Sacado de su análisis astrológico, Mecenas dio un respingo al oír a Antonio preguntarle:
– ¿Te parece aceptable?
– Sí. Tarentum en las nonas de abril.
– Se ha tragado el anzuelo -les informó Mecenas a Octavio, a Livia Drusilia y a Agripa cuando llegó de regreso a Roma justo a tiempo para el Año Nuevo y para la inauguración del período de Agripa como primer cónsul.
– Sabía que lo haría -manifestó Octavio, complacido.
– ¿Cuánto tiempo llevabas escondiendo el anzuelo en el seno de tu toga, César? -preguntó Agripa.
– Desde el principio, antes de ser triunviro. Sólo era cuestión de añadir un año a los anteriores.
– Ático, Oppio y los Balbo han dicho que están dispuestos a prestar dinero de nuevo para comprar la próxima cosecha -dijo Livia Drusilia con una sonrisa un tanto maliciosa-. Mientras estabas ausente, Mecenas, Agripa los llevó a ver Portus Julius. Por fin comienzan a creer que podremos derrotar a Sexto.
– Bueno, saben sumar mejor que César -señaló Mecenas-. Ahora son conscientes de que su dinero está seguro.
La toma del cargo por Agripa se desarrolló sin inconvenientes. Octavio observó el cielo nocturno con él durante la vigilia, y su buey blanco como la nieve aceptó el martillo y el puñal del Popa y el cultrarius con tanta tranquilidad que los senadores presentes no sufrieron estremecimientos de aprehensión; un año de Marco Vipsanio Agripa era un año más que suficiente. Dado que el buey blanco de Cayo Caninio Gallo eludió el martillo y casi escapó antes de que le administrasen el golpe que lo paralizaría, no pareció probable que Caninio pudiese tener la capacidad de enfrentarse a este tipo vulgar y de baja cuna.
Roma continuaba alborotada, pero fue un invierno crudo; el Tíber se heló, cayó nieve y no se fundió, un terrible viento del norte sopló sin cesar. Nada de eso animaba a que se reuniesen grandes multitudes en el foro y en las plazas, lo que permitió a Octavio aventurarse más allá de sus paredes, aunque Agripa le prohibió que las derribase. El trigo estatal se vendió a cuarenta sestercios el modius -gracias a los préstamos de los plutócratas y a unos asombrosos intereses- y la cada vez más intensa actividad de Agripa en Portus Julius significó que había trabajo para cualquier hombre dispuesto a salir de Roma para ir a Campania. La crisis no se había superado, pero al menos se había aminorado.
Los agentes de Octavio comenzaron a hablar de la conferencia que tendría lugar en Tarentum en las nonas de abril y a predecir que los días de Sexto estaban contados. Volverían los buenos tiempos, entonaban.
Esta vez Octavio no llegaría tarde; él y su esposa llegaron a Tarentum mucho antes de las nonas, junto con Mecenas y su cuñado, Varro Murena. Dispuesto a que la conferencia tuviese el aire de una fiesta. Octavio decoró la ciudad portuaria con coronas y guirnaldas, contrató a todos los mimos, magos, acróbatas, músicos y actores que había en Italia, y levantó un teatro de madera para las representaciones de los mimos y las farsas, los espectáculos favoritos de la plebe. ¡El gran Marco Antonio venía para divertirse con César Divi Filius! Incluso Tarentum había sufrido a manos de Antonio en el pasado; pero todos los sentimientos habían sido olvidados. Una fiesta de primavera y prosperidad, era así como lo veía el pueblo.
Cuando Antonio llegó el día anterior a las nonas, todo Tarentum estaba alineado en el muelle para saludarlo a gritos, máxime cuando la gente vio que había traído con él los ciento veinte barcos de guerra de su flota ateniense.
– Maravillosos, ¿verdad? -le preguntó Octavio a Agripa cuando estaban en la entrada de la bahía, atentos a la presencia de la nave capitana, que no había entrado la primera-. Hasta ahora he contado cuatro almirantes, pero ningún Antonio. Debe de estar moviendo la cola en el fondo. Aquél es el estandarte de Ahenobarbo, un jabalí negro.
