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– No, no, tienes derecho a dar tus opiniones -dijo Antonio con un tono bastante jovial-. Al menos ya sé lo que piensas de mí.

Tú te lo has buscado. Cada vez que comienzas a utilizar a Octavio como excusa para quedarte al oeste de donde deberías estar, me sometes a una dura prueba -dijo Ático con un tono ¿apaciguador.

– ¡Pero Ático, el chico es un idiota! Me preocupa Italia, es la pura verdad.

– Entonces ayuda a Octavio en lugar de ponerle trabas.

– En un millar de años.

– Está en graves apuros, Antonio. El grano de esta próxima cosecha parece que nunca llegará gracias a Sexto Pompeyo.

– Entonces, Octavio debería quedarse en Roma ocupándose de acariciar las faldas de Livia Drusilia en lugar de montar invasiones contra Sicilia con sesenta barcos. Sesenta barcos. No me extraña que haya sido apaleado. -Una enorme pero bien formada mano buscó un trozo de pollo. La comida pareció calmarlo; miró de reojo a Ático con una sonrisa-. Sólo concédeme una victoriosa campaña contra los partos el año siguiente y le daré a Octavio toda la ayuda que necesite cuando acabe. -Pareció sospechar-. No te agradará Octavio, ¿verdad?

– Me es indiferente -contestó Ático con un tono distante-. Tiene algunas extrañas ideas sobre cómo debe funcionar Roma; ideas que no me beneficiarán a mí ni a ningún otro plutócrata. Como Divus Julius, creo que pretende debilitar a la primera clase y a la parte superior de la segunda clase para fortalecer a las clases bajas. Oh, no del Censo por Cabezas, eso se lo reconozco. No es un demagogo. Si fuese sólo un cínico explotador de la credulidad popular, no me preocuparía. Pero me parece que él cree de verdad que César es un dios, y él, hijo de un dios.

– Su manera de insistir en la deificación de César es una marca de su locura -dijo Antonio, sintiéndose mucho mejor.

– No, Octavio no es un loco. De hecho, no creo haber visto a ningún hombre más cuerdo que él.

– Quizá yo sea un tardón, pero él tiene alucinaciones de grandeza.

– Tal vez, pero confío en que tengas la suficiente imparcialidad para ver que Octavio es algo nuevo para Roma. Tengo razones para creer que emplea a un pequeño ejército de agentes por toda Italia que trabajan con mucho empeño para perpetuar la ficción de que él es como César, como un guisante en la vaina. Como César, es un brillante orador con un gran atractivo para las masas. Su ambición no conoce límites, y por esa razón dentro de unos pocos años se tendrá que enfrentar con una situación muy grave -manifestó Ático sobriamente.

– ¿A qué te refieres? -preguntó Antonio, perdido.

– Cuando el hijo egipcio de César sea mayor, vendrá a visitar Roma. Mis contactos egipcios me dicen que el chico es la viva imagen de César, y algo más que en el aspecto físico. Es un prodigio. Su madre insiste en que lo único que desea para Cesarión es un trono seguro y el estatus de amigo y aliado del pueblo romano, y puede que sea así. Pero si él es la imagen de César y Roma lo ve, muy bien podría quedarse con Roma, Italia y las legiones de Octavio, que en el mejor de los casos es un César de imitación. Tú no te verás afectado porque para entonces ya estarás en un retiro obligado; Cesarión sólo tiene nueve años. Pero dentro de trece o catorce será un hombre crecido. Las luchas de Octavio contigo y Sexto Pompeyo serán algo insignificante comparado con Cesarión.

– Mmm… -dijo Antonio, y cambió de tema.

Una cena inquietante que no perturbó la digestión de Antonio, que comió con su habitual entusiasmo. Algunas reflexiones le permitieron despreocuparse de las críticas de Ático a su propia conducta. ¿Cómo podía saber los problemas a los que se enfrentaba Antonio aparte de Octavio? Después de todo, él tenía setenta y cuatro años; a pesar de su apuesta y ágil figura y astucia comercial, debía de estar sufriendo los primeros síntomas de senilidad.

