Las jóvenes tropas gálatas tenían la edad precisa que produce a los mejores y más valientes guerreros: no lo bastante viejos como para tener esposas y familias, no lo bastante viejos como para creer que ir a la batalla contra el enemigo era algo a lo que tener miedo. Sólo Roma había conseguido convertir hombres mayores de veinte en magníficos soldados, y ésa era la marca de la superioridad romana. Disciplina, entrenamiento, profesionalismo, un seguro conocimiento que cada hombre era parte de una vasta máquina invencible. Sin sus legiones, Ventidio sabía que no podía derrotar a Labieno; lo que debía hacer era retener al renegado en un punto, hacerle imposible cruzar las Puertas Cilicias y esperar a que llegasen las legiones. Al confiar en Silo, le estaba entregando la batalla.
Labieno hizo lo esperado. Su red de inteligencia le había informado de la enorme fuerza acampada en Éfeso; y cuando escuchó el nombre de su comandante, supo que debía retirarse a toda prisa de la Anatolia occidental. Su botín era considerable, porque había ido a lugares que Bruto y Casio no habían tocado; Pisidia, que estaba llena de templos a Kubaba Cibeles y su consorte Attis; Licaonia, que rebosaba de recintos dedicados a deidades olvidadas del resto del mundo desde que Agamenón había gobernado Grecia, e Iconium, una ciudad donde los dioses medos y armenios tenían templos. Por estos motivos intentó desesperadamente llevar su tren de equipajes con él; algo del todo inútil. Lo había abandonado a cincuenta millas al oeste de Iconium, ya que sus carreteros, demasiado aterrorizados de la horda romana que los perseguía, no estaban como para pensar en robar su contenido. Escaparon, y dejaron abandonado un tren de dos millas de bueyes que mugían sedientos. Ventidio sólo se detuvo para liberar a las bestias para que buscasen agua y seguir adelante. Cuando, pasado el tiempo, el botín llegó a la tesorería, equivalía a cinco mil talentos de plata. No había ninguna obra de arte valiosa, pero sí una gran cantidad de oro, plata y gemas. Sería, pensó mientras su trasero se levantaba y caía al paso de la mula, un adecuado adorno a su triunfo.
El terreno que había alrededor de las Puertas Cilicias no era bueno para los caballos; los bosques de diversas clases de pino crecían demasiado cerca y no permitían que creciera la hierba, por lo tanto, ningún caballo podía comer un follaje tan duro. Cada soldado cargaba todas las hierbas que podía, razón por la cual Ventidio no se había apresurado. Pero la tropa era hábil, recogía cada trozo de hierba tierna que podían encontrar, para Ventidio, tenían el aspecto del báculo de un augur, acabado en la punta con un rizo. Entre el forraje que su ejército aún tenía y los tallos de helecho calculaban que aún podían sobrevivir diez días. Lo suficiente si Silo era lo bastante duro para lograr que sus legiones marchasen treinta millas al día. César siempre conseguía más millas que las de sus legionarios, pero César era único. ¡Oh, aquella marcha desde Placentia para relevar a Trebonio y al resto en Agendicum! Y qué gratitud, matar al hombre que te había rescatado. Ventidio tosió y escupió a un imaginario Cayo Trebonio.
Labieno había llegado al alto del paso dos días antes y había conseguido talar los árboles suficientes para hacer un campamento según el correcto estilo romano: había utilizado los troncos para hacer empalizadas, cavado trincheras alrededor del perímetro y erigido torres a intervalos en la empalizada. Sin embargo, sus tropas tenían un entrenamiento romano, pero no eran romanas, y eso significaba que había errores en el diseño del campamento. Ventidio lo calificaba como buscar lo más fácil. Cuando él llegó, Labieno no hizo ningún intento de salir de detrás de sus fortificaciones y presentar batalla, pero Ventidio no esperaba que lo hiciese. De hecho, lo que esperaba era que llegasen Pacoro y los partos; eso era lo sensato. También era un arriesgado juego de espera. Sus exploradores ya habrían encontrado a Silo y las legiones, de la misma manera que los exploradores de Ventidio ya habían confirmado que no había partos a varios días a caballo de las Puertas Cilicias. Más al este de ese punto, Ventidio no se atrevía a enviar exploradores. El hecho más destacado era que Silo no podía estar mucho más lejos, a juzgar por la velocidad con la que Labieno había construido su campamento.
Tres días más tarde Silo y las quince legiones bajaron por las laderas del Taurus, ya habían superado el relieve parto; todavía estaban a cierta distancia, además, los habían obligado a subir desde la costa, en Tarsus, una marcha agotadora para hombres y caballos.
