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– Cacat! -Ventidio se sentó muy erguido, y el placer desapareció de sus ojos-. Bueno, tu llegada muestra que has mordido el anzuelo. ¿Quién es? Creo que tengo derecho a saberlo.

– Primero, una pregunta: ¿tienes problemas con la cadena de mando en la Sexta?

Ventidio abrió mucho los ojos.

– ¿La Sexta?

– Sí, la Sexta.

– Antonio, no tengo aquí a la Sexta desde abril. Silo tuvo problemas para poner a Herodes en su trono, y me pidió otra legión. Le envié la Sexta.

Antonio se levantó, preso de un súbito malestar, y fue hasta ventana, en la pared de ladrillos. Eso lo respondía todo excepto porqué Delio se había inventado la historia. ¿Cómo lo había ofendido Ventidio?

– El informante fue Quinto Delio, que dijo que se escribía con un legado de la Sexta. Este legado le habló del soborno e insistió en que todo el ejército lo sabía. Ventidio empalideció.

– ¡Oh, Antonio, eso duele! ¡Me has herido en lo más profundo! ¿Cómo has podido creer la palabra de un miserable gusano como Delio sin siquiera escribirme para preguntarme qué estaba pasando? ¡En cambio, aquí estás en persona! Eso demuestra que le crees. ¡Y a mí no! ¿Qué clase de prueba aportó?

Antonio se esforzó al volverse desde la ventana.

– No lo hizo. Dijo que su informante quería conservar el anonimato. Pero llegó más lejos que eso; me refiero al soborno. También te acusó de manipular los libros de cuentas para el tesoro.

Con las lágrimas corriendo por su rostro curtido, Ventidio volvió un hombro hacia Antonio.

– ¡Quinto Delio! ¡Un lameculos, un miserable rastrero, un vil trepador! ¿Sólo con su palabra has hecho este viaje? ¡Podría escupirte! ¡Debería escupirte!

– No tengo excusas -dijo Antonio, lloroso, con el deseo de estar en alguna otra parte, en cualquiera menos allí-. Supongo que es la vida en Atenas. Tan lejos de la acción, metido hasta el cuello en montañas de papeles, alejado de todo. Ventidio, te pido perdón con todo mi corazón.

– Puedes clamar perdón desde aquí hasta tu pira y en tu vuelta a la vida, Antonio. No servirá de nada. -Se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano-. Tú y yo hemos acabado. Acabado. He tomado Samosata y arrojo mis libros de cuentas abiertos para cualquiera que tú escojas como auditor. No encontrarás ninguna discrepancia, ni siquiera en una lámpara de bronce. Te pido que me licencies, mi comandante, que me dejes regresar a Roma. Insisto en mi triunfo, pero he luchado mi última campaña para Roma. Una vez que haya depositado mis árales a los pies de Júpiter Óptimo Máximo me iré a casa, a Reata criar mulas. Casi me he roto la espalda luchando tus guerras por ti, y las únicas gracias que me has dado es una acusación de un tipejo como Delio. -Se levantó y fue hacia la puerta-. Aunque éstas son mis habitaciones, esta noche saldré de ellas. Puedes instalarte y tomar las disposiciones que quieras. ¡Tú confiabas en mí! Y ahora esto.

– ¡Publio, por favor! ¡Por favor! ¡No podemos separarnos como enemigos!

– Tú no eres mi enemigo, Antonio. Tú peor enemigo eres tú mismo, no un mulero picentino que caminó en el triunfo de Strabo hace cincuenta años atrás. Tú eres el motivo por el que los italianos todavía estamos en el extremo corto del palo; después de todo, Delio es un romano. Eso hace que su palabra sea mejor que la mía, eso hace que sea mejor que yo. Estoy harto de Roma, harto de la guerra y de los campamentos, de sólo la compañía de hombres. Y no confíes en Silo, es otro italiano, podría aceptar un soborno. Regresará a casa conmigo. -Ventidio tomó aliento-. Buena suerte en Oriente, Antonio. Te va bien, de verdad. Corruptos lameculos, grasientos potentados orientales que se mienten incluso a sí mismos… -Su rostro se contorsionó en una muestra de dolor-. Eso me recuerda una cosa: Herodes está aquí. También está Polemón de Pontus y Amintas de Galacia. No te faltará compañía, incluso si Delio fue demasiado cobarde para venir.

Después de que Ventidio cerró la puerta al salir, Antonio vació su vino aguado a través de la ventana y se sirvió un vaso lleno del fuerte y ligeramente tóxico vino.

