Por consiguiente, cuando Antonio llegó a Atenas con Octavia y sus numerosos hijos, Ático se dedicó a congraciarse con el matrimonio. Encontró al triunviro mucho más calmo, y con acierto adjudicó el mérito a Octavia. Era obvio que eran muy felices juntos, pero no a la manera de los jóvenes recién casados, que nunca querían más compañía que la propia. Antonio y Octavia ansiaban compañía, asistían a todas las conferencias, simposios, y funciones que la capital de la cultura podía ofrecer y a menudo daban fiestas en su hogar. Sí un año de matrimonio había mejorado a Antonio, de la misma manera que aquel famoso palurdo, Pompeyo Magno, había mejorado después de casarse con Julia, la encantadora hija de César.
Por supuesto, todavía existía el viejo Antonio que ocupaba aquel cuerpo hercúleo, atrevido, de carácter ardiente, agresivo hedonista y perezoso.
Era esto último, la pereza de Antonio, lo que ocupaba los pensamientos de Ático mientras caminaba por una angosta callejuela ateniense para ir a cenar con Antonio en la residencia del gobernador; era abril del año en que Apio Claudio Pulcher y Cayo Norbano Flaco eran cónsules, y (junto con el resto de Atenas) Ático sabía que los partos habían sido expulsados a sus propias tierras. No por Antonio, sino por Publio Ventidio. En Roma, la gente decía que las incursiones partas habían cesado sin más, interrumpidas tan bruscamente que Antonio no había tenido tiempo para reunirse con Ventidio en Cilicia o Siria. Pero Ático sabía que no era así; nada había evitado que Antonio estuviese donde se desarrollaban las acciones militares. Nada, excepto la más terrible debilidad de Antonio: una pereza que lo llevaba a una perpetúa demora. Parecía ciego al ritmo de los acontecimientos, y se decía a sí mismo que todo ocurriría cuando él lo quisiese. Mientras Julio César había estado vivo para empujarlo, la debilidad no había parecido tan evidente, pero después del asesinato de César, Octavio había empujado. No obstante, Filipos había sido una victoria tan grande para Antonio que la debilidad había florecido al máximo. Déla misma manera que cuando Julio César lo había dejado a cargo de toda Italia mientras él iba por el mundo aplastando a sus enemigos. ¿Qué había hecho Antonio con esa inmensa responsabilidad? Había uncido cuatro leones a una carroza, reunido a una corte de magos, bailarines y payasos y se había divertido sin cesar. ¿Trabajo? ¿Qué era eso? Roma se gobernaba a sí misma; como hombre al mando, haría precisamente lo que quería, divertirse. Aunque no había ninguna base real, parecía creer que, dado que él era Marco Antonio, todo saldría de la manera que él creía que debía ser. Y cuando nada resultaba así, Antonio culpaba a todos menos a sí mismo.
Debajo de la tranquilizadora influencia de Octavia no había cambiado, en realidad. Siempre el placer por delante del trabajo. Pollio y Mecenas habían reorganizado los límites del triunvirato de una forma más sensata, un acto que debía librar completamente a Antonio para que se ocupase de dirigir a sus ejércitos. Pero al parecer aún no estaba preparado para hacerlo, y sus excusas eran huecas. Octavio no representaba una amenaza real y, a pesar de sus protestas, tenía dinero más que suficiente para ir a la guerra. Sus legiones ya existían, estaban bien equipadas y abastecidas con grano barato por Sexto Pompeyo. Por lo tanto, ¿qué le detenía?
Para la hora en que llegó a la residencia del gobernador, Ático sentía la amarga furia que sienten los viejos, y encontró, para su desagrado, que él y Antonio cenarían solos; con la excusa de una enfermedad de uno de los niños, Octavia no asistiría a la cena. Eso significaba que no podría convencer a Antonio para que estuviese de buen humor. Con el corazón en los pies, Atico comprendió que iba a ser una cena muy incómoda.
– ¡Si Ventidio estuviese aquí, lo juzgaría por traición! -fue el primer comentario de Antonio. Ático se rió.
– ¡Pamplinas!
Antonio pareció sorprendido, luego arrepentido. -Sí, sí, ya veo por qué dices que son pamplinas, ¡pero la guerra contra los partos era mía! Ventidio se excedió en sus órdenes.
