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– Yo misma me lo dije, y creo que me lo creí.

El archimanipulador se inclinó hacia adelante en la silla angular.

– Vamos, querida, no es Glafira lo que te preocupa. Tienes demasiado sentido común para eso. ¿Cuál es en realidad el problema?

Sus ojos se velaron, sus manos se movieron indefensas.

– Estoy desconcertada, Mecenas. Lo único que te puedo decir es que Antonio ha cambiado de alguna manera que no puedo explicar. Esperaba que regresase lleno de buena salud y gritando de diversión; le encanta visitar escenarios de guerra, le rejuvenece. Pero ha vuelto; oh, no lo sé, marchito. ¿Ésa es la palabra correcta? Es como si el viaje le hubiese privado de algo que necesita desesperadamente para mantener la buena opinión de sí mismo. Ha habido otros cambios; se ha enemistado con Quinto Delio, a quien despachó. No quiere ver a Planeo, que vino de visita desde la provincia de Asia. Sólo aceptó el tributo que éste le trajo y le ordenó que regresase a Éfeso. Planeo está furioso, pero lo más que pude sacarle a Antonio es que no confía en ninguno de sus amigos. Que todos ellos le mienten. Pollio quería hablar con él aquí sobre las dificultades de César en Italia; tiene problemas para mantener a la facción senatorial de Antonio en la brecha, ve a saber lo que significa. Pero ¡no se le ha permitido venir!

– He escuchado que su más serio disgusto fue con Publio Ventidio -señaló Mecenas.

– Bueno, toda Roma debe saberlo ya -dijo ella con amargura-. Cometió un terrible error al creer que Ventidio había aceptado un soborno.

– Quizá ése es el problema.

– Quizá -asintió ella, y después volvió la cabeza-. ¡Ah, Antonio!

Él entró con toda la agilidad y la gracia que siempre asombraba a Mecenas; los hombres grandes y musculosos se suponía que se movían torpemente. El rostro de piel suave se estaba aflojando, pero no por algún estado de ánimo transitorio, pensó Mecenas. Ésa era su expresión habitual en esos días, adivinó. Cuando Antonio vio a Mecenas frunció el entrecejo.

– ¡Oh, tú! -dijo, y se dejó caer en una silla pero no buscó el vino-. Supongo que tu llegada era inevitable, aunque prefería creer que tu baboso amo continuaría escribiéndome cartas de súplica.

– No, consideró que ya era hora de enviar al suplicante Mecenas.

Octavia se levantó.

– Os dejaré solos -dijo, y alborotó los cobrizos rubios cuando pasó junto a la silla de Antonio-. Comportaos.

Mecenas se rió, Antonio no.

– ¿Qué quiere Octavio?

– Lo que siempre quiere, Antonio. Barcos de guerra.

– No tengo ninguno.

– Gerrae! El Pireo está lleno. -Mecenas dejó su copa de vino a un lado y unió los dedos para formar una pirámide-. Antonio, no puedes continuar evitando una reunión con César Octavio.

– ¡Ja! No fui yo quien no se presentó en Brundisium.

– No enviaste palabra de tu llegada, y te moviste con tanta rapidez que pillaste a César Octavio con el pie todavía en Roma. Luego no esperaste hasta que pudo hacer el viaje.

– No tenía ninguna intención de hacer el viaje. Sólo quería verme saltar a su orden.

– No, él no haría eso.

La discusión continuó y continuó durante varias horas, que emplearon para hacer una comida sin intención de disfrutar de las exquisiteces que los cocineros de Octavia habían preparado y durante la cual Mecenas observó a su presa como un gato a un ratón. Aunque tembloroso con la perspectiva de la caza. «Octavia, tú estás más cerca de la diana de lo que crees -pensó-. Marchito es la palabra correcta para describir a este nuevo Antonio.»

Finalmente dio una palmada en los muslos y soltó un ruido de enfado, la primera señal que había hecho de impaciencia.

– Antonio, admite que, sin tu ayuda, César Octavio no puede derrotar a Sexto Pompeyo. Antonio le mostró los dientes.

– Lo admito sin tapujos.

– ¿Entonces no se te ha ocurrido que todo el dinero que necesitas para dominar Oriente e invadir el reino de los partos está en las bóvedas de Sexto?

– Bueno, sí… se me ha ocurrido.

