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Fue más que una buena batalla; fue un dulce entrenamiento, ideal para los legionarios que nunca habían visto antes a un catafractario. Los jinetes acorazados parecían más temibles de lo que la experiencia demostró que eran en realidad, y respondona la descarga de insultos con una furia que avasalló todo el sentido común. Cargaron por la ladera sembrada de tocones, hicieron temblar el suelo, vociferaron sus gritos de guerra y algunos de los caballos cayeron innecesariamente mientras sus jinetes se estrellaban sobre los tocones o intentaban saltarlos. Sus oponentes, con corazas, pequeños en comparación, salieron de entre los árboles a cada lado del campamento y bailaron ágilmente en el bosque de patas equinas, golpearon y cargaron para convertir la carga parta en un frenesí de caballos que relinchaban y de jinetes caídos, indefensos contra los golpes que les llovían sobre sus rostros y se clavaban en las axilas. Un buen golpe con un gladio penetraba en la cota hasta el vientre, aunque no era muy bueno para la espada.

Para su gran deleite, Ventidio descubrió que los proyectiles de plomo lanzados por los honderos abrían agujeros en la coraza parta y seguían adelante para matar.

Labieno sacrificó a un millar de su infantería para que librasen una acción de retaguardia para escapar por la carretera romana a Cilicia, agradecidos de estar con vida. Era más de lo que se podía decir de los partos, hechos pedazos. Quizá un millar de ellos siguió a Labieno, el resto quedaron muertos o moribundos en el campo de las Puertas Cilicias.

– Qué baño de sangre -le dijo un exultante Silo a Ventidio cuando, seis horas después del comienzo, acabó la batalla.

– ¿Cómo nos ha ido, Silo?

– Oh, muy bien. Unas pocas cabezas partidas que se pusieron en el camino de los cascos, varios aplastados debajo de los caballos caídos, pero, en resumen, yo diría que unas doscientas bajas. ¡Qué me dices de las balas de plomo! Incluso la cota de malla no puede detenerlas.

Ventidio frunció el entrecejo mientras caminaba por el campo, sin conmoverse por el sufrimiento que lo rodeaba; se habían atrevido a desafiar el poder de Roma, y se habían dado cuenta de que era algo contraproducente. Un grupo de legionarios pasaba entre los montones de muertos y agonizantes para rematar a los caballos y a los hombres que no podrían sobrevivir. A los pocos que se habían quedado y estaban ligeramente heridos los mantendrían prisioneros porque el guerrero catafractario era un noble cuya familia podía permitirse pagar el rescate. Si no llegaba el rescate, el hombre sería vendido como esclavo.

– ¿Qué vamos a hacer con las montañas de muertos? -preguntó Silo, y exhaló un suspiro-. Éste no es un terreno que tenga más de sesenta centímetros de tierra blanda, por lo que será muy duro cavar fosas para enterrarlos, y la madera es demasiado verde para arder en las piras.

– Los arrastraremos hasta el campamento de Labieno y los dejamos allí para que se pudran -respondió Ventidio-. Para cuando volvamos por este camino, si alguna vez volvemos, no serán más que huesos blanqueados. No hay ninguna «oblación en muchas millas a la redonda, y las disposiciones sanitarias de Labieno son lo bastante buenas como para asegurar que el Cidno no se contaminará. -Soltó un resoplido-. Pero primero buscaremos el botín. Quiero que mi desfile triunfal sea muy bueno. ¡No hay triunfo de imitación macedonio para Publio Ventidio!

«Este comentario -pensó Silo con una sonrisa secreta- es una bofetada para Pollio, que libraba la misma vieja guerra en Macedonia.»

En Tarsus, Ventidio descubrió que Pacoro no había estado presente en la batalla, quizá por eso había sido tan fácil enfurecer a los partos. Labieno continuaba escapando hacia el este a través de Cilicia Pedia, su columna desordenada por culpa de los catafractarios sin líder y de unos pocos mercenarios quejosos con gran influencia para crear discordias entre los más plácidos infantes.

– Tenemos que seguirlo de cerca -dijo Ventidio-, pero esta vez podrás cabalgar con la caballería, Silo. Yo llevaré las legiones.

– ¿Es que fui demasiado lento en llegar a las Puertas Cilicias?

– ¡Edepol, no! Entre tú y yo Silo, me estoy haciendo demasiado viejo para las largas cabalgadas. Me duelen las pelotas y tengo una fístula. Tú lo harás mejor, eres mucho más joven. Un hombre de casi cincuenta y cinco años está condenado a usar los pies.

Un sirviente apareció en la puerta.

– Domine, Quinto Delio está aquí para verte, y pide ser alojado.

Los ojos azules se encontraron con los verdes en otra de aquellas miradas que sólo la íntima amistad y los gustos similares permitían. Decían muchísimo, aunque no se cruzaron ni una palabra.

– Hazlo pasar, pero no te preocupes del alojamiento.

– Mi muy querido Publio Ventidio. Y también Quinto Silo, qué agradable veros. -Delio se acomodó en una silla antes de que se la ofreciesen y miró con ansia la jarra de vino-. Una copa de algo ligero, blanco y brillante estaría muy bien.

Silo sirvió el vino y le dio la copa mientras hablaba con Ventidio.

– Si no tienes nada más, me ocuparé de mis asuntos.

– Mañana al amanecer os atenderé a los dos.

– Vaya, vaya, cuánta prisa -manifestó Delio, que bebió un sorbo y después hizo una mueca-. ¡Puaj! ¿Qué es esta meada tercera prensada?

– No lo sé porque no lo he probado -replicó Ventidio escuetamente-. ¿Qué quieres, Delio? Tendrás que alojarte esta noche en una posada porque el palacio está lleno. Puedes venir por la mañana y tener todo el lugar para ti. Nos vamos.

Indignado, Delio se sentó más recto y lo miró furioso. Desde la memorable cena en la que había compartido el diván de Antonio dos años atrás se había habituado tanto a la deferencia que la esperaba incluso de los curtidos hombres militares como Publio Ventidio. ¡Ahora, la exigía! Sus ojos castaños encontraron los de Ventidio, y enrojeció; mostraban desprecio.

– ¡Vaya, esto ya pasa de la raya! -exclamó-. ¡Tengo un imperium propretoriano e insisto en que se me acomode ahora mismo! Echa a Silo si no tienes a nadie más a quien echar.

– Yo no echaría ni al más mísero contubemalis por un rastrero como tú, Delio. Mi imperium es proconsular. ¿Qué quieres?

– Traigo un mensaje del triunviro Marco Antonio -contestó Delio con frialdad-, y esperaba entregarlo en Éfeso y no en un nido de ratas como Tarsus.

– Entonces tendrías que haberte movido más rápido -afirmó Ventidio sin la menor compasión-. Mientras tú estabas navegando, yo libraba una batalla contra los partos. Puedes llevarle un mensaje de mi parte a Antonio: dile que hemos batido a un ejército de catafractarios partos en las Puertas Cilicias y que hemos hecho huir a Labieno. ¿Cuál es tu mensaje? ¿Algo igual de asombroso?