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En realidad no lo estaba cuando la batalla acabó, aunque tenía una herida mortal en el vientre. Un legionario lo remató, le quitó la armadura y se la llevó a Ventidio.

Más tarde, Ventidio, ya en Atenas con su esposa y sus hijos, escribió a Antonio:

El territorio era ideal. Tengo la armadura dorada de Pacoro para exhibirla en mi triunfo; mis hombres me han aclamado imperator en el campo tres veces, como puedo testimoniar si tú lo requieres. No tenía sentido librar una guerra de contención en ningún momento de esta campaña, que progresó en un orden natural en una serie de tres batallas. Por supuesto, comprendo que el cierre de mi campaña no es causa de queja para ti. Te ha dado una Siria segura donde poder reunir a tus ejércitos -incluido el mío, que pondré en cuarteles de invierno alrededor de Antioquía, Damasco y Chalcis- para tu gran campaña contra Mesopotamia.

Sin embargo, ha llegado a mis oídos que Antíoco de Cotnagene firmó un tratado con Pacoro que cedía a Comagene el gobierno parto. También obsequió a Pacoro con alimentos y provisiones, un hecho que permitió a Pacoro entraren Siria sin verse afectado por los habituales problemas que representa mantener a una gran fuerza de caballería. Por lo tanto, en marzo tengo la intención de llevar siete legiones al norte, hasta Samosata, y ver qué tiene que decir el rey Antíoco de su traición. Silo y dos legiones marcharán a Jerusalén para poner al rey Herodes en su trono.

El rey Herodes ha sido de gran ayuda para mí. Sus agentes propagaron informaciones falsas entre los espías partos que me permitieron encontrarme en el territorio ideal cuando los partos desconocían totalmente mi paradero. Creo que Roma tiene en él a un aliado digno de su peso. Le he dado cien talentos para que vaya a Egipto y compre provisiones para su familia y la familia del rey Hircano, que está instalado en el mismo retiro de montaña imposible de ser ocupado. Sin embargo, mi campaña me ha dado diez mil talentos de plata de botín, que van de camino a la tesorería en Roma mientras escribo. Una vez que haya celebrado mi triunfo y el botín haya sido liberado, tú te beneficiarás considerablemente. Mi parte, de la venta de esclavos, no será grande, porque los partos lucharon hasta la muerte. Reuní alrededor de mil hombres del ejército de Labieno y los vendí.

En cuanto a Quinto Labieno, acabo de recibir una carta de Cayo Julio Demetrio, que se halla en Chipre, donde me informa de que capturó a Labieno y lo mandó ejecutar. Deploro este último hecho porque no creo que un simple liberto griego, incluso uno del difunto César, tenga autoridad suficiente para ejecutar. Pero te dejo a ti la decisión final, como corresponde.

Puedes estar seguro de que cuando llegue a Samosata me ocuparé duramente de Antíoco, que ha abandonado el estatus de Comagene como amigo y aliado. Espero que os parezca bien a ti y a los tuyos.

XII

La vida en Atenas era agradable, sobre todo después de que Marco Antonio solucionase sus diferencias con Tito Pomponio Atico, el más apreciado romano en Atenas, según se podía deducir de su apellido, que significaba «ateniense de corazón». Amante de los chicos atenienses, hubiese sido más exacto, pero eso era discretamente omitido por todos los romanos, incluso por uno tan homofóbico como Antonio. En días anteriores, Ático había desarrollado la disciplina de no satisfacer nunca su gusto por los chicos en ningún otro lugar salvo en la homofílica Atenas, donde había construido una mansión y había sido muy bueno con la ciudad a lo largo de los años. Hombre de gran cultura y notable literato, Ático tenía un pasatiempo que finalmente le había permitido ganar una gran fortuna; publicaba las obras de famosos autores romanos de Catulo a Cicerón y César. Cada nueva obra era copiada en ediciones que iban desde las varias docenas hasta los varios miles. Un centenar de escribas escogidos por su actitud y legibilidad estaban ocupados esos días con la poesía de Virgilio y Horacio, cómodamente albergados en un edificio en el Argileto, cerca del Senado. Unidas al scriptorium había las salas que funcionaban como biblioteca de préstamo, un concepto que en realidad había sido inventado por los hermanos Sosio, sus editores rivales, que ocupaban las dependencias vecinas. Su carrera en la edición era anterior a la de Ático, pero carecían de su inmensa fortuna y habían tenido que progresar más lentamente; en los últimos tiempos, los hermanos Sosio habían producido algunos políticos con expectativas, uno de ellos estaba con Antonio como legado superior.

Ático se había casado a una edad madura con su prima, Caecilia Pilia, que le había dado una hija, Caecilia Ática, su única hija y heredera de su fortuna. Un ataque de parálisis había convertido a Pilia en una inválida; había muerto poco después de la batalla de Filipos, por lo que Ático tuvo que ocuparse de dar crianza a Ática. Nacida dos años antes que César cruzase el Rubicón, ahora tenía trece años, y estaba cuidada con amor y cariño por un padre sofisticado que nunca le había ocultado ninguna de sus actividades, convencido de que la ignorancia sólo la haría vulnerable a los cotilleos mal intencionados. A pesar de eso, Atico se preocupaba por su única hija ahora que estaba alcanzando la madurez. ¿Á quién escogería como su marido dentro de cinco años?

Una notable astucia y una incomparable habilidad para mantener buenas relaciones con todas las facciones de la clase superior de Roma le habían asegurado hasta ahora su supervivencia, pero después de la muerte de César, el mundo había cambiado de forma tan radical que temía tanto por su propia supervivencia como por el bienestar de su hija. Su única debilidad había sido la simpatía que sentía por la más dudosa de éntrelas matronas romanas; lo cual le había llevado a socorrer a Servilia, la madre de Bruto y amante de César; a Clodia, la hermana de Publio Clodio y una notoria devoradora de hombres, ya Fulvia, que había sido esposa nada menos que de tres demagogos: Clodio, Curio y Antonio.

Proteger a Fulvia casi le había significado la ruina, a pesar de su poder en el mundo del comercio romano regido por los caballeros; por un terrible momento había parecido como si todo desde sus importaciones de cereales hasta sus vastos latifundios en Epirus irían a parar a la subasta para beneficio de Antonio, pero al recibir la breve misiva de Antonio donde le ordenaba abandonar a Fulvia lo había hecho. Aunque en privado había llorado amargamente cuando ella se cortó las venas, el destino de Ática y de su fortuna importaban más.