– ¡Tendrías que haber estado tú en la tienda de mando, mi querido Antonio! -replicó Ático con voz tajante-. Dado que tú no estabas, ¿de qué te quejas si tu delegado lo hizo tan bien que ni siquiera tuvo muchas bajas? Tendrías que estar haciendo ofrendas a Marte Invicto.
– Se suponía que debía esperarme -afirmó Antonio, tozudo.
– ¡Tonterías! Tu problema es que quieres tener ambas caras déla vida en un mismo momento.
El rostro de Antonio delató su irritación ante esas claras palabras, pero los ojos carecían de la chispa roja que ardían como la advertencia de un inminente estallido.
– ¿Las dos caras de la vida? -preguntó.
– Sí. El hombre más famoso de nuestros días se pasea por el escenario ateniense acompañado por un gran coro de admiración; ésa es una. El hombre más famoso de nuestros días dirige sus legiones a la victoria; ésa es la otra.
– ¡Hay muchísimas cosas que hacer en Atenas! -protestó Antonio, indignado-. No soy yo quien hace las cosas mal, Ático, es Ventidio. Es como un peñasco que corre ladera abajo. Incluso ahora no está contento con descansar en sus laureles y se ha ido con siete legiones Éufrates arriba para darle una patada en el trasero al rey Antíoco.
– Lo sé. Tú me enseñaste su carta, ¿lo recuerdas? Lo que haga o deje de hacer Ventidio no es la cuestión. La cuestión es que tú estás en Atenas, no en Siria. ¿Por qué no lo admites, Antonio? Eres un perezoso.
En respuesta, Antonio se partió de risa.
– ¡Oh, Atico! -jadeó cuanto pudo-. ¡Eres imposible! -De pronto recuperó la seriedad y frunció el entrecejo-. En el Senado tengo que enfrentarme a los generales de salón, pero esto no es el Senado y tú estás buscándome las cosquillas.
– No soy miembro del Senado -replicó Ático, lo bastante enfadado como para perderle el miedo a aquel hombre peligroso-. Una carrera pública está abierta a la crítica desde todos los flancos, incluido el de los simples comerciantes como yo. Te lo repito, Marco Antonio, eres un holgazán.
– Bueno, quizá lo sea, pero tengo una agenda. ¿Cómo puedo ir más lejos al este de Atenas cuando Octavio y Sexto Pompeyo todavía siguen con sus triquiñuelas?
– Podrías aplastar a esos jóvenes, y tú lo sabes. En realidad, tendrías que haber acabado con Sexto hace años y dejado a Octavio con sus propios recursos en Italia. Octavio no es ninguna amenaza real para ti, Antonio, pero Sexto es un grano que es necesario reventar.
– Sexto mantiene ocupado a Octavio.
Ático no pudo más, se levantó de un salto del diván y dio la vuelta para enfrentarse a su anfitrión a través de la larga y baja mesa cargada con comida, su rostro normalmente amable retorcido por la furia.
– ¡Estoy harto de escucharte decir eso! ¡Crece, Antonio! ¡No puedes ser virtualmente el amo absoluto de medio mundo y pensar como un escolar! -Apretó los puños y los agitó-. He desperdiciado mucho de mi precioso tiempo intentando descubrir qué pasa contigo, por qué no actúas como un estadista. Ahora lo sé. Eres un tozudo, haragán y ni siquiera la mitad de inteligente como tú mismo crees que eres. ¡Un mundo mejor organizado nunca te tendría a ti como gobernante!
Boquiabierto, demasiado asombrado para hablar, Antonio lo miró mientras él recogía los zapatos y la toga y caminaba hacia la puerta. Entonces, él también saltó del diván y alcanzó a Ático a tiempo para detener su marcha.
– ¡Por favor, Tito Ático! ¡Por favor, siéntate de nuevo! -La sombra de una sonrisa apartó los labios de sus dientes, pero consiguió mantener sujeto el brazo de Ático con gentileza.
Se apagó la furia; Ático pareció achicarse, luego se dejó llevar de nuevo al diván y una vez más se sentó en el locus consularis.
– Lo siento -murmuró.