– Una tarde y una noche para acomodarnos -dijo Octavio en la puerta de la residencia de Antonio-. ¿Debemos ponernos manos a la obra de inmediato (comprendo que tienes prisa) o complacemos a la gente de Tarentum y mañana vamos al teatro? Interpretarán una farsa de Atella.
– No es Sófocles, pero sí algo más del gusto popular -respondió Antonio, con aspecto relajado-. Sí, ¿por qué no? He traído a Octavia y a los niños conmigo; estaba desesperada por ver a su hermano pequeño.
– No más desesperado que yo por verla. No ha conocido a mi esposa; sí, también he traído a la mía -manifestó Octavio-. ¿Entonces mañana por la mañana vamos al teatro y a un banquete por la tarde? Después de eso, nos ponemos a trabajar.
Cuando llegó a su propia residencia, Octavio se encontró a Mecenas, que se partía de la risa.
– ¡Nunca lo adivinarás! -consiguió decir Mecenas, que se enjugaba las lágrimas, para echarse a reír de nuevo-. ¡Oh, es tan divertido!
– ¿Qué? -preguntó Octavio mientras dejaba que un sirviente le quitase la toga-. ¿Dónde están los poetas?
– Eso es precisamente, César. ¡Los poetas! -Mecenas consiguió controlarse, aunque de vez en cuando tragaba, con los ojos llenos de lágrimas-. Horacio, Virgilio, el compañero de Virgilio-Plotio Tucca, Vario Rufo y varías luminarias menores salieron de Roma hace un nundinum para elevar el tono intelectual de este festival de Tarentum, pero -se ahogó, se rió, se controló- en cambio fueron a Brundisium. ¿Qué pasó? Pues que Brundisium no los dejó marchar, decidido a tener su propio festival. -Aulló de risa.
Octavio mostró una sonrisa, Agripa soltó una breve carcajada, pero ninguno de los dos podía apreciar la situación como Mecenas, porque carecían de su conocimiento de lo despistados que eran los poetas.
Cuando se enteró Antonio, se rió con tanta fuerza como Mecenas, después envió un correo a Brundisium con una bolsa de oro para ellos.
Octavio, que no se esperaba la presencia de Octavia y los niños, no había puesto a Antonio en una casa lo bastante grande como para acomodarlos a todos sin que lo molestase el ruido del cuarto de los niños, pero Livia Drusilia encontró una nuera solución.
– Me han hablado de una casa cercana cuyo propietario está dispuesto a cederla durante la duración de la conferencia. ¿Por qué no me voy allí con Octavia y los niños? Si yo también estoy, entonces Antonio no podrá quejarse de un tratamiento de segunda clase para su esposa.
Octavio le besó la mano y le sonrió a aquellos maravillosos ojos rasgados.
– ¡Brillante, amor mío! Hazlo ahora mismo.
– Si no te importa, no asistiremos a la función de mañana. Ni siquiera los triunviros pueden tener a sus esposas sentadas con ellos, y yo nunca escucho bien desde las filas de las mujeres, en el fondo, y, además, no creo que a Octavia le gusten mucho más las farsas que a mí.
– Pídele a Burgundino que te dé una bolsa, y sal de compras por la ciudad. Sé que tienes una debilidad por los vestidos bonitos, y puedes encontrar algo que te guste. Si no recuerdo mal, a Octavia le gusta comprar.
– No te preocupes por nosotras -dijo Livia Drusilia muy complacida-. Quizá no encontremos nada que nos guste, pero será una ocasión para conocernos la una a la otra.
Octavia sentía curiosidad por Livia Drusilia; como toda la clase superior de Roma, había escuchado la historia de la peculiar pasión de su hermano por la esposa de otro hombre, embarazada con su segundo lujo, divorciada por motivos religiosos, el puro misterio que lo rodeaba a él, a ella, a la pasión. ¿Era mutua? ¿No existía en absoluto?
La Livia Drusilia con la que se encontró Octavia era muy diferente de la muchacha que había sido cuando se casó con Octavio. «Ésta no es una esposa tímida como un ratón», pensó Octavia al recordar los informes. Se encontró con una joven matrona vestida con gran elegancia, los cabellos peinados a la última moda y que llevaba el número correcto de alhajas de oro, sencillas pero sólidas. Comparada con ella, Octavia se sintió como una provinciana bien vestida; algo nada sorprendente después de una relativamente larga estadía en Atenas, donde, en general, las mujeres no se mezclaban con la sociedad. Por supuesto, las esposas romanas insistían en asistir a las cenas dadas por los hombres romanos, pero aquellas ofrecidas por los griegos les estaban vedadas: sólo los maridos. Con estas premisas, el centro de la moda femenino era Roma, y nunca lo había visto más claro Octavia que ahora, al mirar a su nueva cuñada.
