– ¡Y ningún dinero para pagar los costes de una guerra total contra el mentula -dijo Agripa con un tono feroz-. Bueno, yo traigo otros dos mil en botín; eso son cien millones de la factura del trigo cuando se añadan a lo que queda de Ventidio. ¡Lo que deberíamos hacer es llevar el Senado al centro del foro y dejar que la turba apedree a cada miembro hasta la muerte! Pero, por supuesto, todos han huido de Roma, ¿no es así?
– Sí. Escondidos en sus villas. No sólo Roma está revuelta, toda Italia se levanta. No es culpa suya, dicen, y culpan de todo al mal gobierno de César. ¡Los maldigo!
Agripa se acercó a la puerta de la tienda.
– Tenemos que detenerlo. Mecenas. Ven, vayamos a ver a César.
Mecenas lo miró, atónito.
– ¡Agripa! ¡No puedes! ¡Si cruzas el pomerium para entrar en Roma, perderás el triunfo!
– ¿Oh, que es un triunfo cuando César me necesita? Ya celebraré un triunfo por alguna otra guerra.
Agripa se alejó, sin compañía, aún con la armadura; sus largas piernas se tragaban la distancia. Su mente corría en círculos, porque sabía que no había ninguna respuesta, mientras su espíritu insistía en que debía haberla. «¡César, César, no puedes permitir que un vulgar pirata te tenga a ti y al pueblo romano como rehenes! Te maldigo, Sexto Pompeyo, pero maldigo a Antonio todavía más.»
Todo lo que Mecenas pudo hacer fue meterse de nuevo en la litera con la ilusión de estar en la domus Livia Drusilia una hora más tarde, escoltado por su guardia armada. ¡Agripa, solo! La turba lo haría pedazos.
La ciudad estaba en rebeldía, todas las persianas de las tiendas, bajadas y cerradas, las paredes, cubiertas de pintadas, algunas protestaban por el precio del trigo, pero la mayoría insultaban a César, advirtió Agripa mientras bajaba por la Colina de los Banqueros. Las bandas caminaban armadas con piedras, garrotes, alguna espada, pero nadie le desafió; hasta el más agresivo de entre ellos se daba cuenta de que era un guerrero. Los restos de huevos podridos y verduras chorreaban por las fachadas de venerables bancos y pórticos; en el aire flotaba el hedor de los excrementos en los bacines que nadie tenía el coraje de llevar hasta la letrina pública más cercana para vaciarlos; nunca en sus más mórbidos sueños había pensado Agripa ver Roma tan degradada, tan sucia, tan marcada. La única cosa que faltaba era el hedor del humo; hasta entonces, la locura aún no dominaba del todo. Sin importarle su seguridad, Agripa se abrió paso a codazos entre las soliviantadas multitudes en el foro, donde habían tumbado las estatuas y los brillantes colores de los templos aparecían casi borrados con las pintadas y la suciedad. Cuando llegó a las Escaleras de los Orfebres las bajó de cuatro en cuatro, apartando a quien se cruzaba en su camino. Atravesó el Palatino, y allí delante de él se alzaba el muro levantado a toda prisa, en lo alto del cual había una fila de guardias germanos.
– ¡Marco Agripa! -gritó uno cuando él levantó un brazo; cayó el puente levadizo a través de una amplia trinchera y levantaron el rastrillo.
Para ese momento, al sonoro coro de «¡Marco Agripa!» se sumaron los gritos y los vivas. Entró rodeado por los entusiastas ubios.
– ¡Mantened la guardia, muchachos! -gritó por encima del hombro, y les dedicó una sonrisa. Entró en un patio desolado, con los estanques de peces sucios, y con hierbajos por todas partes, un jardín abandonado que ahora servía de campamento para los germanos, que no eran melindrosos.
En el interior de la domus Livia Drusilia vio que la nueva esposa había dejado su marca. El lugar había cambiado hasta el punto de ser irreconocible. Entró en una habitación amueblada con un gusto exquisito, las paredes iluminadas con frescos, los plintos y las hornacinas de preciosos mármoles. Burgundino apareció con su rostro furioso, que se transformó en una pura sonrisa tan pronto como descubrió quién estaba marcando el valiosísimo suelo con sus botas de clavos.