– Allí -le dijo Ventidio a Silo, y señaló mientras se encontraban; no tenían tiempo que perder-. Construiremos nuestro campamento por encima de Labieno, y en terreno alto. -Se mordió el labio inferior y tomó una decisión-. Envía al joven Apio Pulchen y a cinco de las legiones al norte de la Eusebia Masaka; diez serán suficientes para combatir en este territorio; es demasiado escarpado para un despegamiento masivo de tal dimensión, y no tengo lugar para instalar un campamento de millas cuadradas. Dile a Pulcher que ocupe la ciudad y se prepare para marchar al primer aviso. También puede informar del estado de las cosas en Capadocia; Antonio está ansioso por saber si hay un Ariarthrid capaz de gobernar.
Nadie utilizaba a las tropas de caballería para construir un campamento; no eran romanos y no tenían idea del trabajo manual. Ahora que Silo había llegado podía ocuparse de erigir algo que daría cobijo a los soldados, pero sin informarle de que ésa iba a ser una larga estada. Labieno ya estaba lo bastante preocupado como para ocultarse detrás de sus paredes y mirar a lo alto de la escarpada ladera donde el campamento de Ventidio crecía rápidamente; su único consuelo era que, al ocupar el terreno elevado, éste le había dejado una ruta de escape a Cilicia en dirección a Tarsus. Ventidio también era consciente de este hecho, aunque no le preocupaba. En aquel momento prefería expulsar a Labieno de Anatolia. Aquel empinado lugar lleno de tocones no era sitio para una batalla decisiva. Sólo una buena batalla.
Cuatro días después de la llegada de Silo se presentó un explorador para decirle a los comandantes romanos que los partos habían rodeado Tarsus y tomado la carretera a las Puertas Cilicias.
– ¿Cuántos son? -preguntó Ventidio.
– Cinco mil o un poco más, general.
– ¿Todos arqueros?
El hombre lo miró desconcertado.
– No son arqueros. Son todos catafractarios, general. ¿No lo sabías?
Los ojos azules de Ventidio se cruzaron con los verdes de Silo, ambos pares sorprendidos.
– ¡Menuda estupidez! -gritó Ventidio cuando el explorador se hubo marchado-. ¡No, no lo sabíamos! ¡Todo ese trabajo con los honderos, y total para nada! -Se rehizo, y consiguió parecer decidido-. Buen o, tendrá que depender del terreno. Estoy seguro de que Labieno cree que somos unos locos al halarle ofrecido una oportunidad para escapar, pero ahora estoy centrado en acabar con los catafractarios que con sus mercenarios. Convoca a reunión de los centuriones para magaña al amanecer, Silo.
El plan fue cuidadosa y meticulosamente preparado.
– No he podido confirmar si Pacoro manda su ejército en persona -le dijo a sus seiscientos centuriones presentes en la reunión-»pero lo que tenemos que hacer, muchachos, es tentar a los partos para que carguen contra nosotros montaña arriba sin el apoyo de la infantería de Labieno. Eso significa que nos pondremos en nuestras empalizadas y les gritaremos terribles insultos a los partos en parto. Tengo a un tipo que ha escrito unas cuantas palabras y frases que cinco mil hombres tendrán que aprenderse de corrido. Cerdos, idiotas, hijos de ñuta, salvajes, perros, comemierdas, palurdos. Cincuenta centuriones con las voces más potentes tendrán que aprender a decir «¡Tu padre es un maricón!», «Tu madre la chupa» y «Pacoro es un porquero»; los partos no comen cerdos y consideran a los cerdos impuros. La idea es conseguir que se cabreen tanto que se olviden de las tácticas y carguen. Mientras tanto, Quinto Silo habrá abierto las puertas del campamento y tumbado las paredes laterales para dejar salir a nueve legiones a la carrera. Es vuestra otra tarea, muchachos, decirles a vuestros hombres que no tengan miedo de estos grandes mentulae en sus enormes caballos. Vuestros hombres deben cargar como los guerreros nubios, debajo y alrededor de los caballos, y descargar golpes de espada contra las patas. Una vez que el caballo haya caído, golpead con la espada el rostro del jinete y cualquier otra parte no protegida por la cota de malla. Todavía pienso usar a mis honderos, aunque no puedo estar seguro de que vayan a ser de gran ayuda. Eso es todo, muchachos. Los partos estarán aquí mañana bastante temprano, así que hoy nos dedicaremos a aprender insultos partos y a hablar, hablar, hablar Dispersaos y que Marte y Hércules Invicto sean con nosotros.