– Muy apropiado -respondió Agripa, mucho más interesado en los barcos-. Cada uno de ellos tiene cinco cubiertas de remeros, César. Espolones de bronce, muchos, dobles, bastan te lugar para la artillería y los marineros. ¡Oh, lo que daría por una flota como ésta!
– Mis agentes me aseguran que tiene más en Thasos, Ambracia y Lesbos. Todavía en buenas condiciones, pero dentro de cinco años no lo estarán. ¡Ah, aquí viene Antonio!
Octavio señaló a una magnífica galera con una alta popa que permitía un amplio camarote debajo, la cubierta erizada con catapultas. Su estandarte era un león de oro sobre un fondo escarlata, la boca abierta en un rugido, la melena negra, una cola con la punta negra.
– Muy adecuado -dijo Octavio.
Comenzaron a caminar de regreso hacia el espigón elegido para recibir a la nave capitana, que el práctico dirigía desde un bote. Ninguna prisa; llegarían mucho antes.
– Tú debes tener tu propio estandarte, Agripa -manifestó Octavio mientras observaba la ciudad extendida a lo largo de la costa, las casas blancas, los edificios públicos pintados de brillantes colores, los pinos y los cipreses en las plazas adornados con faroles y lazos.
– Supongo que debería -respondió Agripa, sorprendido-. ¿Qué recomiendas, César?
– Un fondo azul claro con la palabra «Fides» escrita en rojo -respondió Octavio de inmediato.
– ¿Y tu estandarte naval, César?
– No tendré ninguno. Ondearé la bandera con las letras SPQR rodeadas por una corona de laureles.
– ¿Qué me dices de los almirantes como Tauro y Cornificio?
– Ellos también ondearán el SPQR de Roma como yo. El tuyo será el único estandarte personal, Agripa. Una marca de distinción. Eres tú quien ganará por nosotros sobre Sexto. Lo presiento.
– Al menos sus barcos no se pueden confundir, porque ondean las tibias cruzadas.
– Muy evidente -fue la réplica de Octavio-. ¿Oh, qué maldito ha hecho eso? ¡Vergonzoso!
Se refería a la alfombra roja que algún oficial perteneciente a los duumviros había extendido a todo lo largo del espigón, una señal de realeza que horrorizó a Octavio. Pero nadie más parecía inquieto; era el rojo de un general, no el púrpura de un rey. Y allí estaba él, saltando del barco a la alfombra roja, con el aspecto ágil y saludable de siempre. Octavio y Agripa esperaron juntos debajo de la marquesina al pie del muelle, con Caninio, el segundo cónsul, un paso más atrás, y detrás de él, setecientos senadores, todos hombres de Marco Antonio. El duumviro y otros funcionarios de la ciudad tuvieron que contentarse con una posición todavía más apartada.
Por supuesto, Antonio vestía su armadura dorada; la toga no le quedaba muy bien sobre su corpachón, porque lo hacía parecer gordo, A Agripa, que era también un hombre musculoso pero más delgado, no le importaba en lo más mínimo su apariencia, así que vestía la toga con ribetes rojos. Octavio y él se adelantaron para saludar a Antonio, Octavio parecía un niño frágil y delicado entre aquellos dos espléndidos guerreros. Sin embargo, era Octavio quien dominaba, quizá por eso, quizá por su belleza, su abundante cabellera dorada. En aquella ciudad del sur de Italia donde los griegos se habían asentado siglos antes que tos primeros romanos entrasen en la península, el brillante pelo rubio era una rareza, y muy admirado.
«¡Está hecho! -pensó Octavio-. He conseguido traer a Antonio a suelo italiano, y no se marchará hasta que me dé lo que quiero, lo que Roma debe tener.»
Entre una lluvia de pétalos primaverales arrojados por niñas desfilaron hasta el complejo de edificios preparados para ellos, con grandes sonrisas y saludos a las entusiastas multitudes.