– ¿Dónde está, Burgundino?
– En su sala de negociaciones. ¡Oh, Marco Agripa, qué alegría verte!
Sí, estaba en su sala de negociaciones, pero no sentado a la desvencijada mesa sostenida por cajones de libros y estanterías llenas hasta los topes. Aquella mesa era enorme y estaba hecha de malaquita verde; el desorden de los archivos había quedado reducido a la misma pulcritud que la mesa de César siempre había mostrado, y los dos escribas ocupaban mesas menos ornadas pero muy presentables, mientras un empleado se movía archivando los rollos de pergamino. El rostro que se levantó irritado para ver quién lo molestaba había envejecido, parecía estar a punto de llegar a la cuarentena, no por las líneas o las amigas, sino por las marcas negras alrededor de unos ojos gastados, surcos en la frente, una boca casi sin labios.
– ¡César!
El tintero de malaquita salió volando; de repente Octavio se levantó en medio de papeles que flotaban y cruzó de un salto la habitación para sujetar a Agripa en un extraordinario abrazo. Entonces llegó la comprensión. Retrocedió, horrorizado.
– ¡Oh, no! ¡Tu triunfo!
Agripa lo abrazó, lo besó en las mejillas.
– Habrá otros triunfos, César. ¿Crees de verdad que podía permanecer afuera cuando Roma está en semejante tumulto que te impide salir? Si un civil ve mi rostro, no lo reconocería, así que vine a ti.
– ¿Dónde está Mecenas?
– Regresa en la litera -respondió Agripa con una sonrisa.
– ¿Quieres decir que has venido sin escolta?
– No hay chusma que se pueda enfrentar a un centurión totalmente armado, y eso es lo que creyeron que era. Mecenas necesitaba la guardia más que yo.
Octavio se enjugó las lágrimas, cerró los ojos.
– Agripa, mi querido Agripa. Oh, éste será el punto de inflexión, lo sé.
– ¿César? -preguntó una nueva voz, baja y ligeramente ronca.
Octavio se volvió en los brazos de Agripa, pero sin apartarse.
– ¡Livia Drusilia, mi vida vuelve a ser completa! Marco ha regresado a casa.
Agripa contempló el pequeño rostro oval, la piel de un marfil impecable, la boca de labios llenos, los grandes ojos oscuros brillantes. Si ella encontraba la situación extraña, nada de eso se reflejó, ni siquiera en la profundidad de aquellos ojos tan expresivos. En su rostro apareció una sonrisa de auténtico deleite, y apoyó su mano suavemente en el brazo de Agripa, y lo acarició con la ternura de una amante.
– Marco Agripa, qué maravilloso -dijo, y después frunció el entrecejo-. ¡Pero tu triunfo!
– Renunció a él para verme -manifestó Octavio, y cogió a su esposa por una mano y puso el otro brazo sobre los hombros de Agripa-. Ven, vamos a sentarnos en algún lugar más privado y cómodo. Livia Drusilia me ha dado la fuerza de trabajo más eficiente, pero he perdido mi aislamiento.
– ¿Es este nuevo aspecto de la casa de César obra tuya, señora? -preguntó Agripa, que se sentó en una silla dorada tapizada con un suave brocado púrpura y aceptó una copa de cristal de vino sin agua. Bebió un sorbo, y se rió-. ¡Una cosecha mucho mejor de la que acostumbrabas a servir, César!
¿Supongo que beber sin agua significa que esto es una celebración?
– Ninguna más importante que tu regreso. Es una maravilla, mi Livia Drusilia.
Para sorpresa de Agripa, Livia Drusilia no se ausentó, como debía hacer una esposa. Escogió una gran silla púrpura y se sentó con los pies debajo de las nalgas, y aceptó una copa de Octavio con un gesto de gracias. «¡Vaya! ¡La señora asiste a los consejos!»
– De alguna manera tengo que sobrevivir un año más a esto -dijo Octavio, y dejó la copa después de aquel brindis-. A menos que tú creas que podamos movernos el próximo año.