– ¿Qué sabes de Escribonia? -preguntó, para cambiar de tema.
– Está bien, aunque no es feliz -respondió Livia Drusilia, que emitió un suspiro-. La visito una vez a la semana ahora que la ciudad está un poco más tranquila; es difícil salir cuando las bandas callejeras provocan disturbios. César puso guardias también en su casa.
– ¿Y Julia?
Por un momento, Livia Drusilia pareció desconcertada; luego, su rostro se despejó.
– ¡Oh, aquella Julia! Curioso, siempre pienso en la hija de Divus Julius cada vez que escucho su nombre. Es muy bonita.
– Tiene dos años, así que ya debe de caminar y hablar. ¿Es despierta?
– En realidad no lo sé. Escribonia la mima.
De pronto, Octavia sintió que estaba a punto de echarse a llorar, y se levantó.
– Estoy muy cansada, querida. ¿Te importa si voy a echar una siesta? Tenemos tiempo de sobra para ver a los niños; estaremos aquí unos cuantos días.
– Lo más probable: varias nundinae -dijo Livia Drusilia, que era obvio que no estaba muy entusiasmada ante la perspectiva de encontrarse con toda una tribu de niños.
La predicción privada de Mecenas resultó correcta; después de haber pasado el invierno en Atenas calculando el tamaño de la suma en las arcas de Sexto Pompeyo, Antonio quería la parte del león.
– El ochenta por ciento es para mí -anunció.
– ¿A cambio de qué? -preguntó Octavio con el rostro impasible.
– La flota que he traído a Tarentum y los servicios de tres almirantes con experiencia: Bíbulo, Oppio Capito y Atratino. Sesenta de las naves están al mando de Oppio, las otras sesenta al de Atratino, mientras que Bíbulo actúa como almirante supervisor.
– Por el veinte por ciento, yo debo proveer otros trescientos barcos como mínimo, además de un ejército terrestre para Ja invasión de Sicilia.
– Correcto -dijo Antonio, que se miró las uñas.
– ¿No te parece que es una repartición un tanto desproporcionada?
Sonriente, Antonio se inclinó hacia adelante con un aire de sutil amenaza.
– Ponlo de esta manera, Octavio; sin mí, no puedes derrotar a Sexto. Por lo tanto, soy yo quien dicta los términos.
– Negocias desde una posición de poder. Sí, lo entiendo. Pero no estoy de acuerdo por dos motivos. Primero, que actuaremos en conjunto para eliminar un tábano de debajo de la silla de Roma, no de la tuya o de la mía. Lo segundo es que necesito más del veinte por ciento para reparar los daños de Sexto y para pagar deudas de Roma.
– ¡Me importa una mierda lo que tú quieras o necesitas! Si voy a participar, recibo el ochenta por ciento.
– ¿Eso significa que estarás presente en Agrigentum cuando abramos las bóvedas de Sexto? -preguntó Lépido.
Su llegada había sido una sorpresa para Antonio y Octavio, convencidos de que el tercer triunviro y sus dieciséis legiones estaban bien lejos del camino en África. ¿Cómo se había enterado de la conferencia tan pronto como para ser partícipe era algo que Antonio no sabía, mientras que Octavio sospechaba que el que se lo había comunicado era el hijo mayor de Lépido, Marco, que estaba en Roma para casarse con la primera novia de Octavio, Servilia Vatia. Alguien había hablado, y Marco se había puesto en contacto con Lépido de inmediato. Si había grandes botines a mano, entonces los Emilio Lépido debían tener su justa parte.
– ¡No, no estaré en Agrigentum! -replicó Antonio-. Estaré muy avanzado en mi camino para reducir a los partos.
– ¿Entonces cómo esperas que la partición de lo que hay en las bóvedas de Sexto se haga según tu dictado? -preguntó Lépido.
