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– Rehúso creerlo -dijo ella, que se puso de puntillas para besarle la mejilla-. Ventidio es un hombre de honor.

Los ojos de Antonio superaron su cabeza para fijarse en el médico, que estaba inclinado y al que le temblaban las rodillas.

– ¿Quién eres? -preguntó.

– Es Temistofanes -dijo Octavia-. Es el doctor que acaba de ver a Quinto Delio. Antonio, que se había olvidado del todo de Delio, parpadeó.

– ¡Oh! ¡Oh, sí! ¿Cómo está? ¿Todavía vive?

– Sí, señor Antonio, vive. Creo que sufre un ataque de hígado. Consiguió decirme que debe ir contigo a Siria, pero no puede; de eso estoy seguro. Necesita cataplasmas de carbón, verdín, bitumen y aceite aplicados en el pecho varias veces al día, además de purgas y una flebotomía -respondió el médico, que parecía aterrorizado-. Un tratamiento muy caro.

– Es mejor entonces que se quede aquí -manifestó Antojo, enojado por no tener a Delio para señalarle al legado delator-. Ve a ver a mi secretario Lucilio para que te pague.

Otro beso y abrazo a Octavia y Antonio se marchó. Ella se quedó, con una expresión divertida, y luego se encogió de hornos y sonrió.

– Bueno, ahora no lo volveré a ver hasta el invierno -comentó-. Debo darle la noticia a los niños.

En la planta alta, muy cómodo en su cama, Delio dio gracias a los dioses por haberle dado la entereza de mente para desplomarse. Por lo que decía Temistofanes, lo pasaría mal, e incluso llegaría a tener fuertes dolores; un precio pequeño a pagar por la salvación. Que Antonio hubiese decidido salir para Samosata era la única cosa que no había buscado; ¿por qué iba a hacerlo cuando ni siquiera había movido un músculo para expulsar a los partos? Quizá, decidió Delio, sería una buena idea tener una milagrosa recuperación y pasar unos meses en Roma dedicado a congraciarse con Antonio.

El austro sopló, y el barco, que no llevaba más carga que a Antonio y su equipaje, soportó llevar dos hileras de remeros a bordo. Pero el viento del sur no era el ideal y al capitán le desagradaba el mar abierto, por lo que se mantuvo cerca de la costa todo el camino y fue haciendo escalas desde Licia hasta Portae Alexandreia. «Es una suerte -pensó el inquieto Antonio- que Pompeyo Magno hubiese barrido de estas costas a todos los piratas que se refugiaban en las cuevas y fortalezas a lo largo de Pamfilia y Cilicia Tracheia. De lo contrario hubiese sido capturado y retenido a la espera del pago de un rescate como muchos romanos, incluido Divus Julius.

Incluso leer era difícil, porque el barco tenía tendencia a cabecear. El Mare Nostrum no tenía mareas oceánicas, pero estaba agitado y podía ser peligroso en tormentas. Éstas al menos se las evitó porque era verano, el mejor tiempo del año para navegar. La única manera que tenía para aliviar su impaciencia era jugar a los dados con los marineros por unos pocos sestercios, e incluso así, tenía mucho cuidado de no perder. También caminaba por la cubierta una y otra vez, y mantenía los músculos en forma levantando barricas de agua y haciendo otras demostraciones de fuerza delante de la tripulación. La mayoría de noches, y a instancias del capitán, entraban en un puerto o fondeaban frente a alguna playa desierta. Era un viaje de setecientas millas a un promedio de treinta millas al día en el mejor de los casos. Había momentos en los que Antonio creía que nunca llegaría.

Cuando todo lo demás fallaba, se apoyaba en la borda y miraba el agua, con la esperanza de ver algún gigantesco monstruo marino, pero lo más cerca que estuvo de eso fueron los grandes delfines que nadaban y retozaban alrededor del casco, metían entre los dos remos del timón y saltaban como liebres marinas.

Luego descubrió que mirar durante mucho tiempo le provocaba una oleada de soledad, una sensación de abandono, de cansancio y desencanto, y se preguntaba qué le estaría pasando.

