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– No es prudente provocarme -dijo Delio en un susurro.

– No me importa. ¿Cuál es el mensaje? Tengo trabajo que hacer.

– Se me ha pedido que te recuerde que Marco Antonio está muy ansioso de ver al rey Herodes de los judíos sentado en su trono tan pronto como sea posible.

La incredulidad se reflejó en el rostro de Ventidio.

– ¿Antonio te envió hasta aquí sólo para decirme eso? Dile que estaré encantado de poner el culo gordo de Herodes en el trono, pero primero tengo que expulsar a Pacoro y a su ejército de Siria, cosa que llevará algún tiempo. Sin embargo, asegúrate al triunviro Marco Antonio que no olvidaré sus instrucciones. ¿Eso es todo?

Hinchado como una cobra, Delio separó los labios en una mueca.

– ¡Lamentarás esta conducta, Ventidio! -siseó.

– Lamento una Roma que alienta a lameculos como tú, Pelio. Ya sabes por dónde se sale.

Ventidio se marchó y dejó a Delio que rabiase. ¡Cómo se atrevía el viejo mulero a tratarlo de esa manera! Sin embargo, por el momento decidió, mientras abandonaba la copa de vino y se levantaba, que tendría que aguantarlo. Había derrotado a un ejército parto y echado a Labieno de Anatolia, una noticia que a Antonio le gustaría tanto como le gustaba Ventidio. «Ya llegará tu momento -se dijo Delio-. Cuando llegue mi oportunidad, atacaré, Pero todavía no. No, todavía no.»

Al mando de su caballería gálata, Quinto Poppaedio Silo, con gran valor y astucia, encerró a Labieno a medio camino, en el paso del monte Amanus llamado las Puertas Sirias, y esperó a que Ventidio llegase con las legiones. Era noviembre, pero no hacía mucho frío; las lluvias de otoño no habían llegado, algo que significaba que el suelo tenía la dureza de la batalla, digno de un combate. Algún comandante parto había traído dos mil catafractarios desde Siria para ayudar a Labieno, pero no sirvió de nada. Por segunda vez los guerreros acorazados fueron hechos pedazos, pero en esta ocasión también pereció la infantería de Labieno.

Tras hacer sólo una pausa para escribirle una jubilosa carta a Antonio, Ventidio fue a Siria, donde no se encontró a ningún parto, ya que se habían marchado. Pacoro tampoco había estado en la batalla de Amanus; el rumor decía que se había marchado a su casa en Seleucia del Tigris meses atrás y se había llevado al Hircano de los judíos con él. Labieno había escapado, y había embarcado para ir a Chipre en dirección a Apamea.

– Eso no le servirá de nada -le comentó Ventidio a Silo-. Creo que Antonio puso a uno de los libertos de César en Chipre para que gobernase en su nombre, un tal Cayo Julio Demetrio. -Buscó papel y escribió una nota-. Envíale esto de inmediato, Silo. Si es el hombre que creo que es mi memoria se confunde con todos esos libertos griegos, buscará en la isla desde Pafos hasta Salamis muy a fondo. De hecho, con mucha diligencia.

Hecho esto, Ventidio desperdigó sus legiones en varios campamentos de invierno y se acomodó a esperar lo que trajese el año siguiente. Instalado con toda comodidad en Antioquía y con Silo en Damasco, pasaba su tiempo de ocio soñando con su triunfo, la perspectiva del cual se hacía cada vez más interesante. La batalla en el monte Amanus le había dado dos mil talentos de plata y unas bonitas obras de arte para decorar las carrozas en su desfile. «¡Que te den, Pollio! ¡Mi triunfo eclipsará tu desfile!»

Las «vacaciones» de invierno no duraron tanto como Ventidio esperaba; Pacoro regresó de Mesopotamia con todos los catafractarios que había podido encontrar, pero sin arqueros a caballo. Herodes se presentó en Antioquía con las noticias al parecer obtenidas de uno de los paniaguados de Antígono descontento ante la perspectiva de un perpetuo gobierno parto.

– He establecido una excelente relación con el tipo, un zadoquita llamado Ananeel que desea ser sumo sacerdote. Como no pretendo ser yo mismo sumo sacerdote, lo hará tan bien como cualquiera, así que se lo prometí a cambio de una información fidedigna de los partos. Le he hecho susurrar a sus contactos partos que, después de haber ocupado el norte de Siria, pretendes tenderle una trampa a Pacoro en Nicephorium, en el río Éufrates, porque tú esperas que lo cruce en Zeugma. Pacoro se lo ha creído, y no hará caso de Zeugma, sino que viajará por la orilla este todo el camino hacia el norte, hasta Samosata. Imagino que tomará el atajo de Craso hasta el Bilechas, ¿no es una ironía?

Aunque no sentía ningún afecto por Herodes, Ventidio era lo bastante astuto como para comprender que ese codicioso hombre con cara de sapo no tenía nada que ganar con mentir; la información que Herodes le daba debía ser verdad.