– Una idea muy inteligente ponernos a las dos en la misma casa -comentó Octavia cuando se habían sentado para beber vino dulce aguado y pasteles de miel todavía calientes del horno, una exquisitez de la región.
– Bueno, les da espacio a nuestros maridos -dijo Livia Drusilia con una sonrisa-. Imagino que Antonio hubiese preferido venir sin ti.
– Tu imaginación acierta de lleno -manifestó Octavia con un tono irónico. Se inclinó hacia adelante en un gesto impulsivo-. Pero ¡a mí no me importa! Cuéntamelo todo acerca de ti y… -Tuvo en la punta de la lengua decir el «pequeño Cayo», pero algo la detuvo, le advirtió que sería un error. Fuera lo que fuese, Livia Drusilia no era una sentimental ni femenina, eso estaba claro-. Tú y Cayo -corrigió-. Una escucha tantos relatos tontos, y me gustaría saber la verdad.
– Nos conocimos en las ruinas de Fregellae y nos enamoramos -explicó Livia Drusilia con tono normal-. Aquél fue el único encuentro hasta que nos casamos confarreatio. Para entonces yo estaba de siete meses de mi segundo hijo, Tiberio Claudio Nero Druso, que César envió a su padre para que lo criase.
– ¡Oh, pobre! -exclamó Octavia-. Debió de partirte el corazón.
– En absoluto. -La esposa de Octavio mordisqueó una pasta
– Me desagradan mis hijos porque me desagrada su padre.
– ¿Te desagradan los niños?
– ¿Por qué no? Se convierten en los mismos adultos que nos desagradan.
– ¿Lo has visto? Especialmente a tu segundo. ¿Cuál es el nombre abreviado?
– Su padre escogió Druso. Y no, no lo he visto. Ahora tiene trece meses.
– Sin duda, lo debes de echar de menos. -Sólo cuando me duelen los pechos por Ja leche. -Yo… Yo… -tartamudeó Octavia y guardó silencio. Sabía lo que la gente decía del pequeño Cayo; que era adusto. Bueno, se había casado con otra adusta. Sin embargo, ambos ardían, y no sólo por las cosas que ella, Octavia, consideraba importantes-. ¿Eres feliz? -preguntó, en un intento por encontrar algún terreno común.
– Sí, mucho. Mi vida en estos días es muy interesante. César es un genio, la calidad de su mente me fascina. Es un gran privilegio ser su esposa. También su colaboradora. Escucha mis consejos.
– ¿Lo hace de verdad?
– Todo el tiempo. Siempre esperamos con ansia nuestras charlas de cama.
– ¿Charlas de cama?
– Sí. Se reserva todas las preocupaciones del día para discutirlas conmigo en privado.
Las imágenes de esa extraña unión aparecieron ante los ojos de Octavia: dos personas jóvenes y muy atractivas acurrucadas en su cama hablando. ¿Alguna vez…? ¿Alguna vez…? Quizá después de que la conversación terminase, concluyó, y luego salió de su ensimismamiento con un respingo cuando Livia Drusilia se rió, con un sonido de campanillas.
– En el momento que ha aclarado sus problemas, se queda dormido -añadió con ternura-. Afirma que nunca ha dormido tan bien en toda su vida. ¿No es eso espléndido?
«¡Oh, todavía eres una niña! -pensó Octavia, que lo comprendió-, Un pececillo atrapado en la red de mi hermano. Te está moldeando para lo que él necesita, y el matrimonio no es una de sus necesidades. ¿Habrá consumado tu matrimonio confarreatio? Estás tan orgullosa de ello, cuando la verdad es que te ata a él como una condena. Si se ha consumado no es solo que tú ansiabas, pobre pececillo. Qué perceptivo debe de ser para haberte conocido una vez y visto lo que yo veo ahora el ansia de poder que se equipara sólo con la suya. ¡Livia Drusilia, Livia Drusilia! Perderás tu juventud, pero nunca conocerás la verdadera felicidad de una mujer como la he conocido yo, como la conozco ahora… La primera pareja de Roma, que presenta un rostro de hierra al mundo, que lucha uno al lado del otro para controlar a todas las personas y todas las situaciones con las que se encuentra. Por supuesto, has embaucado a Agripa. Supongo que él está tan prendado contigo como lo está mi hermano.»