– Entonces, si es así, ¿por qué no comienzas a redistribuir la riqueza de la manera correcta, la manera romana? ¿Realmente importa que César Octavio vea desaparecer sus problemas si Sexto es derrotado? Tus problemas son los que te preocupan, Antonio, y, como los de César Octavio, se esfumarán una vez que las bóvedas de Sexto queden abiertas. ¿No es eso mucho más importante para ti que el destino de César Octavio? Si vuelves de Oriente con una brillante campaña en tu haber, ¿quién podrá ser tu rival?

– No confío en tu amo, Mecenas. Pensará la manera de quedarse con el contenido de las bóvedas de Sexto.

– Eso podría ser cierto si Sexto tuviese menos en ellas. Creo que admitirás que César Octavio tiene una buena cabeza para los números, para las minucias de la contabilidad.

Antonio se rió.

– La aritmética siempre ha sido su mejor tema.

– Entonces piensa en esto. Da lo mismo que crezca en Sicilia, en sus tierras, o lo robe de las flotas de África y Cerdeña, Sexto no paga por el trigo que vende a Roma y a ti. Éste es un hecho que viene sucediendo desde mucho antes de Filipos. En un cálculo conservador, la cantidad de trigo que ha robado durante los últimos seis años se aproxima, en números redondos, a unos ochenta millones de modii. Si le concedemos unos cuantos almirantes y supervisores codiciosos -pero de ninguna manera tantos gastos como los que tienen Roma y tú-, César Octavio y su ábaco han llegado a un promedio de veinte sestercios el modius de beneficio neto. No es ninguna exageración. Su precio para Roma ese año fue de cuarenta, y nunca ha sido menos de veinticinco. Bueno, eso significa que las bóvedas de Sexto deben de contener alrededor de mil ochocientos millones de sestercios. Divídelo por veinticinco mil y eso son nada menos que setenta y dos mil talentos. Con la mitad de eso, César Octavio puede alimentar a Italia, comprar tierras para instalar a los veteranos y reducir los impuestos. Mientras que tu mitad permitirá a tus legionarios vestir cotas de malla de plata y ponerse plumas de avestruz en los cascos. El tesoro de Roma nunca ha sido tan rico como Sexto Pompeyo es ahora mismo, incluso después de que su padre dobló el contenido.

Antonio lo escuchó con arrobada fascinación, su espíritu animado. Podría haber sido muy malo en aritmética en sus años de escolar (él y sus hermanos habían rehuido las lecciones la mayor parte de las veces), pero no tuvo problemas en seguir la lección de Mecenas, y sabía que ésta debía de ser una acertada estimación de la actual riqueza de Sexto. ¡Júpiter, qué cunnus! ¿Por qué no se había sentado con su ábaco para obtener este resultado? Octavio tenía razón, Sexto Pompeyo había sangrado Roma de toda su riqueza. ¡El dinero no había desaparecido sin más! ¡Lo tenía Sexto!

– Te comprendo -admitió escuetamente.

– ¿Entonces vendrás en persona a ver a César Octavio en primavera?

– Siempre que el lugar no sea Brundisium.

– Ah, ¿qué tal Tarentum? Un viaje más largo, pero no tan arduo como Ostia o Puteoli. Está en la Vía Apia, muy conveniente para hacer después una visita a Roma.

Eso no le convenía a Antonio.

– No, el encuentro tiene que ser a principios de primavera, y corto. Nada de discusiones y demoras. Tengo que estar en Siria para el verano para iniciar mi invasión.

«Esto no va a ocurrir, Antonio -pensó Mecenas-. He abierto tu apetito al mencionarte sumas que un glotón como tú no puede resistir. En el momento en que llegues a Tarentum te habrás dando cuenta de lo enorme que es el pastel, y tú querrás |a porción del león. Nacido en el mes de Sextilis, León. Mientras que César es un niño nacido en el límite, una mitad el frío y meticuloso Virgo y la otra mitad el equilibrio de Libra. Tu Marte también está en León, pero el Marte de César está en una constelación mucho más fuerte, Escorpión. Y su Júpiter está en Carnero, junto con su ascendente. Riquezas y éxito. Sí, he escogido al amo correcto. Claro que yo también tengo la astucia de Escorpión y la ambivalencia de Piscis.»