– Te doy las gracias, rey Herodes -dijo, sin sentir la repulsión que le inspiraba Delio. Herodes no era un sicofante, pese a su disfraz de obsequioso; simplemente estaba decidido a expulsar a Antígono el usurpador y reinar sobre los judíos-. Puedes estar seguro de que en el momento que desaparezca la amenaza parta te ayudaré a librarte de Antígono.

– Deseo que la espera no sea muy larga -manifestó Herodes con un suspiro-. Las mujeres de mi familia y mi prometida están encerradas en lo alto del más siniestro trozo de roca en el mundo. He recibido noticias de mi hermano José de que están muy escasas de comida. Me temo que no puedo ayudarlas.

– ¿Ayudaría algo de dinero? Te puedo dar lo suficiente para que vayas a Egipto y compres suministros y los transportes ara que te lleven hasta allí. ¿Puedes llegar a esa siniestra roca in que sepan que abandonas Egipto?

Herodes se irguió, atento.

– Puedo escapar sin que me vean con toda facilidad, Publio Ventidio. La roca tiene un nombre (Masada), y está muy lejos de Palus Asphaltites. Una caravana de camellos que vaya por tierra desde Pelusium evitaría a los judíos, idumeos, nabateos y partos.

– Una impresionante lista -dijo Ventidio con una sonrisa-, Entonces, mientras yo me ocupo de Pacoro, te sugiero que hagas eso. ¡Anímate, Herodes! Para este momento del año próximo te verás en Jerusalén.

Herodes consiguió parecer humilde y apocado, una hazaña de no poca importancia.

– Yo ¿este… cómo… ah… consigo este dinero?

– Sólo ve a ver a mi cuestor, rey Herodes. Dile que te dé lo que sea que le pidas, siempre dentro de un límite. -Los brillantes ojos azules chispearon-. Los camellos son caros, lo sé, pero soy mulero de oficio. Tengo una buena idea de lo que cuesta cualquier cosa con cuatro patas. Trata honestamente conmigo y no dejes de traer información.

Ocho mil catafractarios emergieron de la parte sudeste, en Samosata, y de allí cruzaron el Éufrates mientras estaba en su nivel invernal. Esta vez al mando, Pacoro fue hacia el oeste, hacia Chaléis, por la carretera que llevaba a Antioquía a través de un terreno verde que no le presentaba ninguna dificultad, un territorio que conocía muy bien de sus anteriores incursiones. Tenía agua y abundantes pastos y, aparte de un monte bajo llamado Gíndaro, el terreno era fácil y relativamente llano. Tranquilo porque sabía que todos los príncipes menores de la zona estaban de su parte, se acercó al Gíndaro con su caballería extendida a lo largo de millas por la parte trasera para que pastase en su camino hacia Antioquía. Ellos no sabían que ahora estaba de nuevo en manos romanas. Los agentes de Herodes habían hecho bien su trabajo, y Antígono, que podía haber esperado mantener abiertos sus canales con Pacoro, estaba demasiado ocupado en someter a aquellos judíos que aún consideraban que ser gobernados por los romanos era mejor.

Un explorador llegó al galope para informarle de que un ejército romano se había instalado en el Gíndaro, muy bien atrincherado. Aquello fue un alivio para Pacoro, que mandó a sus catafractarios a que adoptasen el orden de batalla; no le gustaba desconocer dónde se hallaba el nuevo ejército romano.

Repitió todos los errores que sus subordinados habían hecho en las Puertas Cilicias y el monte Amanus, todavía imbuido por el desprecio por los soldados de infantería a la hora de enfrentarse con los gigantes con cotas de malla en caballos blindados. La masa de catafractarios cargó colina arriba y se encontró con una lluvia de proyectiles de plomo que atravesaban sus cotas a una distancia más allá de las flechas; debido al desorden de los caballos, que relinchaban al sentir el impacto de las balas que se estrellaban entre sus ojos, la vanguardia parta se hundió. Momento en el que los legionarios se lanzaron con valentía al combate; se movieron entre los caballos para cortarles las rodillas y arrastrar a los jinetes para matarlos con golpes de espada en el rostro. Las largas lanzas eran inútiles en semejante refriega, y, en su mayoría, los sables permanecían todavía envainados. Sin ninguna esperanza de conseguir que su retaguardia pasase, por la confusión reinante delante de ellos, y sin manera de encontrar el flanco romano, Pacoro observó con horror cómo los legionarios se acercaban cada vez más a su propia posición en lo alto de un pequeño otero. Pero luchó, como hicieron los hombres a su alrededor, para defender a su persona hasta el final. Cuando Pacoro cayó, aquellos que aún podían se reunieron alrededor de su cuerpo e intentaron enfrentarse a los verdaderos soldados de infantería. Para el anochecer, la mayoría de los ocho mil estaban muertos y los pocos sobrevivientes cabalgaban a uña de caballo hacia el Éufrates y el hogar, llevándose con ellos al caballo de Pacoro como prueba de que estaba muerto.