidio -manifestó Antonio en su carta de respuesta, que llegó en el preciso momento en que Ventidio y su ejército estaban a punto de marchar-. Admito que le di a Planeo la gobernación para quitármelo de en medio; un poco como Ahenobarbo en Bitinia, excepto que Ahenobarbo no es un cobarde. Deja que Planeo se quede en Chíos, el vino es excelente.»

Cuando vio esta respuesta, Silo se rió.

– Excelente, Ventidio, excepto que dejaremos la provincia de Asia sin gobernador.

– Ya he pensado en eso -respondió Ventidio complaciente-. Dado que Pitodoro de Tralles es ahora el yerno de Antonio lo he llamado a Éfeso. Podrá cobrar los tributos e impuestos en nombre de Antonio, que es su tata político, y enviarlos a la tesorería en Roma.

– ¡Oh! -dijo Silo, con sus extraños ojos muy abiertos-, ¡Dudo de que eso plazca a Antonio! Esas órdenes van directamente a él.

– No es una orden que me hayan dado a mí, Silo. Soy leal a Marco Antonio, pero más leal a Roma. Los tributos y los impuestos cobrados en su nombre deben ir a la tesorería. Lo mismo que con cualquier botín que podamos recoger. Si Antonio quiere quejarse, puede hacerlo, pero sólo después de que hayamos derrotado a los partos.

– Se pavonea, Ventidio, porque los señores de la guerra de Galacia sin líder han reunido a cuantos soldados de caballería han podido encontrar y han venido a Éfeso dispuestos a demostrarles al desconocido general romano lo que pueden hacer los buenos jinetes. Diez mil de ellos, todos demasiado jóvenes para haber muerto en Filipos, y ansiosos por preservar sus llanuras de las depredaciones de Quinto Labieno, demasiado cerca para sentirse cómodos.

– Cabalgaré con ellos, pero no todo el camino -le dijo Ventidio a Silo-. Es tu trabajo poner a la infantería en camino cuanto antes. Quiero que mis legiones recorran como mínimo treinta millas al día, y las quiero en la ruta más directa a las puertas Cilicias. Eso es, por el Maeander arriba y a través del norte de Pisidia hasta Iconium. Toma la ruta de caravanas desde allí hasta el sur de Capadocia, donde seguirás la carretera romana que lleva hasta las Puertas Cilicias. Es una marcha de quinientas millas, y tienes veinte días. ¿Comprendido?

– Absolutamente, Publio Ventidio -manifestó Silo.

No era hábito de un comandante romano montar a caballo; la mayoría prefería caminar por varías razones. Para empezar, la comodidad; un hombre a caballo no tenía alivio para el peso délas piernas, que colgaban sueltas. La segunda, a la infantería le gustaba ver caminar a sus comandantes; los ponía a su mismo nivel, literal y metafóricamente. La tercera, mantenía a la caballería en su lugar; los ejércitos romanos estaban compuestos en su mayor parte por la infantería, más apreciada que las tropas a caballo, que a lo largo de los siglos se habían convertido en no romanos, una fuerza auxiliar de galos, germanos y gálatas.

Sin embargo, Ventidio estaba más habituado a montar que la mayoría, debido a su carrera como criador de mulas. Le gustaba recordar a sus altivos colegas que el gran Sila siempre había cabalgado una mula, y que Sila había hecho que César el Dios cabalgase una mula cuando era un joven. Lo que él quería era mantener un ojo atento a su caballería, dirigida por un gálata llamado Amintas, que había sido secretario del viejo rey Deiotaro. Si Ventidio llevaba razón, Labieno se retiraría ante una fuerza de caballería tan numerosa hasta encontrar un lugar donde sus diez mil infantes entrenados por Roma pudiesen derrotar a diez mil caballos. En ningún lugar de Caria o de la Anatolia central; podía hacerlo en Licia y en el sur de Pisidia, pero si se retiraba en esa dirección significaba alargar demasiado sus comunicaciones con el ejército parto. Su instinto, y era correcto, lo llevaría a través del mismo terreno que Ventidio le había marcado a Silo como ruta de sus legiones, pero días por delante de las tropas. Diez mil caballos en sus talones le obligarían a escapar demasiado rápido como para conservar el tren de equipajes, cargado con un botín que sólo las carretas tiradas por bueyes podían llevar. Caería en manos de Silo; el trabajo de Ventidio era mantener a Labieno en retirada hacia Cilicia Pedia y al ejército parto en el extremo más lejano de la cordillera Amanus, la barrera geográfica entre Cilicia Pedia y el norte de Siria.

Había un único camino por donde Labieno podía pasar desde Capadocia hasta Cilicia, porque las altas y escarpadas montañas del Taurus aislaban a la Anatolia central de cualquier lugar al este de ellas; las nieves del Taurus nunca se derretían, y los pasos existentes se encontraban a una altura de tres mil y tres mil cuatrocientos metros, sobre todo en el segmento Antitaurus. Excepto en las Puertas Cilicias. Era en las Puertas Cilicias donde Ventidio esperaba alcanzar a Quinto Labieno.