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– No, César, no podemos. Portus Julius no estará preparado hasta el verano, por lo tanto, Sabino dijo en su última carta que me da ocho meses para armarme y entrenarme. La derrota de Sexto Pompeyo ha de ser completa, absoluta para que no pueda levantarse de nuevo. Aunque de alguna parte tendremos que encontrar por lo menos ciento cincuenta barcos de guerra. Los astilleros de Italia no pueden darnos tanto.

– Sólo hay una fuente capaz de proveerlos, y ésa es nuestro querido Antonio -dijo Octavio con un tono amargo-. ¡Él y únicamente él es la causa de todo esto! Tiene al Senado comiendo de su mano, ningún dios puede decirme por qué. ¿Creerías que esos locos actuarían mejor si no vivieran en medio de tanta agonía? ¡Pues no! La lealtad a Marco Antonio cuenta más que los vientres hambrientos.

– Eso no ha cambiado desde los días de Catulo y Escauro -señaló Agripa-. ¿Le estás escribiendo?

– Lo estaba cuando tú apareciste en la puerta, desperdiciando una hoja de papel tras otra en un intento de encontrar las palabras adecuadas.

– ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que lo viste?

– Más de un año, cuando se llevó a Octavia y a los niños a Atenas. Le escribí la primavera pasada y le solicité que se reuniese conmigo en Brundisium, pero me engañó al presentarse sin las legiones y con tal velocidad después de mi llamada que yo todavía estaba en Roma esperando su respuesta. Lo que hizo entonces fue regresar a Atenas y me envió una desagradable carta, con la amenaza de cortarme la cabeza si no me presentaba en nuestro próximo encuentro. Luego se marchó a Samosata, por consiguiente, nada de reunión. Ni siquiera estoy seguro de que haya regresado a Atenas.

– Dejemos eso de lado, César. ¿Qué podemos hacer con el abastecimiento de trigo? De alguna manera tenemos que alimentar a Italia, y más barato de lo que dice Mecenas que podemos.

– Livia Drusilia dice que debo pedir prestado todo lo que necesite de los plutócratas, pero me repugna hacerlo.

«¡Bueno, bueno, un buen consejo del gorrión negro!»

– Tiene razón, César. Pedir en préstamo en lugar de implantar impuestos.

Los ojos de ella volaron al rostro de Agripa, asombrados; el de aquel día era un encuentro que temía, convencida de que el mas amado amigo de César sería su enemigo. ¿Por qué no iba a serio? Los hombres no daban la bienvenida a las mujeres en los consejos, y mientras ella sabía que sus ideas eran las correctas, los hombres como Estatilio Tauro, Calvisio Sabino, Apio Claudio y Comelio Gallo detestaban ver cómo subía su estrella. Tener a Agripa de su lado era un regalo mayor que el hijo que hasta ahora no había tenido.

– Me exprimirán.

– Más que una esponja de primera calidad -dijo Agripa con una sonrisa-. Sin embargo, el dinero está allí, y hasta que Antonio no mueva el culo de Oriente, no están obteniendo ninguna ganancia del este, su mayor fuente de beneficios.

– Sí, lo entiendo -admitió Octavio, un tanto envarado, sin tener muy claro si deseaba verse abrumado por los buenos consejos sobre cosas que había deducido por sí mismo-. Lo que me desagrada es pagar un interés que será del veinte por ciento compuesto.

Hora de retirarse; Agripa pareció desconcertado.

– ¿Compuesto?

– Sí, intereses sobre los intereses. Eso hará que Roma sea su deudora durante los treinta o cuarenta años próximos -señaló Octavio.

– Dudas de ti mismo, querido César, y no debes -intervino Livia Drusilia-. ¡Venga, piensa! Tú conoces la respuesta.

Apareció la vieja sonrisa, se rió.

– Te refieres a las arcas de Sexto Pompeyo, llenas de ganancias poco recomendables.

– A eso se refiere -señaló Agripa, y le dirigió a ella una mirada de gratitud.