Eran los comentarios de Ático sobre César los que se le quedaron grabados. Con el entrecejo fruncido, pensó en aquel viaje de tres meses a Alejandría, hacía ahora más de dos años. ¿De verdad Cesarión ya casi tenía nueve años? Lo que él recordaba era a un chico apuesto, dispuesto a toda clase de aventuras, desde cazar hipopótamos a perseguir cocodrilos. Valiente sin límites. Bueno, también así había sido César. Cleopatra tendía a apoyarse en él, a pesar de la edad, aunque eso no había sorprendido a Antonio. Era una mujer emocional y no siempre sabia, mientras que su hijo era… ¿Era qué? Más duro, desde luego. Pero ¿qué más? Él no lo sabía.

¿Por qué no había tenido más paciencia con el fino arte de la correspondencia? Cleopatra le había escrito de vez en cuando, y a Antonio no se le había pasado por alto que sus cartas hablaban en su mayor parte de Cesarión, de su inteligencia y de su autoridad natural. Pero no había hecho mucho caso, al considerar sus comentarios como los habituales de una madre hechizada. Casado con Octavia, lo sabía todo de las madres hechizadas. Una vaga inquietud le incitó a pensar en un viaje a Alejandría para ver por sí mismo en qué se estaba convirtiendo Cesarión, pero de momento era imposible. Sin embargo, pensó sería para él un enorme placer descubrir que Octavio tenía mi primo rival que era más temible que Marco Antonio. Se sentó para escribirle a Cleopatra.

Querida mía:

He estado pensando en ti mientras estoy sentado aquí en Atenas metafóricamente impotente. El estado literal aún no me ha visitado, me apresuro a añadir, y siento a mi mejor amigo sujeto en mis ingles que comienza a moverse con tu recuerdo, con tus besos. Atenas, como verás, ha mejorado mi estilo literario; aquí hay poco más que hacer aparte de leer, patrocinar la academia y otros antros filosóficos y hablar con hombres como Tito Pomponio Ático, que vino a cenar.

¿Puede ser que Cesarión esté de verdad cerca de su noveno cumpleaños? Supongo que debe de ser así, pero me duele pensar que me he perdido dos preciosos años de su infancia. Créeme que intentaré solucionarlo lo antes que pueda, y cuando sea posible iré a por ti. Mis propios gemelos deben de estar cerca de los dos años. ¿Adónde se va el tiempo? Nunca los he visto. Sé que has llamado a mi hijo Ptolomeo y a mi hija Cleopatra, pero pienso en ellos como el Sol y la Luna, así que quizá cuando tengas en la residencia a Cha'em podrías llamar oficialmente a mi hijo Ptolomeo Alejandro Helios y a mi hija Cleopatra Selene. Él es el decimosexto Ptolomeo y ella la octava Cleopatra. Sí que sería bueno que tuviesen sus propios nombres, ¿no crees?

El año que viene estaré sin duda en Antioquía, aunque quizá no tenga tiempo para visitar Alejandría. Sin duda ya sabrás que Publio Ventidio se excedió en el mandato que le había dado para ir a la guerra y expulsar a los partos de Siria. En realidad no me complació, dado que apesta a soberbia. En lugar de poner a Herodes en el trono, se ha ido a Samosata, que, según me acaban de informar, ha cerrado sus puertas para soportar el asedio. Sin embargo, debe de tener el tamaño de una aldea, por lo que no podrá tardar más de un nundinum en rendirse.

Octavia está encantada, aunque algunas veces me encuentro a mí mismo deseando que tuviese algo más de su hermano. Hay algo intimidatorio en una mujer que no tiene faltas, y ella no las tiene, créeme. Si se quejase de vez en cuando, creo que pensaría mejor de ella, pues sé que cree que no paso bastante tiempo con los niños, de los cuales sólo tres son míos. En cuyo caso, ¿por qué no decirlo? Pero ¿lo hace? ¡Octavia, no! Sólo se muestra apenada. Así y todo, debo considerarme afortunado. No hay mujer en Roma más deseable; me envidian profundamente incluso mis enemigos. Escríbeme y dime cómo estás, y cómo está Cesarión. Ático hizo algunos comentarios sobre él y su relación con Octavio. Insinuó que puede haber un futuro peligro para él. Hagas lo que hagas, no lo envíes a Roma hasta que yo pueda acompañarlo. Es una orden, y no seas como Ventidio. Tu hijo se parece demasiado a César como para ser bien recibido por Octavio. Necesitará aliados en Roma, un fuerte apoyo.