Al final decidió que la defección de Ventidio había destrozado una parte de su interior, que no lo había hecho reaccionar con su rabia acostumbrada, que era una especie de espíritu combativo, sino que lo había llenado de negra desesperación. Sí -pensó-, temo encontrarme con él. Temo encontrar la prueba de su perfidia aquí mismo debajo de mis narices. ¿Qué puedo hacer? Despedirlo, por supuesto. Expulsarlo de Roma y que no tenga el maldito triunfo que tanto le interesa. Pero ¿con quién puedo reemplazarlo? ¿Con algún llorica como Sosio? Quién más hay, aparte de Sosio? Canidio es un buen hombre, y mi primo Caninio. Sin embargo, si Ventidio pudo aceptar un soborno, ¿por qué no cualquiera de ellos, que no están ligados a mí por años en la Galia Transalpina y en la guerra civil de César? Tengo cuarenta y cinco años, y el resto son diez y quince años más jóvenes que yo. Calvino y Vatia están con Octavio, también, me dicen, Apio Claudio Pulcher, el cónsul más importante desde Calvino. ¿Quizá es el núcleo de todo esto? Infidelidad. Deslealtad.»

En exactamente un mes su barco amarró en Portae Alexandreia, y se dedicó a buscar monturas para sus sirvientes. Se había traído a Clemencia con él, su Caballo Público tordo gris con la alzada y la fuerza para soportarlo. Todavía con aquel humor lúgubre cabalgó hacia Samosata.

Al llegar al Éufrates, Samosata se alzaba como un ladrillo negro. Asombrado, Antonio descubrió que ésta era una ciudad pande con el mismo tipo de murallas que Amida, porque había pertenecido a los asirios cuando gobernaban esta parte del mundo. Basalto negro del tipo que los griegos llamaban ciclópeo; suave, inmensamente alto e invulnerable a los arietes y a las torres de asalto. A partir de aquel momento supo que Delio lo había engañado; lo que no sabía era si Delio lo había hecho adrede o sólo porque había sido engañado por su corresponsal f Sexta. Ésa no era una aldea de Capadocia en un acantilado de toba, sino una impresionante tarea incluso para un César experiencia de asedios había sido muy diferente. Nada que Ventidio hubiese visto en ninguna de las guerras de César podía haberlo preparado para esto.

Sin embargo, siempre estaba la posibilidad de que Ventidio hubiese aceptado un soborno; envarado y dolorido, Antonio se apeó de Clemencia en la zona de reunión del campamento, al lado mismo del alojamiento del general.

Ventidio salió para ver a qué venía tanto alboroto; un hombre fornido que aparentaba su edad, prietos rizos grises que convertían su cabeza en algo parecido al astracán. Su rostro se iluminó.

– ¡Antonio! -gritó, y se acercó para abrazarlo-. En nombre de Júpiter, ¿qué es lo que te trae a Samosata?

– Quería saber cómo iba el asedio.

– ¡Ah, eso! -Ventidio se rió, jubiloso-. Samosata puso término hace dos días. Las puertas están abiertas y Antíoco se ha largado, el astuto irrumator.

– Al lado de dar, ¿no?

– Bueno, en ese aspecto. En todos los demás, recibe.

Ventidio le dio a Antonio una silla de campaña y fue a buscar las bebidas.

– ¿Horrible tinto, peor blanco o refrescante agua del Éufrates?

– Tinto, mitad y mitad con agua del Éufrates. Es buena, ¿verdad?

– Tiene sabor para ser agua. La ciudad no tiene un acueducto ni cloacas. Cavan pozos en lugar de traer el agua potable desde el río, luego también cavan letrinas junto a los pozos. -Hizo una mueca-. ¡Los muy locos! Las fiebres entéricas se propagan durante el verano y el invierno. He construido un acueducto para mis hombres y les he prohibido que entren en contacto con los habitantes de Samosata. El río es tan profundo y ancho que no he tenido más que meter las cloacas del campamento en él. Nuestros lugares de baño están corriente arriba, aunque ésta es peligrosa. -Atendida la hospitalidad, Ventidio se sentó en su silla curul y miró a Antonio astutamente-. Hay algo más que curiosidad por mi asedio, Antonio. ¿Qué pasa?

– Alguien en Atenas me dijo que habías aceptado un soborno de mil talentos de Antíoco para mantener el asedio.