– Eso ya se me ha ocurrido, pero lo que me desagrada todavía más que pedirle a los plutócratas es darle el contenido de los cofres de Sexto a ellos cuando todo se acabe. -De pronto se mostró astuto-, Les ofreceré el veinte por ciento compuesto, y echaré mi red lo bastante grande como para atrapar en ella a unos cuantos senadores de Antonio. Dudo de que nadie me vaya a rechazar en estos términos, ¿no? Incluso quizá tenga que pagar más de un año de las ganancias de Sexto, pero una vez que me deshaga de Antonio y haga mío al Senado, podré hacer lo que quiera. Reducir la tasa de interés con leyes; los únicos que protestarán serán los grandes peces en nuestro mar de dinero.

– No ha estado ocioso en otros aspectos -manifestó Livia Drusilia.

Octavio pareció desconcertado por un momento, y después se rió.

– ¡Oh, la campaña de cultivar más trigo en Italia! Sí, me he endeudado todavía más en nombre de Roma. Mis cálculos revelan que un campesino con una gran familia necesita doscientos modii de trigo al año para alimentarlos a todos. Pero una iugerum da mucho más que eso, y por supuesto el campesino vende el sobrante a menos que las criaturas del campo y los otros augurios en los que cree le digan que vendrá una sequía o una inundación. En cuyo caso ensila más trigo. Sin embargo, las señales dicen que no tendremos inundación o sequía el próximo año. Por lo tanto, les estoy ofreciendo a los agricultores treinta sestercios el modius por el sobrante. Una suma que los compradores privados a los que normalmente les venden no están preparados para igualar. Lo que espero es que algunos de nuestros veteranos cultiven algo en sus parcelas. La mayoría de ellos alquilan sus tierras a los cultivadores de uvas porque les gusta beber vino; a mí me parece que así es como funciona la mente de un soldado retirado.

– Cualquier cosa que signifique comprarle menos trigo a Sexto en la próxima cosecha es bueno, César -afirmó Agripa-, ¿pero bastará? ¿Cuánto piensas comprar?

– La mitad de nuestras necesidades -respondió Octavio con voz tranquila.

– Será caro, pero no tanto como lo que pediría Sexto. Mecenas dijo que Lépido no ha hecho nada para preservar el suministro africano. ¿Qué está pasando allí? -preguntó Agripa.

– Se cree demasiado importante -contestó Liria Drusilia, que arrojó aquella piedra para ver si Agripa miraba a su esposo en busca de confirmación. Pero no lo hizo, aceptó sus palabras (y a ella) como un igual a Octavio. «¡Oh, Agripa, yo también te quiero!»

La armadura de Agripa crujió cuando intentó ponerse más cómodo; había demasiadas sillas de campo sin respaldo.

– Él no lo sabe, César -añadió Livia Drusilia, con los ojos resplandecientes-. Díselo, y después deja que el pobre hombre se quite esa terrible coraza.

– Edepol! ¡Me olvidé! -exclamó Octavio, y se sacudió de deleite-. En menos de un mes, Marco, serás primer cónsul de Roma.

– ¡César! -dijo Agripa, asombrado. Una ola de alegría inundó su cuerpo y transfiguró su rostro severo-. ¡César, no soy… no soy digno!

– Nadie en el mundo es más digno, Marco. Todo lo que he hecho es darte una Roma golpeada y sangrante, hambrienta pero no derrotada. He tenido que darle el segundo consulado a Caninio por la única razón que es el primo de Antonio, pero cuando cumpla el plazo será reemplazado por Estatilio Tauro como cónsul elegido por Divus Julius. El Senado tiembla porque tú mostraste tu acero cuando eras pretor urbano para hacerles comprender que no tendrás piedad.

– Lo que no has dicho, César, es cuánto detestarán este nombramiento los hombres de sangre noble. La mía es corriente.

– ¿Nombramiento? -preguntó Octavio, que abrió mucho sus ojos grises-. Mi querido Agripa, fuiste elegido en ausencia, un premio que no quisieron conceder a Divus Julius. Tu sangre no es corriente, es una buena y legítima sangre romana. Yo sé la espada de quién prefiero tener a mi lado, y no pertenece a un Fabio, a un Valerio o a un Julio.

– ¡Oh, esto es fantástico! Significa que podré trabajar en Portus Julius con autoridad consular. Sólo tú o Antonio podéis impedírmelo, y tú no lo harás, y él no puede. ¡Gracias, César, gracias!