«No podría haber sido peor, ni podría haber llevado una conversación de forma más inepta. Ventidio tenía razón -pensó Antonio mientras bebía el vino hasta acabarlo. Cuando se levantó para llenar de nuevo su vulgar vaso de cerámica, se trajo la botella-. Sí, Ventidio tenía razón. En algún momento del camino me he perdido a mí mismo, mi dirección, mi autoestima. ¡Ni siquiera soy capaz de enfurecerme! Lo que dijo es la verdad. ¿Por qué creí a Delio? Es como si volviera atrás en el tiempo, aquel día en Atenas cuando Delio vertió su veneno en mi oreja ansiosa. ¿Quién es Delio? ¿Cómo he sido capaz de creer un relato del que no tenía ninguna prueba para respaldarlo ni ninguna evidencia? Quería creerlo, es lo único que se me ocurre. Quería ver desgraciado a mi viejo amigo, lo deseaba. ¿Por qué? Porque luchó en una guerra que me pertenecía, una guerra que no me molesté en luchar por mí mismo. Eso podía haber significado mucho trabajo. Se ha convertido en una tradición romana que el comandante en jefe se adjudique todo el mérito. Cayo Mario lo comenzó cuando se adjudicó el mérito de la captura de Yugurta. No tendría que haberlo hecho.

Sila consiguió la hazaña de una forma experta, brillante. Pero Mario, sencillamente, no quería compartir los laureles, por lo que nunca lo mencionó ni siquiera en las negociaciones. Si Sila no hubiese publicado sus memorias, nadie hubiera sabido nunca la verdad.

«Quería acabar esta campaña contra los partos en la nieve, reservarme el encuentro final para mí mismo después de que un hombre mejor los hubiese ablandado. Luego Ventidio me robó mi trueno. Un Titán lo bastante osado para saber cómo hacerlo. (Crac, bum! Adiós a mi trueno. ¡Cuán furioso me sentí cuán frustrado! Lo subestimé a él y a Silo; nunca se me ocurrió pensar lo buenos que eran. Por eso creí a Delio. No puede haber otra razón. Quería destruirlos logros de Ventidio, quería verlo caído en desgracia, incluso matarlo como a Salvidieno. Aquello también fue obra mía, aunque Salvidieno era menos hombre, menos comandante. Estaba tan absorbido con Octavio que dejé que Oriente se escapase de mis manos, le di [as riendas a Ventidio, mi leal mulero.

Comenzó a llorar, y se balanceó atrás y adelante en un débil taburete de patas cruzadas con su asiento de cuero, y miró cómo las lágrimas caían en el vino, bebiendo su propio dolor como un perro se lame las heridas. ¡Oh, el pesar, el arrepentimiento! Nadie lo volvería a mirar de nuevo de la misma maneta. Su honor había sido manchado de una forma irremediable.

Cuando Herodes entró una hora más tarde, se encontró a Antonio tan borracho que no fue reconocido ni saludado.

Entró Ventidio, vio a Antonio y escupió en el suelo.

– Busca a sus sirvientes y diles que lo acuesten -ordenó Ventidio con rudeza-. Aquí, en mis habitaciones. En el momento en que se recupere, yo estaré ya a medio camino de Siria.

Herodes no pudo averiguar nada más que eso.

Antonio se lo dijo dos días más tarde, sobrio, pero contra todo pronóstico afectado por el vino.

– Creí a Delio -manifestó, dolido.

– Sí, eso fue poco sabio, Antonio. -Herodes intentó mostrarse animado-. Sin embargo, ya está hecho y acabado. Samosata ha caído, Antíoco ha huido a Persia y el botín sobrepasa todas las expectativas. Una buena conclusión para la guerra.

– ¿Cómo conquistó Ventidio el lugar?

– Es un inventor, así que vio lo que debía hacer. Construyó gigantesca bola con trozos de hierro, la sujetó a una cadena y colgó ésta de una torre. Luego unció cincuenta bueyes y arrastró la bola todo lo lejos que pudo detrás de la torre. Cuando la cadena quedó bien tensa, cortó la unión entre la bola y las bestias. La bola se movió como un monstruoso puño y golpeó las murallas con un terrible sonido; me tapé los oídos. ¡Las murallas se cayeron sin más! En cuestión de un día había demolido lo suficiente para que sus soldados entrasen por miles. Los samosatas no tenían ninguna otra defensa más que sus fortificaciones. ¡Ni tropas buenas o malas, nada!