– Porque si no se hace, pontífice máximo, tú estarás fuera de tu trabajo sacerdotal y de todo lo demás. ¿Me importan tus legiones? No, no me importan. Las únicas legiones que valen su pan me pertenecen, y no estaré en Oriente para siempre. El ochenta por ciento.
– El cincuenta por ciento -dijo Octavio, con el rostro todavía impasible. Miró a Lépido-. En cuanto a ti, pontífice máximo, no te toca nada. Tus servicios no serán requeridos.
– Tonterías» por supuesto que lo serán -dijo Lépido con un tono complaciente-. Sin embargo, no soy codicioso. Con el diez por ciento me conformo. Tú, Antonio, no haces lo suficiente para garantizar un cuarenta por ciento, pero estoy de acuerdo dado que eres tan glotón. Octavio tiene las mayores deudas debido a las actividades de Sexto, por lo tanto él debe recibir el cincuenta por ciento.
– El ochenta o me llevo mi flota de regreso a Atenas.
– Hazlo y no recibirás nada -manifestó Octavio, que se inclinó hacia adelante en una sutil amenaza, algo que hizo mejor que Antonio-. ¡No te equivoques conmigo, Antonio! Sexto Pompeyo caerá el año que viene, dones o no tu flota. Como un leal y obediente triunviro, te ofrezco la oportunidad de compartir el botín de su derrota. Te ofrezco. Tu guerra en Oriente, si tiene éxito, beneficiará a Roma y al tesoro, por lo tanto una parte ayudará a financiar esa guerra. No te la ofrezco por ninguna otra razón. Pero Lépido está en lo cierto. Si utilizo sus legiones y también las de Agripa para invadir una isla muy grande y montañosa una vez que las flotas de Sexto ya no estén, Sicilia caerá rápido, y con menos pérdidas de vida. Así pues, estoy dispuesto a conceder a nuestro pontífice máximo el diez por ciento del botín. Necesito el cincuenta por ciento. Eso te deja a ti con el cuarenta. El cuarenta por ciento de setenta y dos mil son veintinueve mil. Eso es más o menos lo que César terna en su cofre de guerra para su campaña contra los partos.
Antonio escuchó con lo que sin duda era una ira creciente, pero no dijo nada.
– Sin embargo -continuó Octavio-, para el momento en que acabemos de montar toda esta guerra total contra Sexto, él habrá añadido otros veinte mil talentos a su tesoro, el precio de la cosecha de este año. Eso significa que tendrá alrededor de noventa y dos mil talentos. El diez por ciento de eso es más de nueve mil talentos. Tu cuarenta, Antonio, subirá a unos treinta y siete mil. ¡Piensa en eso, hazlo! Un enorme beneficio para una inversión menor; sólo una flota, no importa lo buena que sea.
– Ochenta -repitió Antonio, pero no con la misma firmeza.
«¿Cuánto ha venido dispuesto a llevarse? -se preguntó Mecenas-. No el ochenta por ciento; él sabe que nunca conseguiría eso. Pero está claro que se ha olvidado de añadir otra cosecha al botín. Depende de cuánto haya gastado en su mente. En las viejas cifras, treinta y seis mil. Si acepta un diez por ciento menos de las nuevas cantidades, se queda un poco por delante de aquello si había contado llevarse el cincuenta por ciento.»
– Recuerda que lo que va a ti, Antonio, y a ti, Lépido, se paga en nombre de Roma -manifestó Octavio-. Ninguno de vosotros gastará su parte en Roma. Mientras que todo mi cincuenta por ciento irá directamente al tesoro. Sé que el general tiene derecho a un diez por ciento, pero no aceptaré nada. ¿Para qué me serviría si lo tuviese? Mí divino padre me dejó más que suficiente en propiedades para mis necesidades, y he comprado la única domus romana que necesitaré. Ya está amueblada. Por lo tanto, mis necesidades personales son casi mínimas. Mi parte va íntegra a Roma.